Martin Amis: Londres me mata — Revista SML — La revista chilena de estilo masculino.

Martin Amis: Londres me mata

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Tiempo de lectura: 10 minutos

Esa imagen es la portada de Experiencia, su autobiografía, y probablemente fue tomada en 1954, cuando su padre Kingsley Amis publicó Lucky Jim, considerada la novela más divertida del siglo XX. Martin quizás nunca será Sir Amis, como él. Y afortunadamente tampoco nunca llegará a beber tanto, y por eso a perderlo todo. Pero su vida es demasiada fama, demasiado dinero. ¡No se puede empezar desde tan arriba! En agosto cumplió 70 años y todavía es el enfant terrible de las letras británicas. Su hábitat es el éxito. Sus libros son para mayores de 18, sexo, violencia, lenguaje inapropiado. Ya no escandalizan tanto, pero Amis es un maximalista y en la última década, a partir de ciertos experimentos -no todos fallidos-, pasó a ser un sospechoso e incluso un impublicable. Escribió novelas airadas, como viajes sin retorno, fuera de la atmósfera. Los últimos años han sido difíciles, raros. Como si siempre estuviera huyendo, tiene casa en Inglaterra, Estados Unidos y Uruguay; y vive con jet lag. Seguido bien de cerca por críticos y detractores que auguran cada año su caída, su final.  Martin Amis se ha aproximado como nadie a esa línea donde empiezan los dragones. “Soy un experto en crear monstruos masculinos. Mi tema es la masculinidad. El problema de la inseguridad masculina es inseparable de la envidia masculina”, señala; y considera a Freud “un humorista”. Su hazaña inicial es que, si su padre Kingsley Amis obtuvo el premio Somerset Maugham por su primera novela, Lucky Jim; en 1973, a los 24 años, Martin recibió el premio Somerset Maugham por El libro de Rachel, su primera novela. Y verdaderamente, qué manera de empezar. El cuaderno de Rachel es la historia de un romance adolescente grandioso, ridículo y fastuoso. “Me está matando, lo de ser joven me está matando”, escribió.

CASI TODA LA NOVELA EBRIO

Y después de otras novelas, en 1988, fue el estallido de Dinero (1989). Tenía 38 años y el libro cayó mal sobre su generación, el llamado Dream Team inglés: Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Hanif Kurieishi, Graham Swift e Ian McEwan. Como diría él, “parecían tomar con gran esfuerzo esto de celebrar mi éxito”. El personaje de Dinero es John Self, publicista londinense, un tarado que se pasa casi toda la novela ebrio o con una resaca final. Contratado en Nueva York, impresiona a los nativos neoyorquinos con su farfullante acento inglés. Extrañamente, factura cientos de miles de dólares y conduce un auto llamado Fiasco; mientras Selina, su obsesión, su maliciosa mujer, lo engaña. El personaje no vive en un océano de felicidad. En un imposible partido de tenis, “me limité a correr y tirarme de un extremo a otro de la pista, tratando de salvar la vida de 80 kilos de genes proletarios, alcohol, comida rápida, chamuscado y asfixiado por combustibles de mala calidad, sin otra cosa que ofrecer que no fuera un drive y un revés de circunstancias”. Todo el tiempo tiene un dolor de muelas radioactivo. Consideremos también su otro dolor permanente:  el felpudo, como Self llama al humeante, poco pelo que le queda. 

SU OMNISCIENTE ROPA INTERIOR 

Tropezando con las alfombras de alta gama de los hoteles caros, descubre que “Dios es una mujer. ¡Miren a su alrededor! Pues claro que es una mujer”. En Inglaterra no se habla de dinero, el dinero en cierto modo apesta -nos recuerda-; en Estados Unidos, en cambio, el dinero se exhibe desesperadamente. Él no está contra el dinero, pero preferiría no hacerlo. La novela marca sus años dorados, y compone una trilogía con las esplendentes Campos de Londres (1989) y La Información (1995). Cada una es considerada su obra maestra. Por el John Self lo tacharon de machista, homofóbico, racista, derechista y arribista. “Sólo un estúpido confunde al protagonista con el autor”, dijo encantado. “Tendrían ustedes que ver la cantidad de dinero que nos pagamos los unos a los otros, lo poco que trabajamos, y lo tontos y subnormales que somos”, asegura Self. “Como si fuésemos dioses, o monos, o astronautas. Antes, todo el mundo estaba más o menos conforme con sentirse casi siempre muerto, ahora, todos quieren sentirse maravillosamente bien a cada momento”, agrega. “Pronto sonará el timbre y aparecerá mi Selina con sus ojos persas, su maletín de viaje, su cálida garganta, su omnisciente ropa interior, sus cicatrizadas muñecas, sus aromas de boudoir, y probablemente los aromas de otros hombres”, continúa. “Ojalá me hubieran enseñado orgullo, dignidad, y hasta un poco de francés”. 

VERANOS EN MALLORCA

A los 50 años publicó Experiencia, y su autobiografía no es un relato lineal, para alivio de las mentes modernas y millennials, y puede comenzar por cualquier parte. Total, la memoria funciona así. Casi todos sus libros son autobiográficos o egocéntricos, y ocurren en la línea paralela de su vida.Después de esa foto inaugural, fumando todo cool, apareció en Viento en las velas, una película de Alexander Mackendrik, actuando pésimo, de niño secuestrado por unos piratas. “Me verás, pero no me oirás”, explicaba riendo, porque tuvo un ataque de pánico escénico cuando tenía que decir sus líneas, y se quedó mudo. Su voz fue doblada por una niñita. “Yo tenía cinco años y estaba en las rodillas de los mejores escritores del mundo. Veraneaba en la casa de Robert Graves, en Mallorca”, recuerda. Venían de Swansea, Gales del Sur, un lugar de tal homogeneidad étnica que nunca había visto una persona negra. En Londres, en 1956, su padre lo llevó a conocer a un académico de Zimbabue. En el camino le explicó lo que le esperaba. “Tiene la cara negra -me dijo-. Es negro. Y siguió con su aleccionamiento. Cuando entré en el pequeño departamento me eché a llorar. Y no me anduve con rodeos: ¡Tiene la cara negra! ¡Es negro! Pues claro, dijo el profesor invitado cuando dejó de reírse. ¡Soy negro!”, rememora. Todavía no estaba listo para escribir Dinero. Señalaría después que “estuvimos viajando por el aire y el tiempo. Viajé por primera vez a Estados Unidos en 1958, y el país me gustó tanto, que me quedé casi un año”. Llegaron en el Queen Elizabeth y para el efecto, su hermano y él se cambiaron de nombre: él sería Marty, y Philip, más original, Nick Junior. 

PERO AHORA 

Ahora está en las librerías, El roce del tiempo, su más reciente libro de ensayos. Allí habla de Donald Trump -cómo no-; de la industria del porno de California reporteada in situ; de la reina de Inglaterra y de Maradona. Entonces hace un repaso obligatorio del delirante macho argentino. Y por supuesto de sus machos Alfa en materia literaria: su Saul Bellow -que a la muerte de Kingsley lo declaró hijo suyo-, su Vladimir Nabokov, y su Hitchens. “Con Christopher Hitchenks teníamos un matrimonio homosexual no consumado”, dijo cuando el autor de Dios no es bueno, murió. Era su mejor amigo. El roce del tiempo contiene la oferta de un Amis más inocente, más joven y menos del terror. Porque sus libros anteriores tienen zonas de violencia brutal, desde La flecha del tiempo (sobre Auschwitz, 1991), Perro Callejero (2003), a Koba El Temible (2005, sobre Stalin); o Lionel Asbo, el Estado de Inglaterra (2014), y La Zona de Interés (2015, más sobre los campos de concentración nazi).  “Si la ideología fuera una droga sería como la heroína, y la religión, la metadona”, analiza Amis, que no da tregua. Pero es probable que todo, y antes y después de todo, fue para caer al lago sin fondo de esa gran historia de amor tenebroso que sucede en el Gulag soviético -los campos de trabajos forzados, esclavitud para disidentes -, llamada La casa de los encuentros (2006).  Hay una frase escrita en el pecho de uno de los prisioneros rusos: “Podrás vivir, pero no amar”. La historia, contra todo pronóstico -porque partió siendo solamente una novela política- es puro corazón. 

AMIS 1 Y AMIS 2

“Todos necesitamos una buena carcajada de vez en cuando”, anota en La información. Ese humor descalabrante que es la marca de la casa, su amuleto, los modales de los Amis. Imposible olvidar que hay dos Amis: Kingsley y Martin, y a veces nadie se pone de acuerdo en si Amis es el hijo de Kingsley, o Kingsley el padre de Amis. Por ahora su expansión mundial nos da un atisbo de la risa maravillosa de estos dos capullos, estos gamberros, como dicen sus impasibles traductores españoles, que en medio de ataques de risa han llevado al castellano un idioma que se despliega y expone totalmente, infinitamente. No todos tenemos, o a lo mejor sí, a Shakespere y a Wilde en el ADN. Porque en cuanto al lenguaje, Martin es el padre de Kingsley, y de cualquiera. Imposible desconocerlo. Se dice que es el mayor estilista de su generación. Además, el mejor de su laborioso equipo: vade retro Mac Ewan. Cuando lo lees -toda esa brillantez formal, toda esa opulencia-, te das cuenta hasta qué punto el lenguaje es insuficiente. Martin es la continuación de Kignsley por otros medios. “Un compañero mío me preguntó con deferencia cuál de los libros suyos le recomendaba. Lucky Jim, respondí yo. Lo compró, y una noche entré en su cuarto y lo encontré vomitando en el baño, con lágrimas en las mejillas, recuperándose de un ataque de risa provocado por la novela”, declara.En su arriesgada vejez, 20 novelas después de su debut, Kingsley Amis escribió tres libros sobre el alcohol y sus ceremonias. Fue un especialista en resacas: era un valiente. Sir Kingsley Amis tomaba media botella de whisky y dos copas de vino al día, descontando las cervezas.Abandonado por su segunda esposa -la escritora Jane Howard, hace muy poco rehabilitada literariamente por el propio Martin- se volvió fóbico e incapaz de pasar una sola noche solo, hasta que su hijo escritor le consiguió una estadía final e indefinida, misericordiosa, en la casa de su madre y su tercer marido.  Él lo adoraba, a pesar de que él no terminó de leer Dinero: dijo que no pudo soportarlo. Sus comentarios habrían herido a un hijo más normal, menos fuerte. 

CENSURADO POR FIN

En los años 70 Martin era rabiosamente atractivo, y llegaba a redacción del Times, donde escribía sobre libros, con uniforme hippie, pelo largo, camisa floreada, botas tricolores (sic) cubiertas por apretados y acampanados jeans pata elefante. “La droga ideal para un escritor es la marihuana. No sirve para escribir, sino para volar”, aconseja hasta hoy. “Escribe borracho, edita sobrio”, decía un gran alcohólico como Ernest Hemingway. Estudió en Oxford, como Kingsley, y siempre se burló de su tono apitucado. El suyo es más natural. “En esa época estaba de moda ser fino”, contaba. Durmió finamente en el suelo, en cualquier parte, en los años 70. No con fines recreativos, sino experimentales. Asegura que sus personajes tiemblan cuando se les acerca, pero sus dos libros sobre el Holocausto fueron casi su perdición. Hasta los campos de concentración nazi alcanzó la tolerancia de críticos y lectores. Incluso de los editores: Gallimard se negó a publicar La zona de interés en Francia, y en Alemania hicieron otro tanto. Martin lo había hecho por fin. Lo censuraban.  A propósito de la caída del Muro de Berlín, Ivan Klima -subraya irónicamente el escritor- le dijo a Philip Roth: “Los paranoicos han mejorado, pero los neuróticos están empeorando”.

INFIDELIDADES PACTADAS

Se dice que las infidelidades -pactadas- terminaron con su matrimonio con Antonia Philips, madre de sus dos primeros hijos. Es una forma de resumirlo, pero en 1997 todo se juntó: la muerte de su padre, su separación escandalosa seguida de su matrimonio con la norteamericana Isabel Fonseca, y una pelea de escándalo con su amigo Julian Barnes. Foco de controversia, morbo e insultos, en 2011, Amis abandonó el campo (es decir Londres) llevando consigo un adelanto de 500 mil libras conseguidas por Andrew Wylie, alias El Chacal, el más peligroso de los representantes de escritores del mundo. Estaba rompiendo también con Pat Cavanahg, la mujer de Barnes, hasta entonces eficaz agente de los dos. El adelanto era por La Información, que terminó siendo una divertidísima novela sobre dos amigos escritores. Uno es el fracasado, el otro el bestseller. El ganador es de una tontería agotadora y una ceguera impresionante, y el perdedor, un tipo cargado de odio y de humor involuntario, que intenta una y otra vez matarlo, o por lo menos conseguir que un sicario le dé una paliza inhabilitante. Por supuesto, el que termina todo quebrado en el hospital es él. En un lanzamiento de libros en Estados Unidos, una mujer del público se acerca al escritor triunfante y le dice: “No todo el mundo te ama”. Eso mismo le dijeron al autor de La Información en una feria del libro en Los Ángeles, y se sintió realmente halagado. La frase era increíblemente útil para la novela. En el mercado editorial se dice que Amis está a la baja. Ahora se habla de un nuevo brit-pop literario, y uno de los grandes adelantos (como 250 mil euros) lo recibió una mujer: la premiadísima inglesa-jamaicana Zadie Smith, nacida en Londres en 1975. Y eso por unas pocas páginas del manuscrito de su novela Dientes blancos. Andrew Wylie no solo es un chacal, ha dicho Amis: “Wyle es un sepulturero”. Por la capacidad del agente norteamericano para hacerse con los derechos mundiales de los escritores muertos, entre ellos y bien especialmente, con los de la obra de Roberto Bolaño, pasados en un golpe de mesa desde la española Anagrama a la multinacional Random House Mondadori. Dinero, vil metal. Fue a partir de esa transferencia de energías, desde el corazón del Dream Team, que Amis pasó a vivir en un barrio inaccesible de Nueva York. De alguna manera allá no lo alcanzaría ese odio que aún no había conocido. Aparte, su actual esposa es una heredera millonaria, hija del gran escultor uruguayo Gonzalo Fonseca. Ella es escritora, y su primera novela trata de una infidelidad masculina. Cada uno tiene su estilo y su estudio -lo más alejados del otro posible-. Amis se declara “un feminista utópico”. Pero las feministas no lo quieren. Cuando Nueva York resultó demasiado pequeña para contenerlos, vivieron durante tres años –“los mejores de mi vida”- dice él, en José Ignacio, Punta del este. Pero Londres lo llamaba. Volvió cuando había pasado casi una década de la ola más alta del rechazo de sus amigos y de los pro nazis y los pro estalinistas. En medio de todo, sostiene una relación de amor y odio con el cine, y la adaptación de Campos de Londres con Ambar Head y un cameo de Johnny Deep, resultó en una película considerada un bodrio. 

CON LA REINA EN SU REGAZO

“Estoy a favor de la familia real en la realidad, pero en contra en la ficción”, ha dicho. Sir Kingsley Amis fue invitado varias veces a palacio, por la reina en persona. Le contó a su hijo que después de cada uno de esos encuentros con Isabel II “tenía sueños eróticos”.  “¿Qué ocurre en esos sueños eróticos?” preguntó. “Pues nada, ella está sentada en mi regazo, la siento, la toco, la beso…”, respondió. Uno de los personajes de Perro Callejero es el rey de Inglaterra, un supuesto Enrique IX acosado por un chantajista y por la prensa amarilla. Pero la incursión de Amis en Buckingham es sólo la de alguien que ha tomado un par de veces la mano (enguantada) de la muy anticuada y bastante simpática soberana. En esa novela hace una mezcla tipo DJ con un incómodo reportaje suyo sobre la pornografía, que aparece allí en ficción, siempre detalladamente, siempre atroz. “Ahora entiendo por qué a las mujeres no les gusta la pornografía”, concluye. “Creo que el sexo fallido, el fiasco sexual, es un tema literario perfectamente válido, pero el sexo exitoso no”, continúa. De los ingleses se ha dicho siempre que “tienen tan mala comida como buenos modales en la mesa. También mal sexo -escribe Miqui Otero-, eco de ese pasado victoriano en que hasta las piernas torneadas de la mesa del comedor se tapaban recatadamente con el mantel”. Por lo demás, los ingleses siempre han hablado mal de su país. En eso son muy poco chilenos. Pese a un conglomerado de carísimas operaciones dentales (“que han costado el rescate de un rey”), Martin Amis no muestra los dientes, por lo menos no literalmente. En una entrevista para El País, Ampar Moliner lo describió: “No se ha vestido para recibirnos, o tal vez sí. La clase alta inglesa a veces practica el dressing down, vestir de manera descuidada. Tiene los ojos muy azules, de un azul intenso de traje, aunque algo enrojecidos”. Los libros de Saul Bellow están por todas partes. Y él es un buen anfitrión. Ofrece té, café, cerveza. Toma cerveza. Está con jet lag. -¿Podría sonreír, señor Amis? -le pregunta un fotógrafo. -¿Para qué? -responde él. sml