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Reportajes

Medir la vida en rounds: cuadrilátero v/s realidad

17 noviembre, 2020

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Tiempo de lectura: 10 minutos

EN UNO DE LOS MEJORES LIBROS QUE SE HAYAN ESCRITO SOBRE EL BOXEO, “ON BOXING”, JOYCE CAROL OATES LO DESCRIBE NO SÓLO COMO EL DEPORTE MÁS TRÁGICO DE TODOS, DONDE LO QUE PASA ARRIBA DEL CUADRILÁTERO SE TRANSFORMA EN UN ESTADO QUE SE RIGE POR LEYES QUE SON IMPENSABLES FUERA DE ÉL, SINO QUE TAMBIÉN, COMO UNA METÁFORA DE LA VIDA QUE NOS REVELA QUIÉN ES REALMENTE EL SER HUMANO.


Texto: María José Frazzoni Fotos: Mat Mondaca

Tal vez por tratarse de un lenguaje único que habita su propia atmósfera, el boxeo ha cautivado a millones de personas, transformándose en una de las pasiones más controversiales del mundo. Ernest Hemingway, Jack London, Norman Mailer o Charles Bukowski por nombrar algunos, han sido aficionados y también practicantes de este deporte demasiado serio para ser considerado un juego, y muy estilizado para ser un simple acto de violencia. Quizás esta encantadora dicotomía sea la razón por la cual nunca ha podido encajar en una categoría que lo defina de forma exacta, como tampoco ha podido ser habitada por nadie más que los verdaderos devotos su neblinosa atmósfera, que baraja el esfuerzo físico y la crudeza humana, para dar vida a destellos de gloria irrepetibles en los ojos de quienes miden sus vidas en rounds, en lugar de días.
Son personas que necesitan probarse a sí mismas, y por eso esperan pacientes: siempre hay algo allá afuera para desafiar, y cuando llega el momento en que se encuentran frente a frente con eso que no huye, que los ataca y los golpea dejándolos sin aire una y otra vez, se alegran, porque es su combustible vital. Cuando las personas salen del ring, bautizados bajo el fuego, son personas diferentes… son boxeadores, y deben convivir en el estuario de cuadrilátero y
realidad, por siempre.
No es novedad que así como se debaten en el ring en una batalla dramática, cruel y a veces sin revancha, también lo deben hacer en la vida. La diferencia está en que sobre el ring conocen cada centímetro de la lona, saben qué tan cerca están de las cuerdas e incluso cómo salir de la esquina si están en peligro. Para llegar a una pelea entrenan y repiten cada movimiento hasta alcanzar el punto en que éste se ejecuta de manera casi automática, sin pensar, sin dejar a la conciencia actuar. En la vida, en cambio, no siempre cuentan con esa instancia: los pensamientos atormentan los actos y no existen cuerdas ni esquineros que limiten el peligro.
Los conocemos con los guantes puestos y en guardia, bailando bajo las luces de los focos que queman la lona, pero desconocemos esas estrellas que se apagan a lo lejos, distanciadas a años luz de su galaxia y de la mirada de quienes los alentaron y admiraron cuando su brillo se encontraba en el esplendor inigualable. Y es que hay algo profundamente dramático en la segunda vida del boxeador, comparable sólo a la muerte o a un amor no correspondido.

EL DESTINO DEL CAMPEÓN

No sólo un sueño, un deseo o una visión pueden ser el inicio en la historia de un campeón, como no todos ellos se construyen en gimnasios. Los verdaderos campeones están hechos de algo inmaterial
que se encuentra en lo más profundo de su interior y que responde a un llamado divino. Un llamado que el destino puede hacer de muchas maneras, pero que muchas veces elige ser cruel. La vida se encarga de enseñarnos que es en esta misma crueldad, donde se esconden sus tesoros más inesperados y valiosos.
Liner Huamán, de 23 años, era pequeño cuando fue agredido y apuñalado en un parque por su nacionalidad peruana. Quizás si las constantes ofensas y maltratos de sus pares no hubiesen terminado en este incidente, no habría llegado nunca a las puertas del Club México con la intención de aprender a defenderse. Tal vez jamás se hubiera consagrado como el primer extranjero en coronarse Campeón Nacional Amateur Cadetes (2008), ni tampoco habría ganado el título de Campeón Nacional Juvenil (2009). Hoy, a Liner le es difícil imaginar su vida sin las 87 peleas que enfrentó como amateur, ni las 12 como profesional, sin estar invicto, sin ser el “Pac-Man Huamán”.
Las ganas de salir adelante, de velar siempre por el bienestar de sus hijos, y entregarle un futuro mejor a su familia, aún pueden verse en su intensa mirada. El sacrificio y la dedicación son fantasmas que lo escoltan, alimentando su hambre de triunfo para levantarlo a las 5 de la mañana todos los días, trabajando y entrenando sin descanso, como si su cuerpo no tuviera límites, todo con la firme convicción de seguir luchando por cumplir sus sueños.
Sin saber bien contra qué luchaba y aún estando en el colegio, Luis Cerda, de 25, respondió al llamado de un instinto inexplicable: algo que en ese momento no sabía realmente qué era, pero que salía de lo más profundo de su ser, porque de alguna manera necesitaba ser expulsado. Para él, lo que era una entretención comenzó a transformarse en una pasión que absorbió gran parte de su tiempo, incluso siendo más grande y fuerte que sus estudios. Para el resto de las personas, esas ganas incontrolables de expresarse eran el reflejo de un talento puro e innato. Hay quienes dicen que el talento no se entrena, que quizás el secreto es mantenerlo limpio e intacto como si se tuviera que proteger y dejar que salga solo. Y así fue que sucedió con el talento de Luis: salió solo, transformando a un tipo normal y tranquilo en un “Animal” cuya premisa sobre el ring era matar o morir, y que transformó los cuadriláteros de Europa y Estados Unidos en territorios por conquistar.
Pero como él mismo dice, los tiempos y las personas cambian, y la necesidad de sobrevivir conduce a otro estilo de vida donde las ganas y el hambre de entrenar se deben dejar a un lado. Y aunque esto sea
cierto, nunca se ha apartado del boxeo, sino siempre ha estado haciendo cosas ligadas a él.

LA MUERTE DESPUÉS DE LA VIDA

“El dolor es verdad; todo lo demás está sujeto a la duda”, dice el Coronel Joll en la novela de Coetzee Esperando a los bárbaros, una frase que perfectamente podría estar descansando sobre la pintura descascarada de la pared de algún gimnasio. Al conocer la vida de estos hombres, podemos llegar a la conclusión de que el boxeo, como cualquier campo de pruebas, proporciona verdad, y esta verdad tiene la credibilidad adicional de ser forjada por el dolor. En esta disciplina, en vez de huir del dolor como haría una persona cuerda, se da un paso hacia él, y así cuando un hombre es golpeado por los puños de otro, el espectáculo atrae no sólo por su violencia, sino además por su credibilidad epistémica. Esta es una credibilidad que aumenta proporcionalmente con el dolor. La verdad que se encuentra entre las cuerdas es primaria; en su inmediatez se presenta sin mediación psicológica alguna. Es sólo el acto, el encuentro y lo que sucede en él, como un peleador que sonríe tras recibir un gancho al hígado y cuyo dolor es traicionado por su intento de enmascararlo, o la desganada súplica del peleador derrotado que desea continuar incluso después de la intervención final del juez.
Tanto Liner como Luis recuerdan cómo al despertar el día después de una pelea todo el cuerpo duele, y si perdieron, duele además el alma.
Hay dolores que se pueden ocultar pero no quiere decir que no existan. Son secretos que se incrustan en el ser hasta intoxicarlo. Liner afirma que todos caminamos en compañía de fantasmas, recuerdos y miedos, pero es necesario encontrar el coraje para enfrentarlos. Para Luis los cuestionamientos son parte del proceso, “pero puede pasar que empieces a dudar de ti mismo y esto es peligroso, porque pierdes la confianza y la autoestima”. Aunque es una etapa delicadamente peligrosa para un boxeador, tanto Luis como Liner saben que es necesario vivirla, porque incluso el dolor de la derrota tiene algo positivo.
Quizás es porque hace daño, te golpea, te corta y llega al alma, y finalmente como no puedes permanecer indiferente, terminas creciendo. Y aunque no cualquiera ha sufrido a manos de un boxeador, todos están familiarizados con el dolor. Es innegable, no lo cuestionamos y no dudamos de él ni por un segundo. Si el dolor es verdadero y si el Coronel Joll está en lo correcto, entonces el ring promete, por sobre todo, verdad. ¿Pero qué pasa cuando un peleador está fuera del ring?
Para Liner el boxeo es mucho más simple y más fácil que la vida, la que asegura no sería igual si no estuviera compitiendo o al menos entrenando. Tendría que salir adelante, lo haría por su familia, pero no sería feliz haciendo otra cosa distinta a esto. Para Luis en cambio, es estar muerto en vida, como si le cortaran las manos. No quiere y no se ve haciendo algo distinto a lo que es su pasión.
Y es que es difícil adaptarse a la vida diaria y a las dificultades rutinarias cuando las complicaciones, decepciones y desmotivaciones que encuentran en esta nueva vida los invitan a perderse en las tinieblas, como si se tratara de un descanso, un respiro o una salida de emergencia. Hay muy poca vida después de la muerte para un boxeador que ya no se sube al cuadrilátero. A diferencia de otros deportes, el boxeo ofrece sólo unas cuantas oportunidades en el mismo ambiente en los que los peleadores dan sus primeros pasos hacia la gloria o el fracaso, y esto se convierte en un recordatorio constante de lo que llegaron a ser o de lo que no alcanzaron a lograr, pero siempre les gritará en la cara, quieran aceptarlo o no, que el lugar donde pertenecen es allí arriba, peleando.
Luis y Liner tuvieron los mismos sueños que todos los boxeadores tienen. Sangraron como todos, recibieron cortes muy profundos y heridas demasiado cercanas al hueso que marcaron como evidencia en sus cuerpos cada combate. Ganaron y perdieron peleas. Conocieron la sensación de noquear a sus oponentes y la gente los alentó gritando sus nombres en las noches de combates en el Club México. Saltaron la cuerda durante horas, hicieron sonar sacos parchados con cinta adhesiva y también realizaron sparring en rings donde la esperanza se mezclaba con el sudor. Cuidaban su peso. Realizaban largos viajes hasta sus hogares, a pie o en micro, donde muchas veces por el cansancio se quedaron dormidos. Y cuando recibían el llamado, peleaban por lo que fuera su valor en aquel entonces.
Aunque atrás quedaron los largos entrenamientos, las horas de trabajo técnico y de preparación física, el amor que sienten por esta disciplina es tan grande, que aunque sus corazones estén destrozados,
a punto de explotar o escondidos latiendo muy suave como queriendo que ni los escuchen, sigue vivo en ellos. Un amor que ya no es exclusivamente suyo, que como si ahora ya no les perteneciera, antes que alejarse de él prefieren compartirlo.
Hoy, son instructores de boxeo, y les gusta lo que hacen. Para Liner es importante enseñar de la misma forma como aprendió hace tantos años atrás, con valores como el respeto como motor principal de su trabajo.
De esta forma divide las horas de sus días haciendo clases desde muy temprano, manteniendo al día su entrenamiento y compartiendo tiempo con quienes dice son lo más sagrado e importante de su vida, sus hijos.
El Pac-Man Huamán dice tener muy claro lo que quiere y lo que tiene que hacer para conseguirlo. Su objetivo es lograr un título, y su plan, ir de menos a más trabajando siempre con esfuerzo y
dedicación. Porque para él no existe la suerte, depende de cada uno cómo desarrolla su vida, y a diferencia del boxeo, en ella los errores tienen solución.
Para Luis en cambio, es la experiencia de enseñar lo que cuenta, el poder transmitir sus conocimientos a personas que no comparten las mismas experiencias. Para él, un boxeador es como un puzzle, primero se tienen que armar las piezas y luego se define la imagen.
Sobre el ring el “Animal” cumple muy bien con esta tarea, todas las piezas encajan, es un modelo de deportista, pero en la vida no es así, para Luis no todas las piezas encajan siempre y reconoce que a veces uno falla. Pero 10 años como boxeador le enseñaron que es posible ir contra la adversidad y salir de los aprietos, dice que si uno tiene las ganas de hacer algo tiene que ir por ello sin miedo. Mientras estas palabras se pierden en la infinidad del tiempo, admite que para volver a entrenar y pelear, primero tiene que convencerse a sí mismo, porque volver significa renuncia y sacrificio, y esto no es algo automático, tiene un costo que es obligación pagar.

LA INSOPORTABLE SOLEDAD DEL BOXEADOR

Uno de esos sacrificios es la soledad. Luis sabe que la vida de un boxeador es solitaria, que nadie lo acompaña en su preparación, en las largas jornadas de entrenamiento, ni cuando está ahí sobre el ring después de que sonó la campana: en ese momento cuando es todo o nada, está solo él y su oponente. La gente no se da cuenta, ven a un atleta exitoso que se está haciendo un nombre y no creen que pueda tener algún vacío. Pero no es así.
El mundo del boxeo es hermoso pero extraño, una especie de planeta en una galaxia remota, llena de contrastes, privilegios y sobre todo, trampas del miedo. Liner confiesa que sentir miedo es normal, es algo que ha estado presente desde su infancia hasta el lugar enigmático en donde se encuentra hoy. Atravesando tragedias, logros deportivos y pesadillas eternas, sabe que lo que importa realmente es poner el miedo a tu servicio.
En el boxeador, el miedo es elemental porque agudiza los sentidos, y esto precisamente es su punto de quiebre: si se pierde el control ya nada importa, es lo mismo perder que ser golpeado. Vivir con el miedo, conociéndolo, entendiéndolo y aceptándolo crea una sensación de paz, vivificante, ya sea ante un sparring o la vida misma. Es por esto que mirar a los ojos a estos campeones es mirar dentro de sus almas, es encontrarse con momentos de dolor, sacrificio y gloria. Son miradas intensas que proyectan hambre de gloria y resignación. La manera en cómo se comportan sobre el ring es la forma como enfrentan los desafíos de la vida. Luis dice que para pararse frente a un tipo que quiere cortarte la cabeza se necesitan cojones, pero también corazón. Más corazón aún se necesita para hacerle frente a la vida todos los días, para enfrentar las dificultades económicas, la presión social y los vacíos existenciales propios de un ambiente complejo.
Con los guantes puestos o a puños desnudos, Liner y Luis sienten el mismo amor por el boxeo. Éste los forjó: les imprimió una forma de reaccionar, de pensar y de sentir. Hay boxeadores que usan su miedo y lo proyectan en el oponente, avanzan tirando y recibiendo golpes, pero continúan hacia adelante, mientras que otros suben la guardia y retroceden, alejándose tanto que quedan fuera de la pelea.
No es necesario conocer a Luis ni a Liner de toda la vida para darse cuenta de que han vivido momentos de oscuridad y saben perfectamente lo que es el dolor físico y el sufrimiento moral, pero han sabido salir adelante y seguirán así, conscientes de que no pueden dejar su pasado atrás, tirando golpes, esquivando y subiendo la guardia.
Porque es inevitable, la culpa es de ese adictivo amor que les entrega verdad, que no los deja caer aunque pierdan el aire por momentos, porque todos los combates que han ganado, dentro y fuera del ring, los ganaron con corazón. SML

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