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Reportajes

Marta Montt Balmaceda

16 octubre, 2020

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Tiempo de lectura: 3 minutos

Su nariz, su cuello, su personalidad, su forma de hablar, de caminar, de reírse, de vestirse… era única, se imponía por presencia, por su elegancia innata, un físico espectacular, fue la primera en usar bikini en Zapallar en los 60, y en salir en las páginas de Vogue y Life  el 69. Fotografiada por su íntimo amigo Raimundo Larraín, hija de Ambrosio Montt Wilms y Marta Balmaceda. Creció escuchando ópera por su madre y las mejores historias de su padre, lo que la convierten en una mujer culta, inteligente y con mucho sentido del humor. Muy querida por todos aquellos que la rodeaban, murió en octubre a los 85 años después de estar 15 postrada. Su sobrina Pilar Montt escribe sobre ella. Las fotos son de álbumes familiares.

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En mis recuerdos de niña siempre aparece la Martita, su pieza en la casa de mi abuela, muñecas, con las que con mis hermanas alcanzamos a jugar. Su escritorio vitrina, hecho por su tío Andrés Balmaceda, con adornos, tacitas, teteritas de porcelana para jugar con las muñecas; era fascinante. Ahora está en la casa de mi hija, a la que se lo regaló, ordenado como a ella le gustaba, y muestra el sentido estético que siempre tuvo. La vi como una tía, madrina, hada madrina, algo especial. Elegante y entretenida, con sus temas de viajes a lugares lejanos, exóticos, en esa época inalcanzables. La recuerdo, muy cariñosa con mi padre, lo que se mantuvo a lo largo de la vida. Hablaban el mismo idioma, se trataban de usted, se entendían bien. Me acuerdo cuando vivía en Providencia, frente al Parque Japonés, con Ernesto, en un lindo departamento lleno de plantas, lleno de luz, sus gatos gigantes y su mamá Amelia.
Su gran aventura con Raymundo fue su éxito profesional y personal.
Se retiró del modelaje siendo muy joven. Muchas veces la oí decir que había que retirarse a tiempo. Y vuelve a Santiago a estar con su madre y a trabajar. Lo hizo como productora de una revista de actualidad de la época.
En ese tiempo, cuando las edades no importan, la amistad entre ella y mi familia fue fácil. Mis hijos gozaban con sus geniales comentarios, insólitos consejos y humor. Otras sobrinas también fueron parte importante de su vida, con las que estuvimos mucho en torno a ella en sus últimos años.
Sabía oír, se interesaba por todo. Inteligente y muy seria cuando había que serlo. Tuvo gran espíritu crítico desarrollado en su niñez, en un ambiente lleno de música, conversación y libros. En una carta a sus doce años, le pide a su padre desde Zapallar que le mande urgente tinta para poder contestarle las cartas. Con una letra perfecta, sin faltas de ortografía y muy bien redactada, le cuenta los largos paseos por el Cerro de la Higuera hacia Papudo y sus baños en el mar.
El perfecto orden de su casa reflejaba su orden mental, ideas claras, y siempre bien informada. Fue muy reservada en sus comentarios y vida personal. Prepárate, me dijo una vez, que me van a pelar de todo lo que no te imaginas, pero al revés, sus amigos me han hecho sentir lo querida que fue, y lo que aportó en esa amistad, su alegría, sinceridad, franqueza y sobre todo su gran sentido del humor. Pienso que, para ella, sus amigos fueron lo más importante de su vida. Conocí a muchos de ellos durante los quince años que estuvo enferma. Grandes mujeres, grandes hombres.
Su debilidad, los gatos. Si nacía un felino en el zoológico de Recoleta, era la primera adentro de la jaula del león con el cachorrito en brazos.Cuando vivió con Rafael en Berlín en el barrio Charlottenburg, muy cerca del zoológico, pasaba el día con la familia panda.
Lectora de la historia del mundo, en su último tiempo, Rusia, país que le fascinaba y no alcanzó a conocer. Quería que fuéramos juntas. Para ella cualquier ambiente era fácil. Tenía una capacidad de desenvolverse muy bien, fuera en un gran y elegante salón donde se hablase en francés o en la más sencillas de las casas.
Cuando íbamos a Le Flaubert, caminando por Orrego Luco, a comer scones y tomar una gran tetera de rico té, yo percibía siempre sorprendida como la miraban. Caminaba coordinado y natural, vestigio de su época de bailarina.
La despedimos con un sobrio responso, con música que ella hubiera elegido; y se fue con su maleta cargada de cartas de amor.SM 

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