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Entrevistas

Pedro Fontaine: actor en construcción

22 septiembre, 2020

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Tiempo de lectura: 13 minutos

FUE GERARDO EN ARAÑA, DE ANDRÉS WOOD, Y DESDE ENTONCES ES POCO POSIBLE OLVIDAR LA DUREZA DE SU PERSONAJE Y EL SALTO ACTORAL DE QUIÉN LE DA CARNE Y CREDIBILIDAD. PEDRO FONTAINE ESTÁ COMENZANDO Y SU DETERMINACIÓN HACE PREVER QUE LO MEJOR ESTÁ POR VENIR.


Texto Rita Cox    Foto Patricio Mardones

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Al cierre de esta edición se estrenó en Chile Tengo miedo torero, la versión fílmica de la novela que Pedro Lemebel publicó en 2001, y que en la pantalla, como es bien sabido, es protagonizada por Alfredo Castro. La película de Rodrigo Sepúlveda se mostró en el Festival de Venecia, a principios de septiembre. Por allí estuvo Cate Blanchett, de negro, de Armani, con la mascarilla más sexy que se pueda lucir; actriz que en esta entrevista Pedro Fontaine menciona con admiración y con quién, vaya a saber uno, se podría haber cruzado si no fuera por la pandemia y la cancelación del viaje del elenco chileno.
“Mi participación en Tengo miedo torero es muy pequeña, pero la considero un honor y un goce maravillosos”, dice Pedro Fontaine, sin exagerar. De hecho, en el portal Imdb.com su rol, sin nombre, es señalado como “chica del coro 2”. Pero eso no le resta relevancia ni sentido. Fontaine, de 31 años, está comenzando y es él mismo quien lo reitera durante esta conversación, y dice que “fue un crecimiento estar en ese rodaje. Es una película que me parece un gran acierto de Rodrigo Sepúlveda, de sus productores y cuenta con un iluminado Alfredo Castro”.
También tiene palabras para Lemebel: “Es un autor que continúo descubriendo y a quien le reconozco la valentía de abrir espacios a las minorías invisibilizadas y marginalizadas de nuestra sociedad. Revisitar a Lemebel es un acto a favor de la diversidad en nuestra sociedad, y eso me parece una necesidad permanente”.
Si Fontaine hace de la “chica del coro 2” en Tengo miedo torero, Marcelo Alonso hace de la “chica del coro 1”, lo que podría caer en categoría de trivia o, citando a un buen amigo, generar el comentario “Dios es guionista”. Y es que fue actuando junto a Alonso, haciendo de su versión joven en Araña, de Andrés Wood, que Pedro Fontaine llamó tremendamente la atención. En la sala oscura de un cine en 2019, la dureza de Gerardo me asustó y la incomodidad que me generó el personaje –un destemplado líder de Patria y Libertad– me acompañó varios días (la primera de Wood en que ni un solo personaje es querible). También la pregunta ¿quién es este tal Pedro Fontaine que se roba la película?
Ingeniero comercial y actor, desde niño –cuenta– se vinculó a la actuación a través de su cinefilia y de talleres de teatro en el colegio. Su hermano y su hermana son músicos y creció en un espacio acogedor para la creatividad. “Desde niño fui desarrollando una curiosidad por la sensibilidad artística. Creo que siempre he mantenido viva esa curiosidad, no sólo en mi casa, sino en todos los entornos que me han permitido conocer otras realidades y abrir mi mente”, dice.
Los prejuicios. Una vez sabido el elenco de Araña, fue cuestión de segundos para que algunos medios destacaran que Pedro Fontaine es hijo del economista, y entonces ministro de esa cartera, Juan Andrés Fontaine, cercano del círculo de Jaime Guzmán. Se entiende el cruce (y el morbo): Pedro interpretaba a un derechista de tomo y lomo, desplegado como un ser malévolo y fanático. A un año de eso, Pedro sólo dice que “naturalmente es algo que pasa. He hablado de esto en otras entrevistas y no tengo mucho más que agregar. Como actor, parto desde cero y trabajo para armar mi camino”.
Sí habla de política y cuenta que va por el Apruebo. “Creo que todos los acto- res y actrices, o a la mayoría, de algún modo somos políticos o nos interesa la política, contingente o no. El arte por supuesto que es político. Porque hablamos de gente, de actualidad, de nuestra sociedad y desde ahí claro que me intereso en lo que pasa”, parte argumentando. Y sigue: “Voy por el Apruebo, porque me parece maravilloso que se esté planteando una instancia de reflexión a nivel país. Confío en que sea un proceso creativo que sirva para unirnos como sociedad”.

¿Está dejando una marca en ti esta pandemia, este encierro, esta distancia social, esta incertidumbre?
¿A quién no? Espero que sea un tiempo que sirva para reacomodar las cosas. Reacomodarnos como seres humanos en el mundo. Me daría mucha pena si volviéramos a la normalidad sin un aprendizaje. Es increíblemente poderoso que el ser humano experimente su propia vulnerabilidad frente a la naturaleza. Esta crisis ha dejado una marca lamentable, no sólo en términos de salud en miles de personas en el mundo, sino que además ha visibilizado carencias, pobreza y sufrimiento que siempre han estado, pero que con la pandemia se han hecho tal vez más evidentes aún.
Lo tiene entusiasmado su trabajo en Inés del alma mía, la serie y coproducción chileno-española basada en la no- vela de Isabel Allende que ya se estrenó en Amazon España y espera fecha para Amazon Latam y CHV. Durante el rodaje, cuenta, aprendió de actores mayores y de su edad, pero con otras trayectorias, y pudo comprobar que problemáticas y motivaciones de aquí y de allá son más o menos las mismas.

Cómo le explicarías a alguien que no sabe mucho de cine y de teatro tus motivaciones para ser actor. ¿Qué significa ser actor, actuar?
Significa muchas cosas. Por un lado, hay un deseo que tiene que ver con mi propia identidad, con las ganas de participar de la creación artística, de la creación teatral y del cine. Por otro lado, estoy recién empezando y siento que es muy atractiva, justamente, esa pregunta que tú me estás haciendo. Es una pregunta que yo también me hago, entonces no sé si tengo una respuesta. Ser actor, o la actuación más que ser actor, tiene constantemente eso de preguntarse qué es la actuación, porque cada proyecto es muy distinto.

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En su rol de Gómez, en Inés del alma mía, serie coproducida por RTVE, Boomerang TV y CHV. Basada en la novela homónima de Isabel Allende, también actúa Benjamín Vicuña. Siete kilos de músculo subió Pedro Fontaine, como uno de los requerimientos de su rol en Araña, donde hacía de un joven Gerardo, interpretado en su adultez por Marcelo Alonso.

¿Qué te sirve como herramienta o material?
La formación y el oficio ayudan. Yo, en ese sentido, estoy recién empezando, entonces quizás me apoyo más en mi formación y en mis experiencias. Creo que en los actores es importante siempre tener mucha curiosidad y estar muy abiertos a nuevas experiencias, informarse y dialogar. Creo, también, que uno trae mucho consigo y eso se pone en el papel. Es un proceso por momentos muy solitario, por momentos muy instintivo. Es súper relevante, al menos para mí, no tomarme tan en serio y entender que hay un componente que es muy importante en la actuación: lo lúdico. No se puede perder la sensación del juego. Lo lúdico merece mucho respeto y hay algo muy bonito en acercarse al trabajo desde ese lugar, de lo contrario uno se queda encerrado en estructuras que quizás tienen que ver con otros ámbitos de la vida o con otro rubro.

Imagino que el arte intenta ser un mundo paralelo, en el sentido de explorar otros niveles de conciencia a través de otras metodologías que las del campo meramente productivo.
Sí, bueno, es interesante esa idea. A mí, personalmente, no me gusta tanto mitificar el arte. Creo que hay que hacer un esfuerzo como sociedad en desmitificar un poco, porque esa idea de que el arte es como paralelo y opera con sus propias normas y sus propias lógicas puede ser muy contraproducente, porque genera una alienación y una desconexión con ese mundo, y creo que lo que menos necesita el arte –especialmente hoy, con todo lo que está pasando– es que sea puesto en un lugar ajeno.

Razonable, tal vez mi idea es media obsoleta: la del poeta en la buhardilla.
Es que yo creo que hay que entender que los artistas son trabajadores como cualquier otro, que tienen cuentas que pagar como todos, que tienen muchísimas dificultades y que, en la mayoría de los casos, viven con mucha precariedad. En el medio hay mucha precariedad. Entonces creo que es peligroso eso de dividirlo y de decir como: “no, es que el arte funciona por sus propios cuidados”, como paralelamente.

Eres ingeniero comercial. Como dijiste en La Tercera, terminaste con puros cuatros, pero terminaste. Y, me aventuro, tal vez tu única experiencia como ingeniero comercial ha sido participar como productor ejecutivo en algunas realizaciones. ¿Cómo es que se toma ese desvío: de lo tradicional y tal vez algo más seguro, a lo experimental e incierto como es la actuación?
Tiene que ver con muchas cosas, con un proceso de darse cuenta, de escucharse y de querer poner las energías donde más me hicieran sentido y tuvieran más que ver conmigo. Estudiar ingeniería comercial, y después ser actor, es algo totalmente viable, en la medida que uno lo tome con la responsabilidad que significa y que se eduque para poder hacerlo. Nunca ejercí como ingeniero comercial, salvo –como dices– en producción, eso es lo más similar que he hecho. A mí, una de las cosas que más me gustan de trabajar como actor, es rodearme de gente creativa y crear algo en conjunto. El proceso creativo, el entrar en contacto con otra gente que me pueda inspirar y hacer algo que antes no existía, me parece bellísimo.

Precioso.
He ido buscando eso y cada vez más lo he ido puliendo y desarrollando dentro de mí. Me pasaba cuando más chico, cuando entré en contacto con la cultura, con el teatro, con la actuación, con el cine. Y también más grande, cuando volví a tener contacto con esas áreas de la vida. Me hace sentir una conexión fuerte y que me hace mucho más sentido que lo otro que estaba haciendo o estudiando. Creo que también pasa por querer entregar las energías, dirigir la energía hacia algo.

Es interesante lo que mencionas: el ejercicio de escucharse. Porque, además, en el poco rato que hemos estado hablando, me doy cuenta de que estás escuchando lo que te pregunto y respondiendo a eso, no repitiendo un libreto.
Intento escuchar. Me parece súper re- levante cultivar la escucha. La otra vez vi una entrevista con Héctor Noguera donde decía que, especialmente ahora que intentamos construir un nuevo Chile, es muy importante el rol de la escucha. Para mí es elemental. En el trabajo actoral es súper importante tener conciencia de los otros y depositar la atención y la concentración en lo que está sucediendo en el entorno, específicamente en la otra persona que está en escena. Es súper importante lo que brota del escuchar. Es mucho más interesante lo que pasa ahí que cuando hay dos personas en una guerra de egos, de quién habla más fuerte.

¿Cómo es que has aprendido a escuchar?
No sabría decirte. Sí, por ejemplo, en teatro se trabaja eso. No sé si te ha tocado entrevistar a otros actores, no puedo decir cómo habrán sido ellos o cómo habrá sido su experiencia formativa. Pero al menos yo puse atención a eso en la escuela. Quizás va por ahí, aunque no sabría decirte con certeza.

Me hablabas de la identidad. ¿Tienes conciencia de cómo has ido construyendo la tuya?
Es que es un proceso en que siempre se está construyendo. La identidad está siempre en construcción. Sí creo que uno de cada experiencia aprende algo y siempre se lleva algo, siempre hay algo que descubrir en un lugar, sea cual sea. Más allá de eso, es difícil de explicar.

¿Y cómo se va definiendo tu vocación de actor?
Desde el juego infantil, desde los juegos de roles. Viendo muchas, pero muchas películas y gente actuando. Me encantaba Jim Carrey, lo imitaba. En el colegio imitaba a los profesores y a las profesoras. En el colegio siempre estuve metido en teatro. Aunque suena medio chulo, el bichito del teatro te pica y listo, nunca más puedes librarte de eso.
Pedro Fontaine estudió en The Neighborhood Playhouse, en Nueva York; un conservatorio actoral, especialmente técnica, según explica. Y opina que el teatro debiese estar presente en la malla curricular escolar.

Antes de meterse de lleno en el teatro, estudió Ingeniería Comercial.

¿Por qué?
Hay muchos valores que uno puede rescatar de la experiencia teatral, por ejemplo, el ejercicio de la empatía. Uno como intérprete de un texto tiene que poder ponerse en el lugar del otro. Defender una verdad y esa verdad entra en conflicto con tu otra verdad y que desde ahí aparezca otra verdad, ¿cierto?

“El teatro y las artes tienen un poder transformador en las vidas, tienen un poder transformador en las sociedades. Fue muy doloroso cuando comenzó la cuarentena ver cómo muchos artistas y trabajadores de la cultura, museos y salas de teatro tuvieron que salir al mundo a justificar su existencia y recordarle a la gente el valor del arte. Creo que eso lleva a hacerse la pregunta respecto de qué sociedad estamos armando y creo que en gran parte hay ignorancia respecto a ese valor”, dice Pedro.

Es bien triste que no se valore la experiencia que genera un trabajo de arte. La belleza y la riqueza que hay en esa inutilidad, si se quiere.
Yo no lo digo solamente por un sentido utilitario. De hecho, darle un sentido utilitario al arte es contraproducente, porque es exigirle algo que no está en su naturaleza. Me acordé de la teoría del canario en la mina de carbón. Hay un escritor, Kurt Vonnegut, que dice que los artistas son como los canarios que ponían en las minas de carbón, muy sensibles a las toxinas en el aire, entonces servían de aviso. Se morían y los mineros se daban cuenta del peligro. Es una alegoría linda para los artistas y el rol social del arte.
“El contacto con la belleza, el contacto con la emoción, la creación de encuentros, recordar a través del arte las posibilidades de la vida. Son demasiadas las cosas que pasan desde el arte”, concluye.

¿Y EL EGO?

Debe ser seductor que te presten atención y que te aplaudan.
El proceso del actor o de la actriz es mucho más colaborativo de lo que se cree. En el cine, por ejemplo, un personaje lo construye el guionista, el director, el actor, la dirección de arte, la dirección de foto. Todos aportan, no quizás en la discusión, pero sí en el resultado que uno ve y que es lo que finalmente conecta o no conecta con el público. En el teatro es similar. Hay un proceso de ensayo larguísimo donde es relevante lo individual, por supuesto, porque es el cuerpo de una persona y la cara de una persona visible y que está siendo por momentos lo central. Pero para llegar a eso hay un trabajo detrás que es duro y requiere de harto cuidado e involucra a mucha gente.

¿Descartamos entonces el ego y confirmas lo colaborativo?
No es que lo vamos a descartar completamente, pero hay algo más que eso

¿Es adictivo actuar?
O sea, a mí me apasiona. Me encanta, me fascina el proceso de investigar un personaje y de probar distintas cosas. Me encanta poner en uso la imaginación y también interpretar un texto que ya está ahí, que ya tiene un sentido, que uno intenta conectar con ideas. En un proceso tan colaborativo, donde hay muchas ideas, hay mucha gente con la cual uno intenta conectar y levantar algo. El proceso de Araña fue un goce maravilloso. Yo me sentí muy honrado de participar en esa película y de tener un personaje tan –no sé cómo describirlo– pero tan…

Sádico.
Sí, pero creo que es un personaje tan presente en el relato y que tiene una profundidad. O sea, eso es algo que a mí me interesa: que haya un viaje, que haya un principio y un fin y que también tenga la posibilidad de conectar con el público. Para mí eso es algo que me interesa mucho, que los personajes puedan establecer una comunicación con el público.

¿Qué te atrajo de esa historia?
Del guión me atraía mucho el tratamiento que le daba a la violencia. Creo que es una película que habla principalmente sobre la violencia en distintos niveles, incluso en distintos años. Gerardo encarna eso. En verdad, todos los personajes lo encarnan un poco, pero él tiene eso muy latente y eso fue algo que me inspiró muchísimo. Todos tenemos, también, pensamientos más oscuros que hay que buscar entender, ver qué significan, ver cómo se pueden usar en una interpretación. Y hay un goce de utilizar lo lúdico.

Jugar como al villano, ¿o no?
Bueno, pero también más que jugar al villano, es ponerse en este espacio mental que es ajeno. Jugar al malo es juzgar al personaje y eso te limita muchísimo. Eso es algo que, en general, yo como actor, y sé que muchos colegas también intentan hacer, trato de darle verdad al personaje. Intento comunicar desde una humanidad, porque al final el actor y un personaje son parte de un engranaje mucho más grande, que es una historia o una película.

¿Qué te interesa al leer un guión que luego te lleva a dar el siguiente paso: querer hacer esa película?
Es importante que un guión o el rol despierte curiosidad. Es algo más bien instintivo. Está querer dejar algo con mi personaje. Está poder trabajar con gente que admiro, que me llama la atención. Como estoy recién partiendo, creo que intento cuidar esa pasión o ese instinto. Lo estoy desarrollando.

Intentas ser fiel a ti mismo.
Claro, pero más que ser fiel a una idea que yo tenga, es entender que estoy en una búsqueda, que estoy desarrollando algo y que eso tiene mucho que ver con vincularme con otra gente y aprender de otros.

¿Qué tan dispuesto estás a poner el cuerpo al servicio de tu trabajo? ¿Podrías ser tan extremo como Christian Bale?
Lo de Christian Bale y su capacidad de transformarse físicamente es algo que me atrae muchísimo. El peso actoral, la transfiguración. En Araña yo hice una tremenda transformación, muy ayudado por todo el equipo. Tenía una apariencia completamente distinta a la mía, subí como 7 kilos en músculo, porque me tenía que parecer a Marcelo Alonso, que es gigante. Poner el cuerpo al servicio del papel, esa radicalidad, me atrae.

Me encanta lo que hace Cate Blanchett, capaz incluso de prescindir de su impresionante belleza, para mostrar su impresionante talento.
¿Viste lo que hizo en Manifesto? Impresionante.

O en Coffe & Cigarettes, de Jarmusch, donde en una misma escena puede ser delicada y decadente. Hay harta rebeldía en eso de camuflar la belleza.
Sí, es súper rebelde. Creo que la belleza, la verdadera belleza, es algo que tiene mucho más que ver con la emoción y con el imaginario que se permite. Como actores o actrices existen de todos los cuerpos que te puedas imaginar. Pero, sin embargo, creo que lo que tienen en común es que logran como desnudarse y entregarse frente a algo y creo que la transfiguración es un ejemplo de eso. La vulnerabilidad es otro ejemplo.

La vulnerabilidad es una palabra muy clave, ¿no?
Sí, porque yo creo que hay que mostrarse vulnerable, hay que dejar algo.

Incluso Gerardo, que es tan odioso, en el fondo lo que muestra es vulnerabilidad.
Sí, y en el caso de Gerardo, también en cierta forma es un personaje que pertenece al margen. Es una persona que es súper influenciable, es súper visceral y está abandonado un poco a su suerte.

MAL NECESARIO

¿Cómo te llevas con las entrevistas?
Para serte sincero, esta entrevista u otras entrevistas, es algo para lo que nadie te prepara. Es algo nuevo que hay que siempre tomárselo con un poco de humor y liviandad, ser abierto, flexible y mostrarse un poco como uno es.

¿Te dan una lata atroz las entrevistas?
No sé, es algo que hago no más, es parte de mi trabajo. Y tú vas a hacer una interpretación de lo que es mi cabeza, pero ni yo sé lo que es mi cabeza. Y es como muy loco, porque empieza este Zoom y como que yo te quiero hacer preguntas a ti, ¿cachai?

Parte del negocio.
Sí. A la Antonia Zegers le leí una entrevista en la que le preguntaban por las alfombras rojas y ella decía que le fascinaban, porque era como jugar un rol, vestirse de gala, caminar por la alfombra roja, todo como un proceso teatral. Lo encontré muy válido y legítimo, nunca lo había pensado así, pero es verdad. Creo que hay mucho por jugar, hacer roles en la vida. Pero, además, tú misma me dijiste al principio: “esta entrevista la va a leer gente que no tiene idea de qué es ser un actor o actriz”. Algo así me dijiste y siento que eso ya le da un valor. SML

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