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Reportajes

JOHN RICHARDSON AT HOME

22 septiembre, 2019

Texto: Manuel Santelices
Fotos: Francois Halard from John Richardson: At Home courtesy of Rizzoli New York

Biógrafo indiscutido de Picasso, columnista de Vanity Fair, dealer, curador, bon vivant y legendaria figura de la vida social de Manhattan durante casi siete décadas; Richardson murió en mayo pasado dejando atrás una carrera extraordinaria y algunas de las historias más sabrosas que hayan existido en el mundo del arte.

El curador y crítico de arte creó en sus casas ambientes eclécticos y sobrecargados que reflejaban bien su espíritu de aristócrata bohemio.
En su departamento de la Quinta Avenida decenas de cojines bordados y multicolores descansaban sobre los amplios y cómodos sofás, varios cubiertos con textiles de Uzbekistán, Malasia o la India.
Richardson solía recibir en sus residencias de Nueva York y Connecticut a intelectuales, artistas y luminarias de la vida social como Lady Diana Cooper, Fran Lebowitz, Fernand Léger, Oscar y Anette de la Renta, y Nan Kempner, que fue una de sus amigas más queridas y frecuente compañera en su agitada vida social.
Con gusto exquisito, mezclaba antigüedades inglesas y americanas, intrincados textiles y obras de arte que, en su gran mayoría, tenían un significado personal para él.

RICHARDSON, QUE MURIÓ EN MAYO PASADO A LOS 95 AÑOS, TENÍA BIEN MERECIDA SU REPUTACIÓN DE CONVERSADOR FASCINANTE. APARTE DE INTELIGENTE Y ERUDITO, ERA ALGO CHISMOSO- EN LA FORMA MÁS ELEGANTE POSIBLE- Y SUS HISTORIAS ESTABAN A MENUDO SALPICADAS DE DELICIOSAS ANÉCDOTAS Y ASTUTOS COMENTARIOS.

El magnífico, pero relajado refinamiento de sus casas, un acento que revelaba su buena educación británica, y su aspecto elegante y atractivo, hacían que todo en él sonara a privilegio.

En algún momento de 2002 conseguí una entrevista con John Richardson, el conocido historiador de arte, crítico de Vanity Fair y biógrafo de Picasso que, además, fue durante décadas uno de los invitados más codiciados de la vida social neoyorkina, un “walker” perfecto para socialités como Nan Kempner o Pat Buckley y el hombre, como lo describió W en una ocasión, “junto al que todos desean sentarse en una comida”. Por entonces Richardson se acercaba rápidamente a los 80 y vivía en un loft que había comprado pocos años antes, en 1995, en la Quinta Avenida y la Calle 17. El lugar había sido ocupado antes por una academia de danza y era enorme, 500 metros cuadrados divididos ahora en varias habitaciones separadas entre sí por puertas dobles coronadas con detalles arquitectónicos neoclásicos.

Los muros estaban pintados en tonos brillantes de amarillo y turquesa, y por todas partes colgaban pinturas de Francis Bacon, Andy Warhol, Lucian Freud, Katty Ruthenberg y otros artistas amigos o colaboradores de Richardson. Decenas de cojines bordados y multicolores descansaban sobre los amplios y cómodos sofás, varios cubiertos con textiles de Uzbekistán, Malasia o la India. La intrincada alfombra principal era de Mark Hampton; la mesa, un regalo de Anne Bass; y el resto del espacio estaba repleto de dibujos, documentos, fotografías y libros, libros, libros y más libros.

Richardson, que murió en mayo pasado a los 95 años, tenía bien merecida su reputación de conversador fascinante. Aparte de inteligente y erudito, era algo chismoso -en la forma más elegante posible- y sus historias estaban a menudo salpicadas de deliciosas anécdotas y astutos comentarios.

Esa tarde hablamos de Warhol- “vivió toda su vida detrás de una máscara y era casi imposible llegar a conocerlo de verdad. Sus conversaciones no pasaban más allá de un comentario como ‘yeah’, ‘gosh’ o ‘gee’. Eso era todo lo que decía”. También de Picasso, obviamente- “era el tipo más alegre, encantador y poco pretencioso que uno pudiera encontrar. Debe haber sido muy difícil ser su hijo, su hija, su amante, su mujer o parte de su staff, pero con sus amigos hombres era generoso, cálido y muy divertido”. Y Dalí, del que fue dealer durante un tiempo, una posición que lo llevó a tener que lidiar frecuentemente con Gala, la mujer del artista. “Conocerla era detestarla. Me decía, ‘Dalí necesita más plata’. Yo le contestaba que cuando me diera más pinturas recibiría más dinero. Y entonces me pegaba codazos e insistía, ‘¡Dalí necesita plata!’. Todos sabían que había personas falsificando su trabajo y que ella recibía el dinero. Lo que le gustaba a Dalí era firmar su nombre en enormes pedazos de papel en blanco, para que cualquiera pusiera lo que quisiera en ellos. Podía ser un dibujo en lápiz labial, pero estaba firmado por Dalí. Firmaba esos papeles a un ritmo de mil por hora, y cobraba cinco o 10 dólares por ellos”, contaba en ese momento. ¿No se sentía avergonzado por esto? No, no. Dalí no tenía vergüenza. El magnífico pero relajado refinamiento de sus casas (incluyendo una de campo en Connecticut, donde pasó gran parte de sus últimos años cuidando el jardín), un acento que revelaba su buena educación británica, y su aspecto elegante y atractivo, con su nariz prominente, sus ojos intensamente azules y su pelo blanco peinado casual, pero disciplinadamente hacia atrás, hacían que todo en él sonara a privilegio.

Richardson nació en Londres en 1924, hijo de Sir Wodehouse Richardson- aristócrata y fundador de las tiendas Army & Navy- y de Pattie Crocker, que trabajaba como retocadora fotográfica cuando conoció a su marido. Él tenia casi 70. Ella, cuarenta años menos. Por razones que ahora parecen obvias, el romance fue rápido, el matrimonio apresurado, y para cuando Richardson murió en 1929, ella ya era madre de dos niños y una niña. Poco tiempo después, John fue enviado como interno al prestigioso Stowe School, uno de esos colegios ingleses que parecen haber sido inventados para las novelas de Evelyn Waugh o algún episodio de Downtown Abbey. David Niven, el príncipe Rainiero y sir Richard Branson forman parte de la distinguida lista de ex alumnos.

Intelectualmente inquieto y con una genuina pasión por la “haute bohemie”, John se inscribió después en la Academia de Arte Slade en Londres, donde, según dijo muchas veces después, lo único que aprendió fue que jamás tendría talento suficiente para ser artista. En cambio, se enfocó en el criticismo y terminó haciendo clases de historia del arte en Oxford.

Durante la guerra formó parte de la Guardia Irlandesa, pero sólo por unos días. Después de contraer una fiebre reumática fue dado de baja en el ejército y pasó el resto de ese violento período como reserva. Según su obituario en The Guardian, esos fueron también los años de su despertar social y sexual, “pasándolo estupendo en los improvisados night-clubs que aparecían en los sótanos de edificios bombardeados”.

Poco después de la guerra conoció a su primera pareja, el editor literario del New Statesman, TC Worsley, y luego a su segundo compañero, el coleccionista y dealer de arte Douglas Cooper, un hombre difícil y temperamental que, sin embargo, fue su puerta de entrada a un mundo que John hasta entonces había observado sólo de lejos. Con él se instaló en el Château de Castille, cerca de Avignon, muy cerca de donde Picasso vivió primero con Françoise Gilot y luego con Jacqueline Roque. La amistad entre John y el pintor fue profunda y, al menos durante una década, intensa. “Fue gran amigo mío”, me contó esa tarde en Nueva York. “Douglas era el coleccionista de arte cubista más grande del mundo, y Picasso venía muy a menudo a comer con nosotros”, aseguraba.

Según él, la imagen ego maníaca del artista no corresponde a la realidad. “La gente que piensa eso nunca lo conoció. Picasso era el tipo más alegre, encantador y poco pretencioso que uno pudiera encontrar. Necesitaba la reacción de la gente, eso sí, y buscaba la energía, el aprecio y la comprensión de todo el mundo. Era como un chamán, buscaba una conexión casi espiritual. Mucha de la gente que ha escrito sobre él, no lo conoció o lo conoció muy poco”, agregó después. “Ariana Stefanopoulos escribió una biografía donde lo muestra como un hombre abusador con sus mujeres, egocéntrico… Pero ella no sabe nada de pintura y para vender más libros adoptó una postura feminista. El suyo fue un libro vulgar, lo leyó mucha gente y creó una impresión completamente equivocada”, comentaba. En su biografía del pintor, Richardson habló por primera vez de Eugenia Huici de Errázuriz, la legendaria chilena considerada por muchos como una de las impulsoras del minimalismo en el arte y la decoración, y que fue como una segunda madre para Picasso. “Parece increíble que nadie la haya mencionado antes, porque fue un personaje muy importante en su vida. Él me habló varias veces de ella, y por eso captó mi interés”, aseguró el escritor. “También sabía de ella por Arturo López, que la veía en París. Eugenia también fue muy amiga de Arthur Rubinstein y de Sargent, que vivía cerca de ella durante sus años en Londres. Al final de sus años en Francia, entraron ladrones a la casa de Eugenia y se llevaron todo, excepto una obra maestra de Picasso, ‘Hombre sentado’. Por ese tiempo, ella no tenía un centavo y su familia no podía o no quería ayudarla. A los 85 años, envolvió ella misma la tela, la llevó a París y se la vendió a Etienne de Beaumont. Esa pintura había significado mucho en su relación con Picasso, y es curioso que por esos mismos días se vieron por última vez. Fue en un almuerzo en la casa de madame Cuttoli, y, según dicen, Eugenia llegó con un pañuelo en la cabeza y un canasto a modo de cartera, como si hubiera salido de compras al mercado de Biarritz”, recordaba.

La Huici aparece también en un capítulo de “Maestros sagrados, monstruos sagrados”, un libro publicado en 2001 donde el autor reúne una serie de sabrosas historias sobre personajes de las artes, la moda y la sociedad, cada una más escandalosa que la anterior. Su rápida y contundente prosa viene aquí aliñada con un sarcasmo contundente, contando historias de Cecil Beaton, Truman Capote, Joan Miró, Nina Kandinsky, Warhol, Carlos de Beistegui y, por supuesto, Dalí y su insufrible y mercenaria Gala, que en el libro es descrita como poseedora de “una libido parecida a la de una anguila eléctrica”, una mujer que no lograba verdadera satisfacción si no era con dos hombres a la vez.

Richardson habla aquí sobre la vida que Eugenia y su marido, el diplomático con aspiraciones artísticas José Tomás Errázuriz, llevaron en Europa luego de su matrimonio, cuando ella tenía apenas 20 años. Durante una temporada en el palazzo de Ramón Subercaseaux en Venecia, conoció a John Singer Sargent y nació entre ellos una gran amistad. “Sargent hizo retratos al óleo de Eugenia y se dice que se enamoró de ella. Pero es poco probable. Sargent estaba más interesado en su gondolero”, escribe Richardson.

Luego los Errázuriz se radicaron en Londres, pero Tomás comenzó a pasar cada vez más tiempo en Suiza, recuperándose de una insistente tuberculosis. Eugenia, curiosa, aventurera, elegante y con una abultada cuenta bancaria, creó rápidamente nuevas relaciones con algunos de los artistas e intelectuales más importantes de la época, incluyendo a Cocteau, Diaghilev y el pianista Arthur Rubinstein. A su lado estaba frecuentemente su adorado sobrino, Antonio de Gandarillas, que había llegado a la capital inglesa como diplomático junto a su joven e ingenua mujer, Juanita Edwards, que regresó inmediatamente a Chile luego de enterarse de la homosexualidad de su marido, según cuenta el autor.

En el libro Richardson describe la simpleza de las residencias de Eugenia, donde los pisos eran de simple madera y los muros bañados en agua blanca, donde sillas de jardín provenientes del Bois de Boulogne descansaban junto a una escalera de palo o un sencillo canasto de mimbre. El sofá y las mesas estaban a menudo cubiertos con linos blancos o índigos, y aunque el efecto general era de calculada modestia, ningún detalle quedaba al azar. Sus muebles, por ejemplo, estaban tapizados en algodón color crudo, pero cada tapiz era inevitablemente hecho por Leitz, al que ella se refería como “el Balenciaga de la tapicería”.

Aunque algunos capítulos de sus libros y su agitada vida social podrían sugerir que Richardson fue un diletante ubicado profesionalmente sólo peldaños más arriba de un columnista social, la verdad es que su carrera en el arte fue extraordinaria y admirable. Aparte de sus libros, sus artículos y columnas en Vanity Fair y The New York Review of Books, fue responsable del inicio de las operaciones de Christie`s en Estados Unidos en los 60’s, y luego estuvo a cargo de Artemis, una empresa de inversiones dedicada al arte. En los últimos años colaboró con la poderosa galería Gagosian, monando seis muestras de Picasso alrededor del mundo. La primera de ellas, “Mosqueteros”, en Nueva York, fue un rotundo éxito; The New York Times la llamó “uno de los mejores shows en la ciudad desde comienzos de siglo”, y la galería tuvo que contratar guardias extras para controlar la larga fila de visitantes instalada a las puertas de su espacio en Chelsea.

“En cada conversación, John te enseñaba algo nuevo”, explicó Larry Gagosian a Bloomberg News después de la muerte del crítico. “Podía revelar cosas acerca de una pintura y su historia como nadie más puede hacerlo. Era mágico. La profundidad de su conocimiento era asombrosa. Esta no es solo la muerte de un amigo, es la muerte de una era. No veremos a otro como él”, agregó. En nuestra conversación en Nueva York, le pregunté por qué en el mundo del arte abundaban las vidas tormentosas. “Si uno va a ser un gran artista, debe poner todo lo que tiene al servicio del arte”, contestó. “Relaciones, dinero, comodidad, lujos, felicidad… todo tiene un segundo lugar frente al trabajo. Los artistas que he conocido en mi vida – Picasso, Braque, Léger, Warhol, Lucian Freud, que es gran amigo mío- son personas que ponen su arte antes que nada y eso hace que sus vidas sean muy difíciles. Ahora las cosas son distintas, la gente está preocupada más que nada del dinero. Lo que cualquier artista joven quiere es ser multimillonario”, puntualizó. SML

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