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Una chica de buena puntería: Baronesa Karen Blixen, alias Isak Dinesen

13 noviembre, 2020

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Tiempo de lectura: 11 minutos

Texto: Mili Rodríguez Villouta Fotos: Getty Images

BLIXEN ES ABSOLUTAMENTE DE CINE. FUE CAZADORA DE LEONES, DUEÑA DE CAFETALES EN EL LUGAR EQUIVOCADO, AVIADORA, MÉDICO SIN TÍTULO, Y UN FENÓMENO EDITORIAL. ES UN MITO ENVUELTO EN PIELES NÓRDICAS Y NERVIOSOS GUANTES. LLEGÓ CADAVÉRICA Y LO MÁS “GLAM DE LO GLAM” EN 1959 A LA ISLA DONDE FUE ADORADA POR TRUMAN CAPOTE, FOTOGRAFIADA POR RICHARD AVEDON Y CECIL BEATON, PORTADA DE LIFE, Y ADMIRADA POR HEMINGWAY HASTA LA DEVOCIÓN: NUEVA YORK. SU ALIMENTACIÓN CONSISTÍA ÚNICAMENTE EN OSTRAS Y CHAMPÁN, Y ALGÚN ESPÁRRAGO POR AHÍ. DEVENIDA EN BEST SELLER, REVELÓ EN ESTADOS UNIDOS –CONTRA LAS ADVERTENCIAS DE SUS EDITORES– QUE DETRÁS DE ISAK DINESEN ESTABA LA FINA BARONESA KAREN BLIXEN. CÓMO NO REVERENCIARLA DURANTE TRES HORAS SEGUIDAS.

Blixen en su casa, con algunos de sus colaboradores y sus familias. 1914.

“Empecé a escribir cuentos para no volverme loca”, declaró. Se cambió de nombre con la publicación de su primer libro, a los precoces y tardíos 46 años. Su escritura empezó en Kenia, en las altas tierras africanas. Fue ahí cuando en 1931, Karen Cofee, su finca en Ngong, se derrumbó con la caída de los precios del café. Un desastre irremontable que ocurrió justo cuando murió Denys Finch Hatton, su gran amor. Sus cafetales nunca fueron negocio. En el fondo eran otra cosa, más difícil de explicar. “El arte siempre tiene algo de brujería”, descubrió. Karen Blixen vivió en África durante 17 años, aunque siempre pensó que era para siempre. No llevó más que un par de zapatos viejos y un carreteado vestido de colección al tomar por última vez el tren a Mombasa, cuando se embarcó hacia la gélida y hermosa Dinamarca, y jamás regresó a Kenia.
En 1934 publicó Nueve cuentos góticos, instantáneamente clasificado como el “libro del mes” en Estados Unidos, y en 1937 el verdaderamente precioso Memorias de África, llevado al cine en 1986 por Sídney Pollock con Meryl Streep y Robert Redford. La película obtuvo siete premios Oscar.

ENTRE COPENHAGUE Y ELSINOR

Con su cuento El festín de Babette su prestigio iba en serio, y al llegar a Nueva York puso a Truman Capote y a Hemingway “de rodillas”, como dice la expresión. En Europa su libro había sido rechazado, incluso sin haber sido leído por las principales editoriales. Por eso viajó a Nueva York con un nuevo nombre y la sorpresa de ser ella. Llegó pesando 45 kilos, envuelta en pieles, sombrerito Chanel, y los ojos pintados de negrísimo khol.
Eugene Walter, quien la entrevistó en Roma en la Piazza Navona, encontró que ella tenía una incitante mezcla de firmeza y frivolidad. “Vivo en el mar del Norte, a mitad de camino entre Copenhague y Elsinor”, dijo. “A mitad de camino entre la isla de La Tempestad y donde sea que yo esté”. La describe como “Delgada, erguida, elegante. Va vestida de negro, y algo ensombrece sus extraordinarios ojos, que son más claros por arriba que por abajo”. “Descubrí a Shakespeare muy pronto, y ahora siento que la vida no sería nada sin él”. Sonrió y dijo: “En realidad tengo tres mil años y he cenado con Sócrates”. También señaló que “la broma del mundo” se entendería mejor si Dios fuera mujer.
En Nueva York tuvo lecturas multitudinarias que cerraban con ovaciones de pie. Y una cita en el Ritz con Carson McCullers y Marilyn Monroe; porque ella quería conocer a Marilyn. Las dos terminaron bailando arriba de la mesa. A esas alturas Carson McCullers se había hecho alcohólica y Monroe estaba en la última cumbre de su magnética belleza.
La única intervención de Arthur Miller, en su rol de acompañante, fue francamente repelida. Le preguntó a Karen qué médico le había recetado esa dieta de ostras y champán, y ella dijo: “Yo soy vieja y como lo que quiero”.

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UNA DIOSA DISOLUTA

En 1954 Ernest Hemingway recibió el Nobel declarando (cosa falsa, pero qué importa) que hubiera sido más feliz si el premio se lo hubieran dado a la excelente Dinesen (o a Blixen, ella nunca escribió ni vivió con su verdadero nombre). Se supo que el premio no se lo dieron por razones “morales”, por llevar (o haber llevado) “una vida disoluta”. Dos veces fue candidata y dos veces se lo negó el jurado hermético, el mismo que tampoco premió a Borges. Con su sentido del humor y su alma de bolero, se convirtió en un mito urbano, una anciana fabulosa y de una sofisticación felina que se había tomado el cielo de Nueva York. Cuando Truman Capote le preguntó qué podía hacer mejor su visita a Estados Unidos, ella sonrió y le dijo: “Un autógrafo tuyo”.
En su juventud la Baronesa se había marchado de Kenia con el corazón roto y sin un penique. “Ese libro no va a servir”, le dijo con cierta delicadeza su asistente y amigo de años, Farah: musulmán, alto y elegante, pobre, de blazers occidentales y turbantes de colores.
Todos estaban preocupados y no solo por la caída de la finca. Desde el exterior de su casa (donde sucedían desde resonantes bailes tribales, hasta juicios contra infractores de las leyes), y los niños estaban encaramados unos sobre otros, todos podían ver por las ventanas cómo empezaba a crecer una racha de papeles sueltos que giraba sobre las alfombras.
Su casa (ahora museo) era decididamente europea, pero decidió que en el jardín comenzaba la zona de los kikuyos. Ciertas noches, allí se conversaba y se repartía rapé y tabaco a las ancianas calvas. Más allá era la reserva de los masai, que aparecían de repente portando escudos y flechas. Y también llegaban los amigos más raros: el viejo, decrépito y hasta roñoso señor Bulpet, que en su juventud había cruzado a nado el Helesponto, escaló montañas ¡y fue amante de La Bella Otero!
Otro íntimo, Berkeley. La última vez que lo vio le dijo gravemente: “Mi querido Tanne, ha llegado el momento en que solo puedo andar en los mejores automóviles, fumar los mejores cigarros y beber los mejores vinos”. Cuando Berkeley murió, para ella fue “como si un gato abandonara la habitación”.

Retrato de la baronesa Karen Blixen, julio de 1958

CASÉMONOS

Blixen era la cazadora de una cacería interminable, los africanos la llamaron “La Leona”. La primera e hipnótica línea de sus Memorias se repite en la película de Pollak con una resonancia musical: “Yo tenía una finca en África, al pie de las colinas de Ngong”. Ella y el Baron Blixen querían ir a Java, pero les hablaron del África Oriental como “las tierras felices de caza” de los cherokees. En esa embriagante belleza del paisaje, la meseta que compraron era demasiado alta para producir café. Y se podría decir que eso era todo.
Sucede que, en Copenhague, los Barones Blixen eran unos atractivos gemelos, y ella se enamoró de Hans, pero se casó con Bror. Ya que Hans no la quiso, la propuesta para su hermano fue: “Yo tengo el dinero y tú tienes el título. Casémonos”. Se casaron en Mombasa en 1914, el mismo día que llegó a África. Sabía perfectamente que necesitaba un marido porque una mujer sola, “una solterona”, en esa época no era nada, no era nadie, y además tendría el título. Lo del título (en todo lo demás era profundamente democrática) le encantaba, le flipaba, diríamos.
El matrimonio se hundió pronto: su marido le contagió sífilis, la maldición del siglo XIX y principios del XX. Pese al diagnóstico, siguió siendo fuerte y bella. Solo al final, acompañada nada más que por su secretaria Clara Svendsen, llegó a tener ese aspecto esquelético. Aun así, se desplazaba hermosa y chic por el mundo, vestida de negro, y con un buen gusto salvaje. Ella fue bastante salvaje, en verdad. “Ningún animal doméstico es capaz de una quietud igual a la de un animal salvaje”, escribió, y además observaba con atención que los africanos no hacían ruido al caminar.

FLECHAZO EN EL TREN A MOMBASA

A Denys Finch Hatton lo conoció en el tren que iba a Mombasa, el mismo día de su matrimonio con Bror. Tiempo después bailaron en unas tórridas fiestas coloniales de Nairobi y fue su amante por ocho años. Blixen habla de su amor con una contención tremendamente británica. Por elegancia y tal vez porque decidió –Denys se lo había aconsejado– escribir en inglés, surge su estilo sin adornos. Los adornos van por dentro, en su pasión por África, por “la gente oscura”, y en todas las modulaciones de la luz y la lluvia o el viento o la sequía, incluso en la terrorífica invasión de langostas, que casi al final, avanzaron ciegamente sobre Ngong devorándolo todo.
“El aire de las tierras altas africanas tiene tan tangible frialdad y frescura que una y otra vez se te ocurre la misma fantasía: no estás en tierra, sino en aguas oscuras y profundas, caminando por el fondo del mar”. Ella era una misteriosa criatura del norte que imaginaba: “Cuando atrapas el ritmo de África te das cuenta de que es el mismo que el de toda su música”. Su pasión es el sur: “Los antiguos pintores, filósofos y poetas germánicos y escandinavos, cuando llegaban por primera vez a Florencia y a Roma, se arrodillaban, para adorar al Sur”. En ese mundo todos andan en fila india: los niños, los elefantes, las cebras y las jirafas. “El paso de las jirafas, con su curiosa e inimitable gracia vegetal”. “África tiene un tremendo sarcasmo.”, le advirtió Denys. Cultísimo, educado en Eton (imposible no verlo con la cara de Robert Redford), cazador, aviador, aristócrata, y productor de safaris para la realeza europea. Él le mostró a los griegos y le enseñó latín. “Me gustaría Beethoven si no fuera tan vulgar”, decía.
Denys llegaba de sorpresa con un gramófono y jazz, o los mejores vinos para su cava. En algún momento estaba tanto en su casa, que se fue a vivir con ella, aunque casi nunca estaba allí. Cuando volvía, Karen era su Sherezade.

“HABLA COMO LLUVIA”

A los nativos (como se dice en la traducción española de Memorias de África), les contaba cuentos de sirenas y de elefantes con dos cabezas, o jugaba a hacer rimas. Empezaba a inventar un cuento de la nada. Decía cosas como wuakamba nakula mamba (la tribu wakamba come serpientes), que en prosa les hubiese enfurecido, dice, pero en verso provocaba carcajadas.
“Por favor, memsahib, habla como lluvia”, le pedían. En Ngong la lluvia era música. “Una vez también cacé un cocodrilo”, decía la escritora. No le tenía miedo a nada. Su plácida fotografía al lado de dos leones acribillados que parecen dormidos lo dice todo. Los leones avanzaban de noche hacia la aldea kikuyo amenazando a los niños siempre a punto, literalmente, de comérselos. Así que esto de pegarles un escopetazo y sacarlos de escena era un aporte. “Nunca te sientes más vivo que cuando cazas a un león”, escribió. 

La novelista en un safari en Kenia, circa 1914.

¿HAN VISTO A DIOS?

Y llegó la sequía como una maldición bíblica para los kikuyos (algunos catolizados).
Muchos meses miserables después sin comida y con los cafetales arrasados, volvió por fin la lluvia: “Cuando la tierra respondía como una caja de resonancia, con un ruido fértil y profundo, y el mundo cantaba en torno a ti, en todas las dimensiones, por encima y por debajo, esa era la lluvia”.
“Para ser feliz hace falta coraje”, pensaba Karen Blixen. Su padre fue un cazador y escritor notable que se suicidó a los 50 años. Tras la guerra franco-prusiana fue a Estados Unidos y vivió con los indios navajos. Se construyó una pequeña cabaña y le puso el nombre de un lugar de Dinamarca. Cazaba animales y se hizo comerciante de pieles. Vendía las pieles sobre todo a los indios, y luego usaba los beneficios para comprarles regalos. Enfermo de sífilis, se suicidó en un desgraciado hotel de Copenhague. Es bastante loco que, más tarde, ella se convertiría en una portadora asintomática de esa misma enfermedad.
Esto de tener unos cafetales de miles de hectáreas en las tierras altas de Ngong era de algún modo una ficción también. Una tirada de dados contra lo imposible. Pudo haber sido rentable, pero el Barón Blixen y ella apenas llegaron a África ya estaban demasiado dentro del sueño de la plantación de café, como para cambiar de idea y producir otra cosa. Fue un gran error y un sueño compartido.
Con la nada de conocimientos de enfermería, Karen se convirtió en médico: en las mañanas curaba a los nativos si podía, y si no, los llevaba personalmente al tenebroso hospital de Nairobi. Creó una escuela, aprendió su idioma, el suajili, y obtuvo para ellos tierras propias cuando vendió la finca. El mundo del África Oriental era tan distinto a la cultura de la elite europea, que se fascinó con ellos y los africanos con ella. Al mismo tiempo, pensaba que ellos pensaban: “Pobre chica, no entiende nada”, mientras inevitablemente ella pensaba que ellos no entendían nada, porque no les interesaban ni las máquinas, ni los automóviles, ni los aviones.
Una tarde un jefe kikuyo vio que Finch Atton y Karen aterrizaban después de un vuelo sobre el mar, se acercó a la avioneta y dijo: –Han volado muy alto hoy. No podíamos verlos, solo escuchar el aeroplano cantando como una abeja. ¿Han visto a Dios?–
–No, Ndwetti –dijo Blixen–, no hemos visto a Dios.
–Ajá, no han subido tan alto –dijo–. Pero ahora dime: ¿crees que pueden subir tanto que lleguen a verlo?
–No lo sé, Ndwetti –dijo la escritora. –Entonces –dijo él–, no sé por qué ustedes vuelan.
En esa misma avioneta se estrelló Denys Finch Hatton en 1931, y esperemos que haya visto a Dios.

MORIR EN EL CAPÍTULO 17

Al volver a Dinamarca se encerró como una viuda exilada en su casa familiar de Rungsted. El mismo punto de la tierra donde nació en 1885 y murió en 1962. Le pidió a su hermano que la mantuviera durante dos años: tres años después, en 1934, salió de su bunker con Siete cuentos góticos.
Ese mismo año Henry Miller publicaba su encantador y escandaloso Trópico de Cáncer, y Francis Scott Fitzgerald Suave es la noche. Al revés de la vanguardia, sus historias son anacrónicas y sobrenaturales. Eran las que le contaba a Denys, y también a los niños de la aldea kikuyo: cuentos de hadas y brujas, sirenas y castillos encantados y cocodrilos en el foso. Cosa que no le perdonó la crítica, pero que no fue ningún obstáculo en su camino. Como las editoriales de su país la ignoraron, viajó a Londres, donde se encontró, no por azar, con un gran editor llamado Huntington. Le contó que tenía un manuscrito, un libro de relatos cortos. Huntington casi gritó: “¿Un libro de relatos cortos de un escritor desconocido? ¡No hay ninguna posibilidad!”. Se publicó en Estados Unidos y fue un tremendo best seller. Huntington pidió la dirección del autor porque debía conseguir el libro para Inglaterra. “Me había conocido como la Baronesa Blixen, en cambio mi editor norteamericano y yo nunca nos habíamos visto. Huntington nunca me relacionó con Isak Dinesen”.
Desde la ya imposible distancia entre los dos continentes, Farah le escribe: “Usted debe extrañarnos mucho”. “Nosotros diríamos la extrañamos mucho, pero ellos lo dicen hermosamente al revés”.
Había pasado la segunda guerra mundial en Copenhague bajo ocupación nazi. “La casa era una estación en el camino de los judíos que escapaban a Suecia. Es muy raro tener a unos nazis en el jardín y a un judío en la cocina”, contó. Otra vez, y para no volverse loca, escribió un thriller, Vengadoras angelicales, bajo el nombre de Pierre Adrézel. “Yo le dictaba a mi secretaria –contó en la Piazza Navona–, exactamente lo que se me iba ocurriendo en ese minuto. Empezaba el día diciendo: “Entonces el señor Tal y Tal entró en la habitación”, y ella gritaba: “¡Por Dios, no puede ser! “¡Ese señor murió ayer en el capítulo 17!”
Truman Capote escribió que “la Baronesa es de verdad, la vrai chose”. En Rungsted “recibe a sus visitantes en un salón blanco y resplandeciente, salpicado de perros dormidos y calentado por una chimenea y una estufa de porcelana. Allí está sentada ella”. Cubierta de pieles de lobo, botas de cuero, medias de lana y frágiles bufandas color lila. “El tiempo ha refinado a esta leyenda que ha vivido las aventuras de un hombre con nervios de acero”.

HAY UN ASTEROIDE

Isak Dinesen era mundialmente famoso cuando decidió poner todas las fichas en el tablero Blixen y le ganó a la banca. Lo único malo era reescribir. “Es horroroso –explicaba ella–. Cuando creo que he terminado, y Clara lo copia para mandar el texto a los editores, vuelvo a mirarlos y me da un ataque, y los reescribo de nuevo”.
El invierno de 1956 había pasado demasiado cerca de la puerta de la muerte, y “planeaba morir, quiero decir, hice los preparativos, esperaba que sucediera.”. Entonces, decidió hacer una charla en la radio sobre lo fácil que era morir. Su intención era “decir que morir era una experiencia fantástica y maravillosa. Pero estaba demasiado enferma”.
En el pasado, para los Blixen, el sueño de África fue la dirección falsa que los perdió, pero fue el comienzo de su gran novela: tan poderosa que da miedo. Es bárbara la escena en que la avioneta de Denys Finch Hatton comienza a remontar un viento desconocido y atraviesa las paredes metafísicas de las colinas de Ngong, y entonces vuelan en un cielo negro. Así se convirtió en piloto. Blixen llevaba a esas expediciones hacia el Kilimajaro algún sándwich, su energía humeante, y su título, que a Finch Hatton no le importaba nada.
Parte de la crítica la veía como moralmente en quiebra y la etiquetó de racista, colonialista y paternalista. Es cierto que escribió cosas incómodas sobre los masai, por ejemplo, decir que “una medalla tiene un inconveniente para dársela a un hombre desnudo, porque no tiene dónde ponérsela”. (A finales de la primera guerra, los jóvenes masai se sumaron a los combates y fueron premiados por los ingleses a cargo de ese “protectorado”). Ella no leía las críticas.
“La cura para todo –decía– es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas y el mar”.
Hay un asteroide, el 3318, que se llama Blixen en su honor. Blixen-Dinesen construyó su propio personaje y su propio sueño. Ahora es long seller y una escritora siempre redescubierta. “Si eres fiel a la historia, al final queda un silencio, y el silencio habla”, escribió. “De lo contrario, solo queda un vacío”. Hablando en su inglés ultra británico, a un volumen casi inaudible, con sus grandes y dulces ojos ribeteados de khol. En la vejez total y prematura, al final de su segunda vida, Dinesen es aún más fascinante. SML

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