Pilar Donoso, la escritora oculta

Hace diez años aparecía Correr el tupido velo, el extraordinario libro con el que debutaría Pilar Donoso en la literatura; una obra en la que abordaba las fisuras en la historia de su padre, el escritor José Donoso, y la tragedia de su propia existencia. la crítica fue entusiasta, pero se leyó de manera morbosa y sin resaltar su valor literario, indiscutible. A eso se suman dudas persistentes: ¿y si Pilar no se hubiese quitado la vida a los 44 años? ¿cuánta genialidad fina le seguiríamos leyendo? Podríamos aventurar  que probablemente habría opacado a su padre, y que él sería hoy más bien conocido como el padre de Pilar Donoso.

Por Diego Zúñiga / Fotografía. Centro de Documentación e Informaciones CDI – Grupo Copesa S.A.

Pilar Donoso nació en Madrid en 1967 y fue adoptada por José Donoso y María del Pilar Serrano cuando tenía tres meses. Ellos la fueron a buscar a las Inclusa de Madrid, hogar de acogida donde vivía, y se la llevaron a Pollensa, en la isla de Mallorca, donde pasarían esos primeros meses juntos. Pilar, entonces, acompañaría la vida nómade de sus padres y viviría en ciudades de España y Estados Unidos, hasta que en los ‘80 se radican en Chile. Aquí, estudia Psicología y Relaciones Públicas (ella misma contaría que no terminó ninguna de las dos), y trabaja organizando seminarios para empresas, colabora con algunos medios escritos, y es relacionadora pública de Hermès. Se hace cargo de sus padres -ya mayores-, pero también intenta hacer su vida: se casa con Cristóbal Donoso, su primo, y tienen tres hijos (dos mujeres y un hombre). 

Cuando muere José Donoso, en diciembre de 1996, ella sabe que tendrá que encargarse de su legado, que no eran sólo los casi veinte libros que publicó -entre novelas, cuentos y artículos periodísticos-, sino también los 64 tomos en los que escribió, con un lápiz Bic negro y pésima letra, sus diarios de vida, inéditos hasta el momento en que ella, Pilar, decide leerlos y hacer algo con ellos. Ese algo será Correr el tupido velo. Ahí comienza su corta carrera en las letras y el martirio que sería su vida en adelante. 

Un libro en el que Pilar Donoso revisa los diarios de vida de su padre y, a partir de ellos, construye una suerte de biografía, en la que inevitablemente termina repasando su propia existencia en un ejercicio conmovedor y descarnado.

Cuando apareció Correr el tupido velo, en diciembre de 2009, el libro fue leído -cómo no- desde el morbo, desde la curiosidad biográfica, desde la figura totémica e inevitable de José Donoso. 

Las reseñas, que fueron muchas y elogiosas y firmadas por varios de los amigos de Donoso, como Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, apuntaron a una lectura bastante referencial del libro: se obsesionaron con los fragmentos del diario que seleccionó Pilar Donoso y sucumbieron ante la emotividad de un texto devastador, pero cuyos méritos literarios -importantísimos- no fueron resaltados como lo merecía. 

En otras palabras: lo que importaba -en esas lecturas- era el padre, sus diarios, su vida, los chismes, los pasajes incómodos, los secretos develados. Eso y no la literatura. Eso y no la escritura de Pilar Donoso, que fue quien construyó un artefacto literario ambicioso, híbrido, que va muchísimo más allá del simple testimonio y el cotorreo. 

Hoy, cuando han pasado casi diez años desde su publicación, y acaba de llegar a librerías una nueva edición de Correr el tupido velo (Alfaguara), lo que ha sobrevivido es esto: una obra llena de pliegues y recovecos de sentido, un libro que resiste una y muchas lecturas, un trabajo que se puede leer como una novela, pero también como una biografía y sobre todo como un objeto inédito; construido con materiales documentales -diarios y cartas- que le permiten indagar en el horror que esconde toda familia chilena. 

La escritora Pilar Donoso en su casa de la comuna de Providencia.

Eso:

Una novela sobre la familia chilena.

Una biografía sobre un escritor desbordado.

Una carta desgarradora de una hija adoptiva a un padre.

Una autobiografía involuntaria. 

Fueron años de trabajo, unos siete al menos, los que dedicó Pilar Donoso a escribir. Cuando ya había revisado buena parte de los diarios de su padre, cuando ya había terminado y revisado un primero capítulo, decidió compartirlo con la editora Cecilia García-Huidobro, quien la acompañaría durante buena parte del proceso de escritura y quien firma el prólogo que abre esta nueva edición del libro. 

“La lectura de las primeras páginas del texto me deslumbró por completo”, recuerda García-Huidobro, quien conoció al padre de Pilar y trabajó con él en la recopilación de sus artículos periodísticos. Era, entonces, una interlocutora ideal, quien fue leyendo capítulo a capítulo el manuscrito. 

Fue un proceso largo. García-Huidobro rememora que “Pilar interrumpió la escritura cuatro o cinco años, lo fue demorando. Ella se sentía muy sola con respecto de la escritura, sabía que estaba en un campo minado en lo que estaba haciendo, y yo fui principalmente un apoyo literario”. 

Lo que estaba haciendo era enfrentarse a los fantasmas de una familia que en sus textualidades -diarios, cartas y escritos íntimos- iba a mostrar todas sus grietas. Y sus secretos: la homosexualidad del padre, el alcoholismo de la madre, la avaricia y muchas de las miserias humanas que conforman a cualquier familia. Pero, además, Pilar iba a indagar en su origen, el origen de una hija cuya relación con su padre adoptivo siempre fue compleja, intensa, llena de silencios que se iban a explicar, muchos de ellos, en los diarios que revisaría para construir este libro. 

En un momento importante, escribe: “mi padre me enseñó a mirar, a observar, a escuchar a través del dolor y de las fisuras internas. La falta de identidad, de esa identidad tribal, ancestral, de la que no tengo conocimiento, finalmente la encontré en estas páginas. De modo que hoy sí tengo una historia, mi propia historia. Sólo hace falta correr el tupido velo”. 

“Creo que ella, al principio, tenía una posición bastante ingenua de lo que estaba haciendo literariamente hablando, se sorprendía de los comentarios que le hacíamos algunos lectores sobre su manuscrito. Creo que eso le generó una libertad importante y pudo encontrar, prontamente, el tono del libro, que me parece que es uno de sus mayores aciertos”, dice García-Huidobro. 

A pesar de aquella ingenuidad literaria, luego convertiría eso en una serie de estrategias narrativas muy sorprendentes, donde cruzaría su narración más personal con la vida que su padre desplegó en sus diarios. Siguiendo su biografía, sus viajes y los demonios literarios que nunca dejaron de acecharlo, Pilar Donoso también va reconstruyendo su propia vida a lo largo del libro, en una suerte de fuera de campo que se vuelve cada vez más complejo y poderoso en la medida que uno avanza en las páginas. Y que se vuelve más relevante incluso cuando uno vuelve a leer el libro y sólo se fija en ella, en esa trayectoria vital, ya despojada de la figura imponente del padre.

Pilar Donoso sabía perfectamente que todo lo revelado cubriría, en una primera instancia, la lectura de su libro, y estaba preparada para eso.

“Como hija, soy protagonista de muchas versiones noveladas de la memoria creativa de mi padre: soy mala, adorable, acusadora, ladrona, abnegada, asesina, ajena, protectora, cruel, generosa, lapidaria, madre y muchos roles más que se entremezclan en una relación amor-odio más allá de lo comprensible. Sigo pasando las páginas de los diarios y, por momentos, decido no continuar, pero se vuelve una necesidad: quiero saber más, meterme en esa mente atormentada por la paranoia y el miedo a ser descubierto”.

“Fue una recepción muy morbosa, algo que ella previó. Lo sopesó bastante, se demoró en terminar el libro, en publicarlo. Por eso también, y lo publicó temiendo que esa iba a ser la recepción. Y lo fue, y, claro, tuvo costos porque siempre hay personas que quedan heridas, los protagonistas, su familia”, explica García-Huidobro. 

Piensa en lo que escribe en esa primera página. Esa primera página que dice: “escribir este libro tuvo grandes consecuencias para mí, pérdidas irreparables y, seguramente, habrá más…”. 

Hubo consecuencias grandes, peleas familiares, fracturas irreparables y una muerte, su muerte voluntaria, casi dos años después de que apareciera el libro.

¿Cuáles fueron esas consecuencias? En una entrevista concedida a la periodista María Cristina Jurado para revista Ya, justo después de la publicación de Correr el tupido velo, la escritora no se ahorra detalles: “perdí mi matrimonio y mis hijos se fueron. Con Cristóbal -que es mi primo, y por eso nuestros niños se llaman Donoso Donoso- tuvimos una mala separación y estamos en medio de un juicio de divorcio. Muy duro. Pero, mirado desde hoy, yo los comprendo a ellos. Era imposible que me entendieran, porque no leían lo que yo estaba leyendo. Sólo sufrían. Todos mis descubrimientos, todo el dolor que me provocaron ciertos juicios de mi papá, el caos en mi casa, los silencios y la debilidad de mi mamá. La forma brutal con que me enteré de cosas”. 

“Ese libro me removió con una intensidad que me obligó a replantearme absolutamente todo. Quién era yo, cómo era mi vida, lo que había hecho hasta ahí. Me tuve que reconstruir como ser humano, y en esa reconstrucción no me reconocí ni yo ni mi pareja. Ellos sufrieron mucho, igual que yo. Lo veían desde afuera: sufrieron con la depresión que me provocó esa lectura -muchas veces fue tan fuerte que tuve que guardar los papeles, y después los retomaba-, cómo fui cambiando y cómo me convertí en una isla. Aunque, en verdad, siempre me he sentido una isla. Desde mi infancia”, agregó.

El 15 de noviembre de 2011 fue una de sus hijas quien la encontró muerta. Según reportó la prensa, la causa habría sido una intoxicación por medicamentos. Una muerte solitaria en su pieza de su departamento de Los Leones, en Providencia. Una pieza cerrada con llave a la que se pudo acceder sólo después del trabajo de un cerrajero. 

Tras ese hecho radical y feroz, imposible no volver a retroceder a 2009, cuando a propósito del lanzamiento de su libro, en Radio Cooperativa, Pilar Donoso reveló que “yo creo que (José Donoso) manipuló su visión de mí, esa es la pregunta que yo no puedo descubrir en sus diarios, creo que él estaba teñido de su propia ficción y todos éramos parte de sus personajes, él tenía un disfunción entre la realidad y su mundo interno delirante, y eso lo hacía ser creativo. Incluso hay una parte de un proyecto de una hija que descubre los diarios, que no conoce la historia (de su padre) y se suicida. Cuando leí eso dije: qué está haciendo, está proyectando lo que quiere que pase, está fabulando sobre lo que me puede pasar cuando los lea, pero no lo voy a saber. El se proyectaba más allá de su muerte con estos diarios y el resultado es descubrir un ser complejísimo”.

En marzo de 2010, Alejandro Zambra publicaría una columna en La Tercera titulada “La literatura de los hijos”. Sería un texto dedicado a Correr el tupido velo -una lectura atenta, cuidadosa, cercana-, pero también, sin querer, sería algo más: una idea que luego se convertiría en una suerte de categoría para entender toda una literatura, “la literatura de los hijos”, la literatura escrita por los que fueron niños durante la dictadura y que luego crecieron y escribieron sus propios libros, sus propias historias, más allá del protagonismo de sus padres en esos años oscuros de Chile. Es el libro de Pilar Donoso el que llevó a Zambra a pensar en esto, en esa idea que luego él desarrollaría en su novela Formas de volver a casa.

En la columna, él anota: “¿qué se hace con los libros escritos por el padre? ¿solamente leerlos y aceptarlos? La mera existencia de esas novelas es un llamado a escribir la historia propia”. 

Y luego añade: “¿debió Donoso guardarse esos papeles, quemarlos, editarlos? No lo sé. No sé muy bien qué pienso sobre esta historia. Por el momento, el libro de Pilar Donoso me interesa mucho más que las novelas de su padre. Lo digo sin ironía: quienes nacimos a comienzos de la dictadura crecimos buscando y contando la historia de nuestros padres y tardamos demasiado en comprender que también teníamos una historia propia. Tal vez por eso me parece bella la imagen de una mujer leyendo los cuadernos de su padre y anotando en los márgenes, por fin, los indicios de una historia propia”. 

“Es un libro que al momento de su publicación original se leyó muy de cerca de la historia a la que se refiere: la de la familia Donoso y su complejidad tan oscura a ratos”, explica Paz Balmaceda, editora de Alfaguara y de quien fue la idea de reeditarlo, pues era inencontrable en librerías.

“Me sorprende aún que gran parte de los comentarios del libro provenían de hombres, muchos cercanos al propio José Donoso, y que seguían refiriéndose a Pilar como “Pilarcita”, una niñita que de pronto se había “rebelado” contando secretos familiares. Hoy, diez años después, se lee desde otro lugar que sin duda es más justo hacia Pilar, y se merecía esta distancia con su recepción inicial, pues es un libro excepcional, tremendamente bien escrito. Los materiales que usa y cómo los trenza para contar una historia familiar que en muchos puntos es cualquier historia familiar es magistral”, añade.

Leer hoy Correr el tupido velo es entrar en un libro absolutamente distinto del que se leyó hace diez años. E inevitablemente acecha una pregunta que no tiene respuesta, pero que murmulla a lo largo de todo el libro: ¿qué hubiese escrito Pilar Donoso después de esto? Porque la sensación es esa, que aquí comenzaba una historia literaria, que este era el debut de una escritora que seguramente podía —y debía— entregar muchos y valiosos libros. Cecilia García-Huidobro recuerda que ella tenía otros proyectos, algunos apuntes que pensaba convertir en una historia o en muchas historias. 

Pero todo ese futuro ya no es más que ficción. 

Queda, al menos, este libro hermoso y terrible, que seguramente va a seguir siendo leído por los que vienen. Porque libros así no abundan en la literatura chilena. sml