John Le Carré: La ley del hielo — Revista SML — La revista chilena de estilo masculino.

John Le Carré: La ley del hielo

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Tiempo de lectura: 10 minutos

Cuando la humanidad (que siempre es mucho decir) leyó El espía que surgió del frío, John Le Carré aún estaba en el Servicio de Inteligencia Británico. Había sido reclutado en Oxford, y todavía se llamaba David John Moore Cornwell. Era su primer año de súper ventas imparables y loca publicidad. Obviamente debió abandonar el Servicio. Era el principio de los años 60, y él tenía 32 años. Sólo tres décadas después habló de esa doble vida de su vida. Por supuesto, en el M15 y el M16 comenzó a ser “muy impopular”. Y los espías de la KGB comenzaron a leer sus novelas, en ese punto, en ese vortex donde la realidad deriva y alucina con la ficción. Le Carré es la Guerra Fría. Una gran estética en blanco y negro. Como las polaroids (que vuelven a estar de moda).

Toda la saga de Bond, James Bond, el agente 007, se basa en Le Carré. Los códigos de sus espías designan un sucio casting: en el Circus se habla de La Lavandería, Los Faroleros, La Competencia, Los Cazadores de Cabelleras. La Guerra Fría ya fue, pero sigue siendo bastante hot. Es una de las madres de todas las batallas. 

Sus agentes se portan “con penosa naturalidad”. En el fondo, todos son actores. Y bueno, La Lavandería significa una oficina encubierta, La Competencia es la CIA o la KGB, Los Faroleros son los extras pagados para vigilar y seguir personas, y Los Cazadores de Cabelleras, “los ejecutores”, los sicarios. Casi todos freelance. Todos canjeables si son de segunda mano.

En 1974, con El topo, novela de una brillantez extrema, puso sus indignadas cartas sobre la mesa y estuvo a punto de concluir que los dos bandos eran igual de malos. Quizás una diferencia a favor de su propio lado fuera que en Rusia hace demasiado frío. Y bueno, detesta Siberia con todas sus consecuencias.

Lo intrincado de sus tramas son clases avanzadas de lógica que demandan lectores de alto CI: para qué vamos a hacer las cosas fáciles si podemos hacerlas difíciles. Es que Le Carré te abre un mundo.

SI TÚ TE RESFRÍAS,

A MÍ ME DA PULMONÍA

Es decididamente, un mega autor: diez películas se basan en sus textos. Sus primeras novelas son la reducida, tozuda y ex imperial Inglaterra, contra las friolentas estepas rusas, el oro de Moscú, las fervientes matrioskas, el olor a ajo, el entonces incruzable Muro de Berlín. 

En 1963, en El espía que surgió del frío, regresaba el tipo, con el corazón roto y los pasaportes falsos del mundo detrás del muro. Del más allá de la Cortina de Hierro. Volvía listo para morir por alguna módica verdad que no era el amor, la política ni el dinero. Y al mismo tiempo era todo eso, resumido en la palabra ética.

Le Carré escribe sus novelas antes y después de la Perestroika. Durante un lote de tiempo abandonó a sus agentes secretos con permiso para matar y escribió otras cosas, pero en 2017 publicó El legado de los espías. Ahora tiene 87 años y al único que quiere complacer -y no siempre- es al lector. En cuanto al poder, él compara su trabajo con el de los buenos periodistas, y tiene su propia verdad. Uno tiende a pensar que entre su primer y segundo libro, los aparatos policiales secretos del mundo tuvieron que hacer fuertes ajustes. Habían sido desenmascarados en una operación de un solo hombre casi tan expansiva como la de Wikileaks.

Probablemente, todo el espionaje del siglo XX tuvo que reencriptarse, reprogramarse y comenzar de nuevo por completo. Un viraje en 180 grados, quizás. O quizás no. Después de todo sus novelas operan como manuales de ataque y fuga de un alcance planetario. 

O porque sus personajes tienen razón por las razones equivocadas. 

Como escritor, es un mago.

EL HUÉRFANO QUE LIMPIABA

ELEFANTES

Nacido en 1931 en Poole, Dorset, Inglaterra, todo en su vida empezó mal. Fue abandonado por su madre a los 5 años y criado por sus abuelos. Su padre era un delincuente. Un estafador de alto vuelo: confirmado.  “Mi padre era un sinvergüenza y mis abuelos eran personas muy respetables”. 

Por puro romanticismo, su primer trabajo fue limpiar elefantes, cuando se escapó de su casa a los 16 años. Fue profesor del dorado Eton College. Ingresó al cuerpo diplomático británico, y luego fue agente secreto de su Graciosa Majestad, casi una década. “Nunca revelaría nada de aquel tiempo”, advierte.  

Aunque sus novelas se ríen a gritos de esa frase. Se dice que su notorio enemigo fue Kim Philby, el doble agente británico al servicio de la Unión Soviética que lo delató a él y a decenas de sus compañeros. Su vida en episodios raros aparece y reaparece como un submarino en sus novelas. 

Casado dos veces, padre de tres hijos y un tímido incorregible -reseña el diario El Mundo, de España- huye de las cámaras de televisión y apenas da entrevistas. Rechaza los premios, los títulos y las distinciones, y opina de política con santa indignación.

“He sido huérfano, interno en el Gulag de la enseñanza británica, cristiano fallido, desgraciado, virgen durante demasiado tiempo, marido precoz, espía, amante desesperado con aventuras continuas y bastante idiotas. Supongo que maduré demasiado tarde”.

Como el Graham Greene de El americano impasible, y Nuestro hombre en La Habana (que francamente lo rebasa a mil por hora en belleza, cuando Le Carré iría, digamos, a 909), cree en los valores ingleses. Pero no es una Suiza ni un paraíso fiscal: él toma partido. Y su partido es el de sus antihéroes heridos, mal vestidos, cómicos, crónicamente prófugos. Su lado es Occidente y Whitehall, aunque con reparos. 

El Circus maneja multitud de informantes y agentes “comprados de segunda mano” e información supuestamente secreta para intercambiar con los rusos, o los chinos, o los japoneses, “en épocas de carestía”. A los tipos canjeables los mantienen “en el almacén”.

El acceso a la crueldad es ilimitado. 

“A diferencia de los europeos, los americanos piensan que una guerra sirve para algo. Y ellos han perdido (o no ganado) todas las guerras. La Segunda Guerra Mundial la ganaron los soviéticos, al coste de treinta millones de vidas”, afirma. 

LA FIRMA QUE HIZO LAS PIRÁMIDES

Le Carré es demasiado inteligente, y lo son sus apasionados y gélidos personajes y sus maquinaciones. En El topo -quizás su mejor novela, impensable sin El espía que vino del frío- el nudo de la historia, al principio parece ser el perdido, sumergido y desactivado ex agente inglés Jim Prideaux. Visto por el aristocrático agente que lo descubrió en la universidad para ser reclutado:

“Cualquier día iremos a verlo, ya que no pide más que estar en mi compañía o la de mis perversos y divinos amigos. En resumen, me ha nombrado su Mefistófeles particular, y estoy enormemente emocionado por tal honor. Mide unos dos metros y medio y parece construido por la misma firma que hizo las pirámides”.

Esa es una de las tres mil formas en que el escritor va dibujando su personaje, en un acercamiento progresivo que termina en gran close-up. El escritor argentino Ricardo Piglia plantea que todo cuento son dos cuentos: uno va en la línea de arriba, y el segundo en la línea de sombra, y hete ahí que al final, lo que emerge, es el secreto, es esa segunda historia. Se aplica perfecto a la novela de espías: al elusivo Jim Prideaux lo sigue lentamente, uno de los íconos de Le Carré: el ex agente George Smiley. ¿Para salvarlo? ¿Para desenmascarar al topo infiltrado desde hace años entre los ingleses?

En esa cacería del Topo se desplazan la novela y el lector, y el narrador jamás cederá la delantera, porque si algo sabe el británico es de tensión narrativa. ¿Quién es el fákin topo? ¿Habrá que recurrir, como en las novelas de Agatha Christie, a la teoría del mayordomo?

No. El hacedor de espías esconde las cosas donde se puedan ver bien.

EL PROBLEMA DEL AMOR    

Las bambalinas de esa serie -que es la trilogía de Smiley- son los emocionantes casinos clandestinos, los altos camiones cruzando las carreteras de la niebla inglesa, los bosques negros del invierno, los desalentados pubs de barrio bajo, la indestructible lógica tristona de Smiley, un tipo demasiado fino -tiene ni más ni menos que un Callot y un Van Mieris en su departamento- para su apariencia de hombre menudo, engordado, envuelto en un abrigo que le queda inmenso. 

Smiley “necesitaba tanta ayuda como un jabalí”, lo describe de un paraguazo. No había tenido infancia, como el escritor. Y, además, está enamorado sin retorno de una Ann que decididamente le pertenece, descubre, a otro hombre. -¿Cómo está Ann? ¿sigue estando como quiere? -le preguntan. Él responde: Sí, lo pasa bomba. 

Cuando “todo” Londres sabe que Ann “había vivido de un modo extremadamente alocado aceptando a cuantos demostraban desearla. A Smiley le constaba que Ann intentaba enterrar algo que la atormentaba. Pero Smiley no sabía qué hacer para llegar hasta ella”.  

“Cuando Ann lo abandonó, también lo abandonó la mujer de la limpieza. Y sólo Ann tenía la llave”. Cuando se entera de que ella y su nuevo amante están en Immingham, la cosa es: “¿Y qué diablos hacían en Immingham? ¡Por amor de Dios! ¿A quién se le ocurre tener una aventura amorosa en Immingham? ¿Y dónde se encontraba Immingham?”.

Absurdamente, la quiere. Es una tibieza que ha perdido y que lo separaba demasiado bien del mundo. Así que durante meses olvida que su propio Servicio tiene el conocimiento de configurar “redes de amantes” para desestabilizar o chantajear a cualquiera.  

COMO OLEADAS DE HUMO

Obligados de mala manera a una vida inexplicable, diestros en interrogar y en ser interrogados hablando poco, sus espías son más duros que un bistek barato, como diría él mismo. Y tan inciertos como las estructuras políticas que los sostienen. La apoteosis sería La casa Rusia, que filmaron Sean Connery y Michelle Pfeiffer en 1990.

Le Carré hace correr al atrapado lector tras él, y es un refinado constructor de lugares:  “Como oleadas de humo, la lluvia bajaba por la parda campiña de Quantock, cruzaba veloz los vacíos campos de cricket. O (la lluvia) tamborileaba sobre todas las cosas. O un tren pasó vacío de noche y dejó un vacío aún más grande”. 

O: “Era la casa más fea a varias millas a la redonda. Había sido construida por un millonario abstemio”.

Sobre todas las cosas, ese humor TAN inglés. La cocina, los empapelados y la decoración de interiores británicos pueden ser muy malos, pero su humor es imbatible.

Durante su juventud, el escritor había cruzado la puerta del mundo de los servicios secretos: conspiró en el sótano de la Guerra Fría. Sus espías de novela son reclutados en Oxford, como él mismo, hablan cuatro idiomas y el método deductivo (aparte del manejo de armas convencionales y no) es su trabajo sin horario. Suelen ser encantadores, arrasadores, y eso es parte del equipaje.  

“¡Pobrecitos, adiestrados para parar las olas del mar!”, suspira una ayudante del Circus, ese centro de todos esos centros. 

A partir de los 80, cuando el escritor cerró los asuntos de la KGB, aunque el mal tiempo continuara, se desplazó hacia un problema grave: el dinero. No cree que el dinero no huela, el non olet de la antigua fórmula romana. “En Rusia no existe el dinero limpio”, aseguraba en 2010. 

“Me fascinan los mecanismos del blanqueo del dinero”. En Panamá fue donde vio por primera vez un “hotel negro”. Era propiedad del narco Pablo Escobar. “Allí los llaman hoteles de la cocaína. Son enormes, pero nunca nadie pernocta en ellos. Están vacíos. Si uno llama, le dirán que están completos. Y cada semana sale un camión repleto de dinero supuestamente procedente de la gestión hotelera, rumbo a un banco para lavarlo convenientemente”.

“Cuanto antes entre el dinero negro en el círculo del dinero legítimo, mejor para el sistema, aunque proceda de las más horrendas fuentes”. 

De algún modo, muchas veces volverá sobre el tema de Rusia, sospechosa ahora de amononar el Brexit. “Rusia es un estado criminal”, declaró el año pasado. “Fueron de los zares blancos a los zares rojos y ahora están bajo los zares grises. Es una nación sin ninguna experiencia democrática”. 

Los rusos aman a su país y les aterroriza el caos, dirá. “El truco para gobernar a un gran país es convertirlo en víctima. Ya sea con ocasión de las Torres Gemelas o la amenaza chechena. Inventamos los enemigos que necesitamos”. 

Voilá. 

Y sus historias siempre en alguna parte, nos asaltarán con La Gran Escena Horrorosa, la parte incomestible. Esa parte que uno puede negarse a ver en el cine escondiéndose en la butaca del frente. Escenas de violencia inhumana que pueden pasar en Checoslovaquia, en Berlín o en Kenia (donde viajó el ya casi anciano Le Carré a documentarse para El Jardinero Fiel). O en Londres, en París, en Praga. El espía es ubicuo como los ángeles. Está respaldado por la moral de los ángeles, hasta que la pierde, él calcula que a la altura de los 40 años de edad, el tiempo estadístico de la desilusión. 

Lo suyo es mental: su héroe es un hombre de papel al que podemos oír pensar, y que -por un agudo sentido estético- tiene poco de la guapeza del agente 007 -con mención especial del último, Daniel Craig, ese bellísimo ruso.

Mientras tanto, su famosísimo Smiley aborrece los cigarrillos Camel, porque son norteamericanos. A ratos encuentra que los gringos y la Competencia están más a la derecha que Genghis Khan. Y lo cierto es que al Le Carré real también terminó cargándole Gran Bretaña, aunque sea inglés hasta los huesos. 

 “Después de publicar El Topo -contaba-, viajé al sudeste asiático y escribí El honorable colegial. Fue la primera vez que dije `tengo que mover el culo y salir de la Guerra Fría`. Comencé a interesarme en el postcolonialismo y en la situación de Chechenia y de Ingushetia, que utilicé en Nuestro juego”.

Hace ocho años publicó La canción de los misioneros, que sucede en El Congo. “Me gustan las historias de los que tienen menos posibilidades de triunfar, y El Congo es el mayor perdedor de todos. Es una absoluta tragedia”. Describía al país con no más de 50 kilómetros de carreteras asfaltadas, atravesadas por el furor criminal de los minerales, los diamantes y el oro. Más dinero sucio. Entonces, “había mucha cultura tribal y muchos enfrentamientos entre clanes, y una ausencia impresionante de todas las otras estructuras”. 

 “En las cinco horas que pasé en Bukavu, en Congo oriental, hubo dos disturbios. Era una situación en extremo inestable. Había mucha capacidad intelectual en el país, que se sentía como electricidad estática. Y personas maravillosas que de repente me preguntaban: ¿Qué opina de Camus?, con un marcado acento francés de Bélgica. De vuelta y después de trabajar en el libro durante nueve meses, un día encendí la televisión y vi cómo todo se desarrollaba en directo delante de mí”. 

NUESTRA BESTIAL ORGANIZACIÓN

“¿Desde cuándo la ambición es un pecado en nuestra bestial organización?”, se ríe uno de los jefes del Circus, en medio de un alto saque de tenis. A veces, en los vacíos entre uno y otro ataque, de una misión secreta a otra, los espías de sus novelas juegan a hablar como pieles rojas, quién sabe por qué. “AO, Gran Lobo Negro”, dicen, por ejemplo, para iniciar una conversación banal sobre la persistente sospecha de que Gran Tribu, Grandes Sistemas Occidentales, estar al borde de la quiebra. Desmoronándose un poco más siempre. 

Porque “la paz se ha vuelto una sucia palabra, ¿no?”, pregunta Le Carré desde una de sus penúltimas páginas. 

“La identidad del espía es tan parecida a la naturaleza del ser humano -ha dicho- que el lector no tiene dificultades en identificarse con él. Tenemos pensamientos secretos que no comunicamos a nadie, ni siquiera a quienes más amamos. Quizás precisamente porque los amamos. Nos ponemos máscaras, vestimos disfraces. Fingimos mucho en nuestra vida. En una novela de espías, el lector te acompañará, porque todos somos espías”. SML