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Reportajes

Guy Burgos: El eterno Bon Vivant

12 enero, 2021

EL REY DE LA FIESTA NEOYORKINA DURANTE LOS 60 Y 70 FUE UN CHILENO Y POCA GENTE LO SABE. GUY BURGOS SE CASÓ CON LA SOBRINA DE WINSTON CHURCHILL Y TERMINÓ SIENDO FIGURA IMPORTANTE DEL MÍTICO STUDIO 54 E ÍNTIMO DE LA FAUNA MÁS GLAMOROSA DE AQUELLOS AÑOS. ESTA ES LA HISTORIA DE UN ÍCONO QUE VIVIÓ LA VIDA EN SU PROPIA LEY.


Texto: Carlos Loyola Lobo   Fotos: Archivo Guy Burgos álbumes familiares

ESCENA 1.
Un clóset lleno de invitaciones, fotografías, recortes de prensa. El registro impreso en papel y Guy Burgos, protagonista de esta historia y superviviente de tanta noche disoluta estaba ahí, de rodillas, con pantalones beige, camisa a rayas azules y el pelo peinado hacia atrás, una tarde de 1997 junto al periodista chileno residente en Nueva York, Manuel Santelices que cuenta: “Guardaba todas las invitaciones que había recibido en su vida, desde los bautizos, pasando por su propia primera comunión, hasta las fiestas más increíbles. Para él la vida social fue su vida, creo que vivió para eso. Conocía a mucha gente en Nueva York. Estuve mucho con él porque era muy amigo de Mónica Comandari, la Directora de Revista Cosas. Con ella salíamos a comer

y nos contaba lo que estaba pasando en la ciudad, además de siempre estar recordando la época de esplendor con Nati Abascal, Oscar de la Renta y Kenneth Lane deambulando en los cócteles más exclusivos de la Gran Manzana”.

ESCENA 2.
En la madrugada del 22 de mayo de 1977, un grupo de policías se acerca a la barra del bar del Studio 54 y piden un trago. El barman piensa que se trata de un grupo de fanáticos del grupo “Village People”. Cuando les entrega el pedido, el grupo de uniformados lo esposa. La agencia de noticias Associated Press informa que esa noche, un grupo de 700 personas que incluía a personalidades como Jack Nicholson, Warren Beatty, Mick Jagger y Margaux Hemingway celebraban el cumpleaños de Guy Burgos, quienes abandonaron el lugar para volver la noche siguiente a cantarle el Happy Birthday. Ian Schrager y Steve Rubell, los dueños de la discoteca, fueron encarcelados meses después por evasión de impuestos. Sin embargo, esa noche marcó el final de un lugar mítico y de una era que jamás volverá.

Siendo recién un veinteañero y luego de su paso por Madrid, Barcelona y París, Guy se establece en Nueva York. Para vivir fue vendedor de una librería en la Quinta Avenida y modelo de la agencia Ford. Esta imagen es de ese tiempo: años 1963- 1964.

ESCENA 3.
Sarah Churchill, hija del Duque de Marlborough, fue sobrina del ex Premier Británico Winston Churchill, nieta de Consuelo Vanderbilt y bisnieta del multimillonario norteamericano Cornelius Vanderbilt.

Conoce a Guy Burgos en una comida en Southampton. Guy recordaba que esa noche ella habló sin parar, que no lo miró a los ojos en ningún momento, pensaba que la intimidaba. Sarah Churchill era una de las mujeres más ricas y respetadas de Inglaterra. En ese momento estaba casada, era madre de 4 hijos y tenía 44 años. Al terminar la comida que compartían, antes de subir al auto, él la toma y la besa. De cualquier manera, nunca más volvieron a separarse.

DE GUILLERMO A GUY
Guillermo Burgos, desde ahora “Guy”, fue el único hijo del matrimonio compuesto por el abogado, poeta y ex presidente de la Corte Suprema, Guillermo Burgos y de Marta Ossa. En el colegio nunca se destacó como un gran alumno, la vida escolar sólo fue la excusa para ampliar su círculo social. Al terminar su primera enseñanza pensó que estudiar Ciencias Políticas en la Universidad de Chile sería la decisión acertada.
Con la idea de hacerse camino en la diplomacia, aprovechó los contactos de su padre y le pidieron una audiencia al entonces Presidente Jorge Alessandri en La Moneda para ver la posibilidad de conseguir un puesto en la cancillería. Y aunque lo consiguió, Guy se dio cuenta que más allá de los cócteles y una que otra visita más o menos interesante, lo que le esperaba era la aburridamente tranquila vida burócrata de un servidor público y para eso él no estaba.
Queriendo alejarse de la rutina, se inscribió en la Academia de Teatro de Teresa Orrego y Pedro Orthus, donde consiguió un papel muy secundario en el elenco de “La pérgola de las flores”. Luego de una invitación que recibieron para irse de gira por Europa con la compañía, en 1961 deja para siempre la cancillería y se marcha a España, el punto de no-retorno y el inicio de toda esta odisea. Una noche después de la función, un señor confunde a Guy con Héctor Noguera, protagonista de la obra, y lo invita a comer al restaurante más elegante de España junto a la actriz Lucy Salgado. Estando instalados uno de los mozos se acerca a la mesa y les anuncian que “sus majestades” (Juan de Borbón, una de las infantas y el Marqués de Marisma) deseaban conocer a las estrellas del teatro. Quedaron tan deslumbrados con el carisma de Guy que dejaron invitado a todo el elenco a una fiesta para la noche siguiente.
La gira continuó hacia París y fue allí donde tuvo la revelación de que jamás volvería a Chile, al menos no de forma permanente. París era durante esos años la ciudad más elegante del mundo y decidió quedarse.
Por dos años se movió entre París, Barcelona y Madrid. Obtuvo becas para estudiar Historia del Arte, trabajó como modelo, actor y pintó departamentos para sobrevivir. Y en las noches, junto al Marqués de Marisma y su amiga durante esos días, Natalia Figueroa -quien se casó con el cantante Raphael- compartieron fiestas ataviados en smokings y vestidos de alta noche.
Sin embargo, volvió a Santiago. Fue una estadía corta. Consiguió trabajo en una corredora de propiedades, pero la rutina y la posibilidad de quedarse en la opacidad que se vivía en Chile se le hizo insoportable. Por esa época, se reencontró con quien sería una de sus grandes amigas para el resto de la vida, Paz Valenzuela: “Lo conocí a comienzos de los 60 para un baile en Santiago. Yo tenía unos 17 años y él cerca de 20. Me impactó verlo bailar tango, lo hacía sensacional. De ahí no lo vi más hasta años después, cuando volvió a Chile luego de su primer periplo por Europa. Fue Álvaro Cuadrado, un amigo que teníamos en común, quien me pidió que invitáramos a Guy a almorzar. Era verano y andaba pasando una temporada corta acá. Fue a partir de ahí que armamos un vínculo muy sólido. Después él volvió a Nueva York. Por mi oficio en las antigüedades me tocaba ir mucho para allá y siempre me quedaba en su departamento”.
Las andanzas con Paz comenzaban recién ahí. “Me obligaba a ir a todas las fiestas que lo invitaban. Siempre tenía un montón de invitaciones a cumpleaños, inauguraciones y lanzamientos, todo lo que te podrías imaginar. Y yo que no soy muy sociable, lo encontraba medio latero porque tenía que estar preocupada del vestido, del zapato y la cartera. En una oportunidad fuimos al cumpleaños de Philip Niarchos, un griego billonario, primo de Athina Onassis. La fiesta era en el último piso del Hotel The Pierre, que se cerraba para él. Era un griego no tan alto, de pelo claro y encantador. Llegamos a la fiesta y Guy ya me tenía aleccionada. Me dijo que no sería mi intérprete (porque yo hablaba poco inglés). “Estoy aburrido de traducirte todo así que tú te las arreglas”. Cuando subimos las escaleras me dice: “te quiero, te adoro, pero adiós, cada uno por su lado. Y lo pasé sensacional. Siempre veías más o menos a los mismos: a la Grace Jones, a la actriz italiana Elsa Martinelli y a Nati Abascal”.

LA SOBRINA DE CHURCHILL
Uno de los hitos imborrables en la vida de Guy Burgos fue su enlace con Sarah Churchill, sobrina del célebre Primer Ministro Británico y nieta heredera de los Vanderbilt. Esto se fragua a la llegada de Guy Burgos a Nueva York en 1963, cuando se convierte, como diría la revista Town & Country años después, en uno de los inmigrantes más destacados de la escena social. En el primer tiempo, Guy fue vendedor de una librería en la Quinta Avenida, modelo de la agencia Ford, reunió una pequeña fortuna creando posters para la Feria de Nueva York en 1964 y con lo que ganó abrió su primera galería de arte: Burgos Gallery. La primera exhibición tuvo entre los invitados a la señora de Rockefeller, al diseñador Bill Blass e incluso a Gabriel Valdés. Lo que vino después, fue convertirse en foco de atención para la prensa, hasta que en 1965, en una comida, conoce a Sarah Churchill y podría decirse que la atracción fue inmediata. Luego del divorcio de Lady Churchill, Guy Burgos viajó hasta el Palacio Blenheim, donde vivían sus futuros suegros, para pedirle la mano a Sarah. La boda, que finalmente se realizó en noviembre de 1966, fue cubierta por los medios de la época y asistieron desde Carolina Herrera hasta Eliana Vidiella, amiga y madrina del novio.
“Sarah pensó que yo era parte de sus dominios”, le contó Guy a Manuel Santelices en alguna ocasión “que tenía su cocinero, su ‘nurse’, sus niñas y su marido. Si me demoraba minutos más de lo acostumbrado en el camino desde la galería, comenzaba a interrogarme. Me retaba porque me acostaba tarde, por esto y por lo otro. ¡Yo tenía 25 años! Y era latino. La rutina me estaba agobiando. Estaba aburrido del matrimonio, los niños, la casa, el padre, los viajes, el palacio. Nada de eso me interesaba. Quería pasarlo bien”. En agosto del año siguiente, la prensa anunció el divorcio, el que se realizó en la ciudad de Juárez en México y que indicaba “incompatibilidad de caracteres”.
Pese a una diferencia de edad de casi 20 años y un matrimonio que finalmente duró menos de un año, lo curioso fue que el vínculo de cariño y amistad entre Guy y Sarah jamás se rompió. “Hasta que ella murió se acompañaron y fueron muy amigos. A Sarah le gustaban mucho los hombres, de hecho después de Guy vino un griego, el griego la dejó en la calle y después se emparejó con otro. Finalmente, el único verdaderamente amigo fue Guy, cuyo vínculo fue totalmente desinteresado. Yo creo que eso fue lo que ella valoró”, recuerda Paz Valenzuela.

Desde mediados del 70, Guy se transformó en el mejor relacionador público de la vida nocturna neoyorkina, aquí entrevistando a la actriz italiana Elsa Martinelli.
Junto a dos beauties de la época, Jaqueline de Ribes y Nati Abascal en Nueva York, 1981, para la gala del Spanish Institute, fotografiados por Bil Cunningham.
Junto a Margareth Rockefeller y Raimundo Larraín.
En una de las tantas fiesta en Saint Tropez en los 70`s.

WALLIS SIMPSON, DALÍ Y EL REGRESO A NY
Con una ruptura a cuestas, Guy se rearma por completo y se va a París, donde se convierte en el director de la nueva galería Findlay, sucursal de la conocida sala en Nueva York. Un edificio de cuatro pisos, un auto a su disposición para que saliera con clientes y un presupuesto ilimitado, hicieron que la primera muestra que organizó tuviera un éxito arrollador. Convenció a su entonces amigo Salvador Dalí que exhibiera su hasta ese momento inédita colección de joyas. A Dalí lo conoció casi recién llegado a Nueva York mientras comía en un restaurante junto a Mia Farrow. El célebre artista lo llama a su mesa y le dice “usted se parece a mí cuando era joven, es tan guapo como era yo a su edad”. La exhibición en la Findlay ocupó páginas en la vida social de la época en París: “Mis fiestas en la galería se hicieron célebres porque eran muy sociales, algo absolutamente inédito en el mundo del arte”, contó Guy en su momento.
Algunos años después, Guy volvería a la carga. En enero de 1974 la revista Hola! publica que Burgos era un firme candidato para convertirse en el nuevo marido de Wallis Simpson, la Duquesa de Windsor que había enviudado dos años antes. Lo cierto es que Guy había conocido a los Duques de Windsor años atrás cuando estaba casado con Sarah Churchill y aunque Simpson no tenía un título real y las mujeres no tenían la obligación de hacerle la reverencia, Sarah sí lo hacía y él le cayó muy simpático, “cuando estábamos invitados a alguna fiesta y ella estaba, le pedía a los dueños de casa que me pusieran a su lado. Le gustaba que la hiciera reír”. Guy recuerda que Wallis y su marido Eduardo tenían una relación muy cariñosa pero que ella era muy dominante, “todas las mujeres son dominantes, por eso no me he casado más veces”, le dijo en entrevista a revista Cosas en 1997.
A comienzos de 1975, comenzó a viajar con mayor frecuencia a París y Nueva York hasta que, a mediados de ese año, decidió volver definitivamente a vivir en Manhattan. Una vez ahí se hizo cargo de ser el anfitrión de un exclusivo club llamado “Cecil’s”. El día de su inauguración, Guy recibía besos de Diane Von Furstenberg, Joan Fontaine y Salvador Dalí. Con clientes como Christian Dior y Givenchy, y con una oficina en la Olympic Tower de Manhattan, el edificio donde el mismísimo Onassis tenía su despacho, Guy Burgos se convirtió en el Relacionador Público más solicitado de la ciudad.

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Entre sus clientes, Guy tuvo a los gobiernos de Jamaica y Brasil, que lo contrataron para organizar viajes con celebridades a Kingston o Río. “En Brasil fui mucho más conocido que en Chile o que cualquier otra parte”, contaba Guy. En una oportunidad, el alcalde de Río de Janeiro invitó a nueve celebridades al carnaval de 1977. Guy era el único hombre, y entre el resto de los invitados estaban Raquel Welch, Margaux Hemingway, Marisa Berenson y Jacqueline Bisset. La edición brasileña de Playboy publicó entonces una entrevista titulada “Guy Burgos, playboy a mucha honra”. Esa fama la justificó tiempo después confesando que “con Jacqueline Bisset me pasó algo que nunca antes: me trataba como objeto sexual. Me llamaba desde el avión y me decía “a las siete de la tarde en el hotel”, como si me hubiese estado pagando”, contó en alguna entrevista. Juntos asistieron al cumpleaños de Bianca Jagger organizado por Halston y Mick Jagger en el Studio 54. El romance fue breve pero muy comentado.
“A Guy le hacían una especie de reverencia cuando llegaba al Studio 54. En la entrada veías a una mujer desnuda arriba de un caballo blanco, una especie de Lady Godiva de la onda disco. El lugar tenía techos altos y cabía perfectamente un caballo adentro, lo podían pasear incluso. En el Studio 54 había la mejor música, estaba lleno de hombres pero ninguno bailaba, todos hacían vida social, iban para ser vistos. Había un espacio en las plantas superiores donde pasaba de todo. Con Guy debo haber ido unas 25 veces. Eran fiestas a todo dar; yo bailaba sola, una vez bailé con un tipo medio loco vestido de cowboy, que llevaba un lazo y quería amarrarme mientras bailábamos, ahí me asusté y abandoné la pista. Había una fauna variada, era bien excéntrico todo, una mescolanza nunca vista. Qué pena que duró tan poco”, recuerda su amiga Paz Valenzuela.
Manuel Santelices entrevistó a Guy Burgos cuando estaba a punto de cumplir 59 años. Recuerda que seguía siendo muy elegante, encantador, siempre bronceado y delgado. Con Manuel abrió cajas de recuerdos que no habían sido abiertas hacía 20 años. Ahí apareció una foto con Brigitte Bardot en Saint Tropez, otra con Mia Farrow y Salvador Dalí comiendo en un restaurante, en una fiesta con la Duquesa de Windsor y muchas invitaciones a fiestas en un Chile que dejó de existir hace mucho. Manuel tiene dos recuerdos que le quedaron especialmente grabados: “me sorprendió que hablaba mucho de sus papás, que eran personas muy importantes en su vida y siempre estuvo preocupado de enviarles recortes de prensa de lo que aparecía de él en Estados Unidos. Era muy importante para Guy que sus padres se sintieran orgullosos de él”. Lo otro es una herencia que atesora hasta el día de hoy: “cuando estuve en su casa haciéndole la entrevista encontró un antiguo tuxedo y me lo regaló, en esa época me quedaba perfecto y todavía lo conservo con mucho cariño”.
Por su parte, su amiga de la vida, Paz Valenzuela, termina recordando que, lejos de lo que se podría pensar, le encantaba venir a Chile y siempre estar al tanto de los chismes familiares: “le encantaban los porotos con riendas, las cazuelas y siempre que venía me pedía que le hiciera charquicán”. Lo otro muy curioso es que le daba una lata espantosa salir de compras: “a veces llamaba por teléfono a tiendas donde ya lo conocían y pedía que le hicieran un traje, un par de camisas y se las iban a dejar a la casa. Decía que ese era el lujo que se podía dar”.
Paz Valenzuela se lanza quizás una sentencia final que lo dibuja en toda su humanidad y su ley de vida: “Guy era un hombre interesante, culto, preparado y encantador, en ninguna parte fue mirado como bicho raro, supo muy bien cómo adaptarse y lo acogieron como a uno de los suyos. Era muy bonito físicamente, era gusto de mujeres y de hombres, no desentonaba en los ambientes que frecuentaba. Bailaba fantástico, incluso también cantaba; era el rey de la fiesta”. SML

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