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Reportajes

IDEA VILARIÑO, LA ESCRITORA HAIKU

TENTATIVAS DE AMAR A UN MONSTRUO

25 enero, 2018

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SE ENAMORÓ, SE VOLVIÓ A ENAMORAR MUCHAS VECES, Y QUIZÁS DE UN SOLO HOMBRE, Y JAMÁS DEJÓ DE ESTAR ABISMALMENTE SOLA. ELLA TENÍA SU ABISMO PORTÁTIL. SU ESPECIALIDAD ERA EL SUFRIMIENTO CON BELLEZA. CON GARBO. LA ESCRITORA HAIKU ESCRIBÍA CORTO PERO TERRIBLE. GARCÍA LORCA QUERÍA HACER UNOS VERSOS “COMO PARA CORTARSE LAS VENAS”, Y ELLA LO HIZO. CON POCAS PALABRAS DE UNA MÚSICA PRECIOSA Y ATROZ. DEDICADAS A UN MONSTRUO FASTUOSO: EL ESCRITOR JUAN CARLOS ONETTI.

Texto: Emilia Rodríguez Villouta Fotos: Getty Images

Idea Vilariño perteneció a la generación literaria del 45, con Juan Carlos Onetti, Mario Benedetti, Emir Rodríguez Monegal, Sarandy Cabrera, Ángel Rama, Ida Vitale.
Los visitaban desde Juan Ramón Jiménez a Pablo Neruda.

Oír un poema de Idea Vilariño cantado por Zitarrosa por ejemplo, es tremendo. Su poesía es una lenta canción perfecta. Una canción que dice: Cuando el tiempo ya pasó/ cuando ya pasó la vida/ cuando me río si pienso/ cuando olvidé aquellos días./ No sé por qué me despierto/ algunas noches vacías/ oyendo una voz que canta/ y que tal vez, es la mía./ Quisiera morir ahora/ para que supieras/ cómo y cuánto te quería. Según ella no lo vio más de nueve veces, pero bastó para echarle a perder la vida y para producir unos verdaderos monumentos poéticos.Unos efectos especiales. En 1954, él le dedicó la novela Los adioses. “Para Idea Vilariño”. Y en 1957, ella le dedicó Poemas de Amor, “A Juan Carlos Onetti”. “El último hombre de quien debí enamorarme”. Se vestía de negro, falda tubo, blusa blanca, collar de perlas de dos vueltas. Sonreía poco. Los ojos lejanos, la figura impecable. La pose Ingrid Bergman. Era una fina cazadora que coleccionaba fotos de sí misma. Anotaba los nombres de sus amantes en un cuadernito. Con Onetti se conocieron en un bar de Montevideo porque pertenecían a la misma camada literaria uruguaya del 45. En la que se inscribían Mario Benedetti, Emir Rodríguez Monegal, Sarandy Cabrera, Ángel Rama, Amanda Berenguer, Ida Vitale. Los dos tenían cara de estar escribiendo algo mientras fumaban muchísimo o estaban frente a una cámara con una especie de asco. De desdén. Eso estaba de moda. Vivían en la nube del existencialismo de Sartre, Beauvoir y Camus.

El bar quedaba en el barrio de Malvín y era 1949. Él tenía 40 años, ella 29. Se citaron en esas penumbras por asuntos de la generación literaria y la revista Número, y Onetti creía que Vilariño era una gorda mal vestida a la pesca de amantes por una noche, y ella tenía clarísimo que él era “un cretino”. Literalmente. Y sucedió que él se quedó temblando frente a una belleza tipo Da Vinci, la Gioconda, extrañamente brillante y delicada, y ella sucumbió a su súper encanto y su inteligencia esplendorosa. “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”. Y así comenzó una de las aventuras más locas de la historia de la literatura.

“ESTAMOS HISTÉRICOS”
Dos días más tarde, el autor de El astillero regresó a Buenos Aires donde vivía con su tercera esposa, la holandesa Elizabeth María Pekelharing. Y donde ocultaba desde hacía cuatro años a su dulce amante Dorotea Muhr. Y a alguna otra. Porque también estaban las otras de las otras.
En esos días pasionales, Onetti le dijo a un amigo: “Si se encuentra con Idea pídale que me escriba, dígale que ella y yo estuvimos o estamos histéricos, que mi última carta era asombrosamente imbécil”. Ella le enviaba fotos suyas con un par de líneas secretamente histéricas: “Estoy sola, dónde estás tú”, aunque nunca estaba sola. “Éramos dos monstruos”, dijo décadas después.
Y le escribió una especie de oración del amor después del amor, como un gran epitafio que de paso (y no le importó mucho) la estableció en la cumbre de la poesía del siglo XX: ”Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme./ Nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ No sabré por qué/ ni como nunca ni si era de verdad/ lo que dijiste que era/ ni quién fuiste/ ni quién fui para ti/ ni cómo hubiera sido/ vivir juntos /querernos/ esperarnos/ estar./ Ya no soy más que yo/ para siempre/ y tú ya/ no serás para mí/ más que tú./ Ya no estás/ en un día futuro/ no sabré adónde vives/ con quién/ ni si te acuerdas./ No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir”.

UNA COLECCIÓN DE NOVIOS
Es que “No se podía decir eso sin haber pasado por las comarcas más pavorosas del amor”, diría Juan Forn.
Idea Vilariño nació en Montevideo en 1920 y murió en su misma ciudad en 2009. Al final era una desconocida. Juan Ramón Jiménez también se había enamorado extra matrimonialmente de ella, y entonces, en la primera juventud, en el primer infierno, el poeta español siempre de paso por el mundo le escribió: “Me gustaría verla ahora, haber seguido viéndola, querida Idea enlutada con verde mirar lento, para haber llegado a besarle de veras su corazón (que siempre puede besar el invierno a la primavera)”. Y “la quiero, la quiero, Idea Vilariño”.

“Sigo sintiendo su mano en mi mano contra su cadera derecha junto al balcón de un hotel de una ciudad que la guarda. Y la seguiré sintiendo”. Su padre había bautizado a sus hijos con esos nombres elevados: Azul, Alma, Idea, Poema y Numen. Era un poeta inédito. Anarquista. Su madre era una mujer muy culta, perpetuamente enferma. Alma, su pequeña hermana mayor, vivía en cama por una luxación eterna.

Primero crecieron en una casa con árboles, gatos y flores, piano y violín. Después atacó de frentón la pobreza, y la familia se cambió a una casa asfixiante al lado de una calera, y se respiraba un aire viciado de cal y otros químicos feroces. Ella, que heredó la escasa fortaleza física de su madre, tuvo que irse a los 16 años para no morir bajo esa nube. El aire era de “cal en piedra, polvo en pasta, mezclas, arena, pedregullos”.

A los once años ya escribía, y debió ser una peligrosa ninfeta, como llamó Vladimir Nabokov a su Lolita. Tenía una colección de novios y una libreta donde anotaba todas sus conquistas, cosa que siguió haciendo toda la vida. “A Mario Benedetti nunca le pareció escandaloso. Los demás pensaban que yo era una ordinaria”. Porque todo iba a ser poesía. “Idea fue muy poco sincera con los hombres” -contó su compañera de colegio y complicada amiga para siempre, Silvia Campodónico-. Tenía tres o cuatro a la vez. Y yo una vez le dije a Manolo que ella tenía otros y ella dijo que yo la había traicionado. No sé cuál era el problema que la llevaba a tener esas relaciones extrañas. Siempre decía que no quería pero que no sé qué me pasó y estuve con tal y tal. Después a ella se le pasó el enojo y nos hicimos amigas de nuevo. Y yo terminé casada con Manolo Claps”: joven escritor argentino, amigo en Buenos Aires de Macedonio Fernández, Xul Solar y Jorge Luis Borges. “Eso de que le echaba el ojo a los hombres fue desde chica -agregaba Silvia-. Se asomaba al balcón del Liceo y se hacía de novios en la calle. Pero tenía un problema muy terrible, y era el eczema”.

Un eczema violento, consecuencia de la cal y de los nervios. Ella tenía un sistema muy nervioso. “Se transformaba en un monstruo” -agregaba Silvia. Se encerraba. Tenía que cubrirse la cara con un velo. Todos los días Manolo Claps iba a alimentarla, bañarla y peinarla. Eran unas ceremonias dolorosas: “La piel se me necrosaba todos los días. Entonces me metían en una bañera de agua con no sé qué producto hasta que la piel se ablandaba. Esa piel caía y yo quedaba con una piel tan frágil que si me movía se quebraba”. Después de esos episodios horribles, tenía unas horribles ganas de vivir. Hablar de ella es siempre un oxímoron, un sistema de grandes opuestos. Era el fuego helado. La belleza espantosa. Onetti le dijo una vez “esta horrorosa ternura que me produces”. En medio de la enfermedad, cuando empezaba a recuperarse y tenía alrededor de veinte años, murieron su madre, su padre, y un hermano. Empezó un largo clima de luto.

Juan Carlos Onetti: el escritor tuvo cuatro esposas y un amor frenético: Idea Vilariño.
Sus poemarios eran colecciones de pocas palabras. “Tendrías que llegar como la noche/ a ocupar todo el aire de mi casa/ (...) como un licor amargo, fuerte y seco”, escribía.
“Había un hombre que llegaba a mi casa sin aviso. A cualquier hora. Cerrábamos todas las puertas y ventanas”.
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ERAN UN TANGO
En su historia sobresalen tanto ciertos diálogos, ciertos poemas. Ciertas escenas: Juntos, Onetti y Vilariño fueron un tango. Y un desastre. Mientras la querida de Buenos Aires, Dolly, Dorotea Muhr, sabía de sus indiscretos amores, pero lo sentía de su propiedad, ella le escribía esos poemas inútiles y radiantes.

Onetti le propuso matrimonio varias veces. Idea Vilariño tuvo la incredulidad de decir que no. Uno de sus nueve, muy breves poemarios, se llama NO. Su amor era como soltar un monstruo por una casa. Y ese monstruo eran los dos. Se encerraban cuatro días con las cortinas cerradas. No tenían para comer más que unas galletitas. Dolly fue vista una vez llevando latas de atún y arvejas a la casa de Idea porque ella no le daba de comer. “Había un hombre que llegaba a mi casa sin aviso. A cualquier hora.
Cerrábamos todas las puertas y ventanas. Ya no sabíamos si era de día o de noche o si era sábado. Nos transformábamos en enemigos, en parientes, en desconocidos. En alguna oportunidad llegamos a pasar días encontrándonos a tientas, invocando algo que era como dar la vida. Era una experiencia de éxtasis”.
Idea Vilariño sabía muy bien que no podía durar. Que no sería capaz de hacer con Onetti una casa en la tierra. O un módico paraíso para dos. En 1955 él le dijo en uno de esos encierros épicos: “El jueves me tengo que ir a Buenos Aires”. Le preguntó por qué. “Porque me tengo que casar”. Y se fue a casar con Dolly-Dorotea que lo había esperado una eternidad y lo amó una eternidad. No como ella, que según el escritor lo quería de una forma cerebral, sólo para construir un mito literario.
Lo único que él reconoció en una entrevista es que Idea era además, claro, “cama”. Y/o que ella nunca le sería fiel, ni él a ella, y quizás así no se puede vivir. Él era el seductor serial: primero se había casado sucesivamente con dos primas Onetti y luego con Elizabeth María Pekelharing. Y antes y después de Idea, estaba Dolly, que fue su obediente esposa por treinta y nueve años, su adoratriz.
Larsen, el protagonista de El astillero dice: “No hubo nunca mujeres sino una sola mujer que se repetía, que se repetía siempre de la misma manera”. Si muriera esta noche/ si pudiera morir/ si me muriera, escribió ella. (…) Y la luz no fuera un haz de espadas/ y el aire no fuera un haz de espadas/ y el dolor de los otros y el amor y vivir/ y todo ya no fuera un haz de espadas. La escritora perteneció a la tribu salvaje de los suicidas que nunca se suicidan. Una suicida de pocos amigos.

En 1961 cuando llevaban tres días de encierro “amenazados de extenuación amorosa”, un disparo dirigido al Che Guevara mató a uno de sus colegas. Idea, que era sindicalista y feminista ya estaba en la puerta, y él le gritó que si se iba, no lo veía más. Ella le gritó también y se fue. Cuando regresó, sus poemas estaban tirados por el suelo, junto a una carta iracunda. Además había una inyección que él debía ponerse y no se puso. Corrió a verlo, y Dolly le dijo que Juan estaba muy mal, y lo vio al borde de la muerte, ese borde donde él también vivió o murió en vida muchos años.

Volvió a ver a su cruel Onetti en 1976, en estado calamitoso, luego de tres meses de prisión y de hospital psiquiátrico. El hospital psiquiátrico era una cortesía gracias a la presión internacional, de Vargas Llosa y Cortázar y los escritores del Boom Latinoamericano. Lo habían detenido en Montevideo junto a otros jurados de un premio detectado como “pornográfico” por la dictadura de Juan María Bordaberry, que comenzó en junio de 1973 y terminó en 1976.

Al encontrarlo en ese descalabro que se parecía al fin, tuvieron un diálogo y un beso desesperado. “Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. Tengo sesenta y tres, me dijo. Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo”. “Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba cuando él me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrásde aquel beso, después del cual debí morirme”.

DESCONOCIDO PERRO DE LA DICHA
Juan Carlos Onetti se exilió en España en 1976, y dice la leyenda que vivió en cama sus últimos diez años en Madrid. Ni siquiera conocía la ciudad. Famoso, deprimido, fumando, tomando whisky, rodeado de altos de novelas policiales, escribía en el lecho y hasta daba entrevistas horizontales. No quiso regresar nunca a Montevideo ni a Buenos Aires. Practicaba el arte de no estar y la elegancia del humor negro. Dolly pasaba a máquina sus manuscritos y lo cuidaba sigilosamente, caninamente.

“Para Dorotea Muhr, ignorado perro de la dicha”, le había dedicado en 1960 una novela, La cara de la desgracia. Era una dedicatoria tan rara, un homenaje para Dolly, cosa que para la familia Muhr fue el insulto más inconcebible. Dolly se había convertido en violinista de la mejor orquesta de Madrid y tocó en toda Europa, y él nunca fue a uno de sus conciertos.
Al lado de ella, Idea Vilariño fue un conocido perro del amor. Y de la desdicha. Ella había pasado por la enfermedad, la pobreza y la muerte, mientras Dolly era una niña de barrio Norte de Buenos Aires que estudió en el colegio Northlands, el mismo de Máxima Zorreguieta,Reina de Holanda. Luis Harss, que la vio en Montevideo, cuenta que la cuarta esposa “irrumpió en el departamento hecha un torbellino y era una rubia alta de ascendencia anglo-austríaca, vivaz, ingeniosa, sensual. Con ella cerca, lo sentimos menos tenso”.Onetti dijo algo: “Mujeres con las que podés ser feliz un rato hubo muchas; días o meses, algunas. Años, alguna. Toda la vida: Dolly”. Leila Guerriero, autora de Plano americano, la visitó en Buenos Aires muchos años después de la muerte del novelista, y le contó que “Juan tenía una campana”. “-Para qué la usaba? -Para llamarme a mí”. Era su amo, y era un cretino, pero un cretino que escribía como los dioses. En esa entrevista su hermana Nessy le contó a Guerriero que un día él ¡le tiró un gato en la cara!

El escritor uruguayo recibió todos los premios: el último fue el Premio Miguel de Cervantes, en 1980, mientras se sostenía (en su cama) como serio candidato al Nobel, postulado por el Pen Club. Cuando le preguntaron qué significaba el premio para él, respondió: “10 millones de pesetas”. “No preciso que me den premios por lo que escribo. Yo sé como escribo”.
Idea Vilariño, ya para siempre “al otro lado del charco”, se negó tres veces a aceptar el Premio Nacional de Literatura, hasta que consideró que el jurado era irreprochable. Sólo recibió el Premio Konex, y rechazó un elenco de otras distinciones, entre ellos tres veces la Beca Guggenheim. Le parecía que ese dinero estaba manchado de sangre vietnamita.

UN BICHO DE LA SOLEDAD
Entonces se convirtió en un mito. En una poeta adorada, una profesora universitaria no muy querida, una soltera presuntamente promiscua, y alucinante traductora de Shakespeare. Y al final de su vida, en la vetusta y feliz esposa de un crítico literario 22 años menor que ella, el alumno suyo, Jorge Liberatti, el único de todos con el que se casó. Tocaba el piano y el violín (no como Dolly), y bailaba y cantaba tango como nadie, aunque esas eran performances muy secretas. Para Vilariño, la poesía es música: “Un poema es un franco hecho sonoro”. Emir Rodíguez Monegal había dicho a fines de los años 40: “Algún día seremos recordados como los contemporáneos de Idea Vilariño”.

Su canción Los orientales fue convertida por el grupo Los Olimareños en un himno arrasador durante la dictadura: “Por todas partes vienen los orientales”. Los estudiantes la cantaban de pie y a gritos. “En cada esquina esperan los Orientales”.
Y nadie sabía que era un poema de Idea Vilariño. Como no aparece su nombre en esa canción letal de Zitarrosa, la de que quisiera morir ahora. Que la cantaron otros no mejor, pero también, y siempre sin citarla. A ella probablemente le daba lo mismo y no se le importaba, como se diría junto al portentoso río de La Plata.

Fue la guapa leyenda que caminaba sobre una línea recta por los pasillos universitarios uruguayos. De Antonio Machado aprendió que un poema debe poder leerse como varios. Hoy, publican y re-publican sus obras completas. Los adolescentes le dicen Mostra.
Son pocos libros de pocas páginas: La suplicante (1945), Cielo cielo (1947), Paraíso perdido (1949), Por un aire sucio (1951), Nocturnos (1955), Poemas de amor (1957), No (1980). Su objetivo era decirlo todo con casi nada.
El español Juan Marsé la conoció en La Habana: “una mujer muy
libre, muy a su aire”. En 1968 en Trinidad no llegó a un encuentro
literario y él la fue a buscar al hotel. Estaba en su habitación, caída en cama: “No tengo ganas de nada” -dijo- y le propuso que pasaran la noche tomando tragos.

“Era un bicho de la soledad”, cerraba Jorge Liberatti. “Y yo tenía conciencia plena de eso. Esa fue mi parte mala. Yo le destruí la soledad”. Al final ella aún hablaba del monstruo: “Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que volviera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé ir para pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: Sos un burro, Onetti, sos un perro, sos un camello. Y me fui”. Y él se murió en Madrid en 1994. Ella lo supo por teléfono. SML

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