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Entrevistas

Maite Orsini

20 noviembre, 2020

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FIGURA MEDIÁTICA POR SU PASADO EN LOS TERRENOS DE LA TELEVISIÓN Y FIGURA MEDIÁTICA POR ASUNTOS CERCANOS A LA POLÍTICA, PERO NO POLÍTICOS. EN ESTA ENTREVISTA CON CRISTÓBAL BELLOLIO LA DIPUTADA MAITE ORSINI SE CONCENTRA EN SU PENSAMIENTO Y, SIN DISTRACCIONES, DIBUJA SU PERFIL DE “FEMINISTA SOCIALISTA. ESENCIALMENTE FEMINISTA, ESENCIALMENTE DEMÓCRATA”. 


Texto: Cristóbal Bellolio Fotos: Pato Mardones Producción: IPCStudio/SMLProducciones

Es difícil identificar con precisión las coordenadas ideológicas de una figura política cuando la mayoría de la cobertura que recibe de los medios tradicionales, y la conversación en redes sociales, apunta a confirmar ciertos estereotipos. Eso es especialmente cierto en el caso de figuras vinculadas al mundo del espectáculo, o en general de cualquier mundo que parezca lo suficientemente distante del viejo círculo de la política, con sus códigos, estéticas y lenguajes particulares. Por eso quise conversar con Maite Orsini, militante de Revolución Democrática y diputada por el distrito 9 (Cerro Navia, Conchalí, Huechuraba, Independencia, Lo Prado, Quinta Normal, Recoleta y Renca): para obtener una radiografía de su pensamiento político, más allá de los episodios contingentes que pueblan las noticias en torno a ella. Para conocer también, a través de su mente, cuál es el estado de maduración de las ideas de una generación cada vez más protagonista de la historia política de Chile: la generación del 2011, la misma de Jackson, Boric y Vallejo, la de los Millennials que conducen el Frente Amplio, la que más temprano que tarde gobernará Chile. Tengo genuina curiosidad.

Nos encontramos en un café del Parque Forestal. Es sábado por la tarde, pero la diputada Orsini viene de una nutrida agenda de actividades políticas. Está contenta porque acaban de lanzar la candidatura de Luz Vidal, dirigente de las trabajadoras de casa particular, a la convención constitucional. Me percato rápidamente de lo que será un tema recurrente: la importancia que le asigna a la diversificar los elencos políticos, de combatir contra la cultura de las dirigencias herméticas de hombres mayores heterosexuales de clase alta.

Parto, sin embargo, preguntándole por el entorno: una ciudad visiblemente deteriorada en su infraestructura pública, a consecuencia de las protestas que no dan tregua a la llamada “zona cero”. Le pregunto si acaso considera que este nivel de daño a la ciudad es un costo inevitable de una revuelta que seguramente considera justa, o si acaso la estima un exceso impermisible. Me detiene para contarme que vive justamente a la vuelta de la esquina. Es testigo de las distintas dimensiones del estallido social.

“Haría una distinción entre destruir los barrios en general y lo que pasa en este barrio en particular. Aquí se vive una expresión ciudadana, manifestada a través de diversas formas artísticas. Eso me parece bonito y emocionante. Es distinto cuando voy, por ejemplo, a Renca o a Cerro Navia, comunas que recorro a diario y donde veo los barrios destruidos. Sé lo que cuesta que estén iluminadas las calles. Sé lo difícil que es para una municipalidad como Cerro Navia, con un presupuesto en rojo, pagar luminarias, reconstruir los espacios que han sido tomados por el narco, devolverle a la gente los espacios públicos. Entonces duele ver cuando los mismos vecinos destruyen sus barrios”.

Entiendo la distinción conceptual. Pero, en la práctica, ¿no está acaso la dimensión positiva que destacas indisolublemente ligada a la dimensión destructiva del conflicto? ¿Se puede visibilizar el problema sin que la ciudad, en este caso, pague los costos?
Por supuesto que sí. Soy profundamente pacifista y radicalmente demócrata. Pensemos en las manifestaciones del 8 de marzo: participan más de un millón de personas, pero las mujeres no salen a la calle a destruir sus barrios. La destrucción no es un costo inevitable.

Ahora, yo me imagino que las consignas que gritan las paredes y las murallas de la ciudad te representan hasta cierto punto…
Sería distinto ir caminando por calles que dijeran “no más migrantes” o con consignas reaccionarias. Me imagino cómo debe ser para personas de derecha caminar por estos barrios. Debe ser horrible. Pero las consignas que yo leo en la calle me representan.

Me imagino que “Muerte al paco” solo te representa en forma metafórica.
Por supuesto. La gente no quiere carabineros muertos, quiere que la institución de Carabineros muera en su forma actual y se refunde con un sentido distinto. Nadie piensa en el sentido literal de la consigna.

LA CALLE INCREPA
Se ha dicho que el estallido social no es izquierda ni de derecha. Pero no podemos ignorar que varias de sus demandas están mejor alineadas con reclamos históricos de la izquierda. Se podría pensar que era un momento político que el Frente Amplio pudo haber aprovechado mejor, para liderar, para conducir, para articular, y parece que le pasó por encima.
Primero, creo que efectivamente las demandas que estaban en las pancartas y en las marchas son demandas que hemos levantado desde las izquierdas: “No + AFP”, “Seguro único de salud”, más democracia a través de una asamblea constituyente y, en general, hacia la desmercantilización de la vida de las personas. Y digo desde “las izquierdas”, por- que no hay solamente una izquierda. Ahora, en la calle la gente no te iba a decir que era de izquierda, pero sí te iba a decir que quería más democracia, más derechos sociales. Esas son causas de la izquierda. Para el Frente Amplio fue difícil porque estamos en medio entre la política institucional y la calle con el movimiento social.

La calle te increpa por ser parte de la política y la política te increpa por ser parte de la calle.
Claro. Pero el Frente Amplio ha rechazado en particular todos los intentos por criminalizar la protesta, a diferencia de lo que hicieron otros partidos con tradición popular como el Partido Socialista, que contribuyó con el proyecto de ley antibarricadas. Sin embargo, desde la calle nos cobran a nosotros. El estallido social intensificó el rechazo a la política.

Y como el Frente Amplio es parte de la política, aunque sea un actor nuevo, les cae la misma crítica.
Exacto. Nosotros llevamos pocos años en esto, y estamos acá para cambiar las formas que nos incomodan como generación. Pero nos tocó justo estar adentro en este momento. Caímos en el mismo saco.

Sí, y pensando en la dimensión del estallido que escapa al eje izquierda-derecha, hay una crítica muy profunda a los privilegios transversales de la elite política. La gente piensa que la vida del parlamentario es jauja.
Pero es verdad. Por eso batallamos para que se rebajara la dieta, que se rebajó en un 25%. Nosotros queríamos un 50%. Porque la dieta de los parlamentarios era 44 veces el salario mínimo. Entonces la brecha entre el ciudadano común y el político que lo representaba es demasiado grande. Es obvio que eso genera rabia. Y no solo rabia, sino también distancia entre el parlamentario y la vida de quienes representa.

¿Eso hace más difícil representar bien?
Exacto. Aleja al parlamentario de la ciudadanía. La mayoría de los parlamentarios, además, viene de un mundo de elite donde tenían mismos privilegios similares, no es que hayan ganado demasiado privilegios. Tenemos una democracia bien poco representativa, donde un sector de la sociedad -la elite- está sobrerrepresentado. Cuando nosotros llegamos al Congreso.

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“Nosotros somos movimientos políticos que
no recibimos plata de las grandes empresas;
Nos financiamos entre nosotros. Eso lo
estamos tratando de remediar a través de
la donación que hacemos a nuestro partido
con parte de nuestra dieta, para poder
financiar campañas políticas de militantes
que no tengan las redes”

Ah, porque la elite le manda representantes a todas partes de Chile.
Exacto. Hasta el cambio del binominal proporcional, en donde tuvimos la oportunidad de ingresar al Congreso, la mayoría de los parlamentarios eran hombres entre 55 a 65 años, abogados y médicos, en su mayor medida, de la Católica o de la Chile, de un puñado de cinco colegios particulares pagados; características que tiene el 1% de la sociedad y acá tenían una representación desmedida. Esto no es un problema per sé, es un problema por los nocivos efectos que genera: leyes y políticas públicas que nos segregan entre el país de los ricos y el país del resto. Ese es el efecto de la sobrerepresentación de las elites, de los hombres burgueses heterosexuales, blancos, de un puñado de colegios, de un par de universidades, de un par de carreras.

Hace unos años yo pensaba justamente que la crisis de representatividad que arrastraba Chile podría eventualmente mitigarse con la entrada de nuevos actores políticos capaces de conectarse con la experiencia de las generaciones post dictadura. Pensaba que partidos como RD por la izquierda y Evópoli por la derecha contribuirían a detener la sangría. Pero parece que la juventud no bastó. Tampoco bastó que se representaran otros sectores históricamente desplazados como mujeres o la disidencia sexual. Se les criticó igual por pertenecer a las elites socioeconómicas y culturales.
Es obvio que hay elites entre las nuevas generaciones, pero no solo somos más mujeres y más jóvenes, sino mujeres jóvenes que provienen de otros mundos sociales. Pero yo comparto contigo que es un desafío del Frente Amplio permearse más de los sectores populares. Hay una enorme dificultad práctica: Levantar una campaña política en un distrito de un millón 200 mil personas, como es el mío, con ocho comunas, requiere –lamentablemente- de mucha plata, y nosotros somos movimientos políticos que no recibimos plata de las grandes empresas; Nos financiamos entre nosotros. Eso lo estamos tratando de remediar a través de la donación que hacemos a nuestro partido con parte de nuestra dieta, para poder financiar campañas políticas de militantes que no tengan las redes. Los primeros que entramos éramos quienes teníamos las redes suficientes para llegar a los medios, quienes teníamos los recursos económicos para financiar una campaña, quienes tenían más vínculos, más posibilidades. Por eso estamos generando este fondo para poder financiar campañas políticas de representantes más populares.

¿FEMINISMO DE DERECHA?
A veces veo a tus correligionarios hombres algo perplejos ante el avance de relato feminista, con un constante temor a la funa si los contradicen. De hecho, no me imagino a RD con un presidente en vez de una presidenta, como si lo primero fuese un retroceso al patriarcado. Quizás sea positivo como ajuste temporal del equilibrio de fuerzas, pero ¿es positivo que los hombres se resten de ejercer posiciones de poder y liderazgo?
Yo creo que este es el momento de las mujeres. Son milenios de patriarcado los que hay que revertir.

O sea los hombres tienen que hacerse a un lado, por ahora.
Sí, creo que tienen que estar disponibles a renunciar a sus privilegios. Porque esto no lo vamos a hacer solas. Esta no puede ser una guerra, tiene que ser un acuerdo entre todos y todas.

Te pongo un caso. Estamos en la convención constitucional y para la presidencia tenemos que elegir entre un hombre de izquierda y una mujer de derecha.
Es que no basta con ser mujer. Necesitamos una mujer feminista, idealmente, que represente y que defienda los derechos de las mujeres. Si una mujer de derecha no hace eso, yo prefiero un hombre de izquierda. Mujeres feministas, eso es lo que necesitamos. Y me es difícil pensar en un feminismo de derecha.

¿No hay feminismo de derecha?
Es difícil, porque el feminismo no solamente es la lucha de la equidad entre hombres y mujeres. Es más amplio, es la lucha por una sociedad libre de opresiones en general, no solamente de hombres sobre mujeres. El feminismo cree en una sociedad más igualitaria en términos de clase, en términos de políticas medioambientales que respeten a todos los seres vivientes, etcétera.

¿No será demasiado amplio un concepto de feminismo que se hace cargo de todas las posibles dimensiones de la opresión? Dicen que quien mucho abarca, poco aprieta.
Para mí el feminismo es más amplio que la equidad entre hombres y mujeres. Por otro lado, me pregunto cómo el marxismo tradicional no vio la opresión de los hombres sobre las mujeres, solo vio la lucha de clases y la opresión de los burgueses sobre la clase trabajadora. Cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto Comunista las mujeres no tenían derecho a voto, eran una máquina de reproducir personas y de limpiar. ¿Cómo no lo vieron?

Bueno, Engels lo vio: quería abolir la familia tradicional porque le parecía injusto que la mujer no recibiera compensación por su trabajo reproductivo, como sí la recibía el hombre por su trabajo productivo fuera del hogar.
Por lo mismo, me cuesta entender la lucha por los derechos de ciertos oprimidos en desmedro de otros. Hay que combatir todas las formas de opresión. Por eso me cuesta entender el feminismo liberal que plantea que las mujeres tienen que ser igual que los hombres dentro de sus clases, que la mujer burguesa tiene que ser igual al hombre burgués, etcétera.

Y para combatir todas las formas de opresión ¿no basta el socialismo?
Soy feminista antes que socialista. Una de las deudas más grandes de la izquierda es haber puesto al feminismo como una accesorio del socialismo, como una demanda secundaria a la clase.

El esencialismo de clase que criticaban Laclau y Mouffe respecto del marxismo.
Sí, yo prefiero declararme como una feminista socialista. Esencialmente feminista, esencialmente demócrata.

LAS DERECHAS
Ser demócrata implica ser buen perdedor, ¿o no?
Por supuesto. Yo soy capaz de entender que la gente en Chile votó por un proyecto político de derecha.

Te lo pregunto porque a veces uno escucha a dirigentes como Hugo Gutiérrez que dicen “no más derecha”, como si fuese una opción ilegítima, como si fuera mejor que jamás gobernaran.
Yo me alegro de que la derechas haya llegado al poder con los votos y no con los fusiles. Obviamente que creo que las ideas de derecha le hacen mal al país. Pero no digo que no tiene que haber derecha. Creo en un país que nos represente a todos. Las derechas también son bienvenidas en el país que yo quiero construir, también son parte de mi pueblo; no quiero excluirlas ni de la democracia ni de los derechos sociales. Lo que sí quiero es quitarle los privilegios. No quiero que sean ciudadanos de segunda clase, como lo son las clases oprimidas. No quiero que haya primeras y segundas clases, quiero quitarles los privilegios y que haya solamente ciudadanos de una pura clase.

¿La derecha necesariamente es la que defiende privilegios?
Sí.

Esto me hace volver al estallido. Si derribar los privilegios es de izquierda, y el estallido social fue una protesta contra los privilegios, la conclusión del silogismo es que el estallido social fue de izquierda. Pero hubo algunos grupos como “No+TAG” que no me parecieron muy redistributivos ni muy preocupados del medioambiente, que son causas usualmente de izquierda. Parece que el estallido vinculó muchos dolores, muy distintos, contra distintos tipos de privilegio, pero no necesariamente persiguiendo políticas de izquierda.
Sí, yo creo que era más bien una rabia, una sensación de frustración, sin tanta reflexión teórica asociada. Pero permíteme una reflexión: el neoliberalismo no solamente implica la imposición de políticas económicas nefastas, como empresas que no respetan el medioambiente o los derechos de los trabajadores, sino que además promete que la generación de capital para los ricos va a chorrear hacia abajo.

¿Eso es lo que tú entiendes por el “modelo”?
Ese es el modelo económico neoliberal que tenemos en Chile. Y la gente que vive en este modelo se saca la cresta trabajando para que al final del día esas promesas no se cumplan. Es normal que se sientan defraudadas, traicionadas, porque el chorreo nunca llegó.

Una cosa es que las promesas del modelo no hayan sido cumplidas, por ejemplo, la idea de meritocracia e igualdad de oportunidades, pero igual nos gustaría que se cumplieran. Y otra cosa distinta es que se rechace la promesa en sí misma porque promueve antivalores, porque es perversa, por así decirlo.
Creo que son las dos. Creo que la promesa es perversa porque aspira a quebrarnos como sociedad. Dice: “no lo hagan juntos, que cada cual se las arregle por su lado, que cada uno se esfuerce de forma individual, cada uno contra el resto, aprovechando de pisar al del lado cuando puedas”. Ese discurso nos separó como sociedad. Para que funcionara el neoliberalismo, había que quebrar el ideal comunitario del gobierno de Allende. Eso me parece perverso. No solamente porque produce un individuo competitivo, sino asustado, con miedo, endeudado, solo.

Carlos Peña piensa lo contrario: que una dimensión del modelo económico le permite a las personas gozar de cierta autonomía, de una cierta satisfacción en la diferenciación, de un goce en el estatus conseguido con el trabajo. ¿Cuán legítimo es ese deseo de diferenciación a partir de la capacidad de pago como proxy del esfuerzo o el mérito?
Yo creo en la propiedad privada, creo en el mercado, con límites. No tengo problema con que algunos se hagan ricos en el retail o poniendo restoranes. Mi problema es con la mercantilización de los derechos sociales. He ahí mi límite. Nadie debe hacerse rico con la salud de otro, con la educación de otro, con las pensiones de otro. Esto no quiere decir que todo debe estar en manos del Estado.

Entonces no estás en contra de que una familia que vive en Maipú quiera acceder a un mejor auto o a un mejor plasma como una forma de mejorar su estatus, sino solo si la diferencia de poder adquisitivo se expresa en bienes básicos de ciudadanía, podríamos decir.
A ver, creo que está mal que los vecinos compitan por el mejor plasma. Preferiría que todos juntos se organizaran para tener una sala de cine para que los niños del barrio vayan a ver películas juntos. Eso es entender la vida de forma colectiva y solidaria, no que cada uno se rasque con sus propias uñas. Pero eso es justamente lo que se nos ha enseñado: que el éxito es individual, y ojalá que al otro le vaya peor para que mi éxito luzca más.

Me pregunto si acaso no habrá una consideración evolucionaria que explique nuestra doble dimensión competitiva y cooperadora. Porque parece que en ese eje se juegan muchas de nuestras discusiones políticas. El mercado expresa nuestras pulsiones competitivas, la ciudadanía nuestra vocación cooperadora. De una forma similar se ha contextualizado el debate en torno a los derechos sociales. Aquí parece que hay dos discusiones. La primera es si acaso los derechos sociales (salud, educación, vivienda, pensiones) admiten provisión pública y privada, y la segunda es si la provisión privada puede someterse a las reglas del mercado o necesariamente a lo que Atria llama el régimen de lo público.
No tengo inconveniente con la provisión privada mientras tengan un fin público. Creo en las cooperativas, creo en las fundaciones; mi problema no es quién administra sino para qué administra. Si administra para lucrar.

Puede seguir funcionando, por ejemplo, un colegio del Opus Dei, proveyendo bienes públicos como educación.
Claro, mientras no lucre con aquello. Los derechos sociales deben quedar fuera del ámbito del mercado. Pero eso, insisto, no significa que tengan que estar en manos del Estado. La provisión de los bienes públicos no puede depender de que la gente tenga plata. Sobre tu pregunta, a mí me gustaría que los padres optaran por una educación pública de calidad, pero si quieres entregarle una educación distinta a tus hijos, estás en tu derecho, mientras no haya nadie lucrando con eso bajo la lógica del mercado. Pero no tengo problema con que la gente se organice para ofrecer proyectos educacionales particulares. Lo mismo en salud. Hay comunidades que creen en otros tipos de salud y se quieren organizar para brindarle a su comunidad una alternativa.

¿Aunque esa alternativa no se entienda convencionalmente como científica?
Aunque no sea ciencia convencional. Yo no me sometería a ella, pero creo en la libertad.

Y en el pluralismo epistémico, veo.
Sí. Y para eso se requiere del sector privado y la sociedad civil. Es difícil que el Estado pueda reflejar toda esa pluralidad de alternativas. Que se entienda: yo creo en la ciencia, soy atea, y la educación que a mí me parece más deseable es laica, mixta, basada en la ciencia. Pero no quisiera imponer mi manera de pensar a toda la sociedad. Creo que tenemos que aprender a convivir, y si algunos creen que la antroposofía va a curar sus dolores, allá ellos.

“Me pregunto cómo el marxismo tradicional
no vio la opresión de los hombres sobre las
mujeres, solo vio la lucha de clases y la opresión
de los burgueses sobre la clase trabajadora.
Cuando Marx y Engels escribieron el Manifiesto
Comunista las mujeres no tenían derecho a voto,
eran una máquina de reproducir personas y de
limpiar. ¿Cómo no lo vieron? ”.

Me pregunto si acaso no habrá una consideración evolucionaria que explique nuestra doble dimensión competitiva y cooperadora. Porque parece que en ese eje se juegan muchas de nuestras discusiones políticas. El mercado expresa nuestras pulsiones competitivas, la ciudadanía nuestra vocación cooperadora. De una forma similar se ha contextualizado el debate en torno a los derechos sociales. Aquí parece que hay dos discusiones. La primera es si acaso los derechos sociales (salud, educación, vivienda, pensiones) admiten provisión pública y privada, y la segunda es si la provisión privada puede someterse a las reglas del mercado o necesariamente a lo que Atria llama el régimen de lo público.

No tengo inconveniente con la provisión privada mientras tengan un fin público. Creo en las cooperativas, creo en las fundaciones; mi problema no es quién administra sino para qué administra. Si administra para lucrar.

Puede seguir funcionando, por ejemplo, un colegio del Opus Dei, proveyendo bienes públicos como educación.
Claro, mientras no lucre con aquello. Los derechos sociales deben quedar fuera del ámbito del mercado. Pero eso, insisto, no significa que tengan que estar en manos del Estado. La provisión de los bienes públicos no puede depender de que la gente tenga plata. Sobre tu pregunta, a mí me gustaría que los padres optaran por una educación pública de calidad, pero si quieres entregarle una educación distinta a tus hijos, estás en tu derecho, mientras no haya nadie lucrando con eso bajo la lógica del mercado. Pero no tengo problema con que la gente se organice para ofrecer proyectos educacionales particulares. Lo mismo en salud. Hay comunidades que creen en otros tipos de salud y se quieren organizar para brindarle a su comunidad una alternativa.

¿Aunque esa alternativa no se entienda convencionalmente como científica?
Aunque no sea ciencia convencional. Yo no me sometería a ella, pero creo en la libertad.

Y en el pluralismo epistémico, veo.
Sí. Y para eso se requiere del sector privado y la sociedad civil. Es difícil que el Estado pueda reflejar toda esa pluralidad de alternativas. Que se entienda: yo creo en la ciencia, soy atea, y la educación que a mí me parece más deseable es laica, mixta, basada en la ciencia. Pero no quisiera imponer mi manera de pensar a toda la sociedad. Creo que tenemos que aprender a convivir, y si algunos creen que la antroposofía va a curar sus dolores, allá ellos.

Me pregunto, en el marco de una sociedad ética y políticamente diversa, y especialmente con miras al proceso constituyente, ¿cuánto tenemos que tener en común para que esto funcione? ¿Es muy difícil identificar la zona de acuerdos?
Es difícil, porque los proyectos de sociedad que presentan izquierdas y derechas son opuestos. Quizás en los países nórdicos es otra cosa. Pero Chile es un país muy de derecha. Yo me considero de izquierda en Chile, pero quizás en otros países.

Te encuentren amarilla.
Quizás sea facha en Noruega o Dinamarca. Pero vamos más cerca: en varios encuentros con parlamentarios de otros países me dicen que no parezco representar a la ultra- izquierda.

¿Crees que eres considerada de ultra-izquierda en Chile?
Creo que el Frente Amplio está ubicado a la izquierda de la ex Concertación en el mapa político.

Ok, pero salvo para algunos veteranos de las famosas tres comunas, eso no los hace de ultra-izquierda.
Tienes razón. Tampoco me considero de ultra-izquierda. De hecho, creo que no hay representación de la ultra-izquierda en el Congreso. En todo caso, compañeros en el Congreso nos tratan de izquierda antidemocrática, de izquierda totalitaria, de ultra- izquierda.

Miremos al futuro. ¿Qué se viene para el Frente Amplio y RD? Mi impresión es que el buen resultado presidencial y parlamentario del 2017 fue algo sorpresivo y que aun estaban construyendo músculo político e intelectual para gobernar. Como que les llegó su minuto de fama cuando aun estaban muy verdes, como cantando esa canción de los Beach Boys que dice Wouldn’t it be nice if we were older, then we wouldn’t have to wait so long?. Pero el tiempo no corre tan rápido y puede que cuando tengan la edad suficiente ya no sean tan frescos y atractivos. De hecho, varias de sus principales figuras no tienen ni siquiera edad presidencial.
Voy a hablar de Revolución Democrática. Desde el inicio hemos manifestado que tenemos vocación de mayoría, vocación de gobernar. No me motivan los proyectos políticos testimoniales, enamorados de símbolos, mitos y tradiciones. Milito en RD precisamente por su vocación de masas y su vocación de poder. Sin embargo, es evidente que todo proyecto político necesita un tiempo de maduración. Los militantes necesitan estudiar. Espero realmente que el día que nos toque gobernar nos pille listos y listas, preparados y preparadas, que hayamos pensado bien qué vamos a hacer, que hayamos reflexionado lo suficiente. Eso es una construcción que toma tiempo, tanto en lo individual como en lo colectivo.

¿Qué tan urgente es ganar la próxima elección presidencial para el Frente Amplio?
Cada día estamos más preparados. Y la edad no es sinónimo de experiencia. Hay gente de 40 o 50 años que ha estado toda su vida protegida en una burbuja, y cabros harto más jóvenes que se han sacado la cresta militando desde los 12 años, participando en organizaciones estudiantiles, etcétera.

Jóvenes veteranos de la política.
Hay muchos de esos en el Frente Amplio.

¿Y es Beatriz Sánchez la persona llamada a articular todo ese esfuerzo?
El Frente Amplio tiene muchas flores. No tiene un solo liderazgo.

Nómbrame dos más, con edad presidencial.
Te nombro varios: Gabriel Boric, Marcelo Díaz, Fernando Atria, Juan Ignacio Latorre, Doris González. SML

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