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Entrevistas

Germán del Sol: “Para manifestarse, la belleza debe destruir lo obvio”

3 noviembre, 2020

HACE UN AÑO EL PREMIO NACIONAL DE ARQUITECTURA GERMÁN DEL SOL DEJÓ SANTIAGO CON LO PUESTO PARA REFUGIARSE EN EL SILENCIO DE SUS TIERRAS EN LEYDA. DESDE AHÍ SE REFIERE A SU PRECOZ INTERÉS POR LA ARQUITECTURA, SE REFIERE A ELLA CON MENOS POMPA DE LA QUE SE ESCUCHA HABITUALMENTE, INTENTA EXPLICAR SUS PROCESOS CREATIVOS Y ACUSA UNA “DICTADURA DE LA SALUD” EN TIEMPOS DE PANDEMIA.


Texto: Rita Cox F. Fotos: Guy Wenborne y Germán del Sol

Hotel en la Patagonia
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El nombre de Germán del Sol (71) es como una marca; una que envuelve el relato de la arquitectura indisoluble con el paisaje chileno más extremo, su belleza enorme e imposible de sintetizar. El Hotel Remota y el Explora, en la Patagonia; las Termas Geométricas, en Villarrica; Saunas y Estanques, el Hotel Atacama y sus caballerizas son parte de su obra. En 2006 recibió el Premio Nacional de Arquitectura.

Germán del Sol parece nombre de rey egipcio.
Es bien potente y cuando niño me daba mucha vergüenza. Lo encontraba muy feo. El “Germán”, muy duro, y “del Sol”, como folclórico. Los profesores de gimnasia me hacían bullying con puros chistes fomes como “del Sol y de la luna, ¿dónde estás que no se te ve?”. Muy fome. El “del Sol” era para la risa. Pero viene de una familia muy antigua, de Cataluña, por un lado, y antes de Beirut, del Líbano. Mi abuelo se llamaba igual: Germán del Sol. Hay una calle chica con su nombre.

¿Por qué? Perdona la ignorancia.
Mi abuelo no fue nadie muy importante. Era secretario del Senado. Tiene su calle porque lo querían mucho. Murió muy joven, por una cirrosis; nada muy honorífico.

Esa parte no se cuenta, porque tiene calle.
A mí no me importa, a mí no me importa nada. Para mí las cosas son contradictorias. Tiene calle, pero era alcohólico. La vida es así. La vida no es limpia y a mí no me gusta la pureza.

Un pájaro, un zorzal, al parecer, canta fuerte detrás de Germán del Sol. Tan fuerte que apenas se escucha lo que él está diciendo y hay que detener la conversación unos minutos. El sol pega fuerte y, desde la pantalla del Zoom, se divisan varios árboles y un parrón. Germán del Sol está instalado en una terraza de su casa en Leyda, donde vive hace casi un año, desde que explotó la crisis social y decidió salir de Los Dominicos en busca de un mejor ambiente. “Durante la segunda semana de octubre de 2019, el 20 más o menos, me di cuenta de que la cosa no iba a pasar rápido y me vine. Pero me vine así no más, con la ropa que tenía puesta”, recuerda.

¿Por qué te quisiste ir de Santiago?
Hace tiempo que encontraba que había mal ambiente. Mal ambiente en mi oficio, en las obras, en los trabajos había muy mal ambiente; entonces no tenía muchas ganas de seguir haciendo obras para gerentes, sino hacer cosas para mí. Cosas sin importancia, chicas. Lo otro es que a mí me gusta trabajar en el jardín y el jardín de Santiago como que se me terminó y no hay nada que hacerle o lo que hay que hacerle ahora son cosas mayores, que yo no puedo hacer solo. Aquí, en Leyda, me la paso afuera. Salgo en la mañana, tengo mi taller y el jardín. Podo, ando a caballo y entro a la casa en la noche. Mi hermano dice que vivo como un príncipe. Claro, un príncipe sin plata, pero un príncipe cuyas obligaciones convierto en placer.

Hotel Explora en San Pedro de Atacama.

¿Eres una persona solitaria?
Tengo fama de ser muy fregado, no fregado, o sea, sí, fregado. Exigente más que fregado. Soy solitario, pero en verdad soy muy sociable y me encanta, lo que más me gusta es conversar. Lo que pasa es que también se junta con que me gusta mucho el silencio. Me gusta mucho que haya silencio y que las noches sean oscuras. Aquí no había electricidad hasta hace poco; hasta que puse energía solar, entonces estábamos como al ritmo del fuego y de las velas, como para no olvidarse del origen de las cosas.

Germán del Sol llegó a dar con su campo en Leyda después de terminar su relación laboral con Explora. “Llevaba 12 años y la verdad que ya Pedro Ibáñez –el dueño– ya había aprendido arquitectura, sabía más que yo. Me di cuenta de que ya no tenía lugar y renuncié. Siempre me ha gustado el campo por motivos raros, que no me explico. Incluso tuve un caballo cuando estaba en el colegio, cuando tenía 14 años. Le compré un caballo a un amigo, un caballo chileno y lo tenía en el campo de otro amigo. Ahora, esto de vivir en Leyda no es el cumplimiento de un sueño juvenil. Es un proyecto personal. Me quedé con la mitad del terreno que compré y vendí la otra mitad a una viña. Y vivo en una casa que había ya. Una casa bastante fea”.

Ser Premio Nacional de Arquitectura, ¿ha sido bueno o estos grandes reconocimientos se transforman en mochila, en un prestigio que hay que defender constantemente?
Es un cacho. Ahora, como todo lo que yo te digo, es contradictorio. Yo veo el mundo de un modo contradictorio, pero a mí me parece que la contradicción es necesaria. Si no hay noche, no hay día. Esto es igual. Yo soñaba que, al ser bien evaluado iba a lograr que me quisieran. No me importa el reconocimiento, sino el sentimiento, de que las personas aprecian lo que hago y eso es para que me quieran. Me ha costado toda la vida darme cuenta. Lo primero que uno dice es que uno no quiere que le valoren nada, pero eso no es verdad. Es rico que aprecien tu trabajo. Pero luego digo “ya, con este premio, con este reconocimiento, ¿cuántos amigos perdí?”. Porque los hombres y las mujeres somos envidiosos y yo también soy envidioso. Cuando veo que un amigo hace algo bueno, lo primero que pienso es “me cagó”.

Si tienes que definirte: ¿dices “soy arquitecto” o esa definición se hace corta, porque crees que eres eso y otras cosas más?
Me siento muchas cosas, pero, francamente, desde niño me sentí arquitecto.

¿Desde niño? Envidio esas claridades precoces.
Desde niño me di cuenta de que yo veía la arquitectura.

¿Cómo es ver la arquitectura?
Mi padre era ingeniero, muy bueno, de los mejores ingenieros calculistas de su época, y trabajó con arquitectos extraordinarios: Valdés, Castillo, Huidobro, Sergio Larraín y Jorge Elton. Todos iban a mi casa. A mí no me invitaban a conversar con ellos, pero yo los veía, los saludaba. Era un ambiente en que no había nadie con chaqueta azul, sino que todos andaban con chaqueta de tweed, con combinaciones de colores poco habituales. Todos muy simpáticos, muy cálidos y muy sueltos.

¿Los escuchabas hablar sobre arquitectura?
No, se reían. De arquitectura no oí hablar nunca; jamás, jamás. Pero sí mi padre me llevaba a las obras y a mí me gustaba. Y vivíamos en una casa muy linda –que mis hermanos todavía tienen– en Pedro de Valdivia, donde está el Hotel Orly. Con mi hermano Cristián dormíamos en la mansarda del último piso, que era como estar en París. Recuerdo haber estado enfermo y ver desde mi ventana una juguetería chiquitita, donde había juguetes de plástico, que se llamaba Baquelita. Mi abuela, que era la dueña de la casa, vivía en lo que llamaban “los bajos”, que era un departamento grande, una parte del primer piso, con piscina. Cuando yo tenía como 4 o 5 años, mi papá compró un terreno en Américo Vespucio con Presidente Errázuriz, y se puso a proyectar una casa que hicieron Héctor Valdés y Fernando Castillo, que era primo de mi padre. La casa de mi papá sería moderna, pero era horrorosa, horrible, horrible.

Los caballos le encantan. Hoy, en Leyda, suele dar paseos a caballo, y a los 14 años le compro uno a un amigo.

No resultó.
Yo tenía 5 años y lo primero que vi fue la perspectiva de la casa, con una entrada curva de auto, como en Los Ángeles (California), pero esta casa no era tan grande para algo así. Lo más feo que te puedes imaginar. Nada pegaba con nada. Recuerdo que pensé: “esto es horrible, pero como soy un niño no entiendo nada, no puedo opinar, porque cuando sea grande esta casa me va a encantar, la voy a mirar y voy a decir ‘pucha, qué equivocado estaba’”. Bueno, esa casa duró mucho tiempo y la vendieron, la demolieron en los noventa. Para mí fue horrible hasta el último día.

No te equivocaste.
Más que no equivocarme, un niño ve las cosas como son. Lo que te quiero decir es que uno ve la arquitectura. De Santiago, por ejemplo, las cosas que me gustaban hace años son las mismas de hoy.

¿Eso obedece a un ojo, a un instinto, a una sensibilidad?
Es lo que capta tu interés. Yo iba con mi padre a estas visitas de obra, de alcantarillado y sistemas de agua en los pueblos de Colchagua, y a mí me encantaban esas casas de adobe. Luego me di cuenta de que esas casas, esos pueblos, esos caminos preciosos, todo eso era arquitectura. En cambio, mi hermano solo dos años menor, tenía otros intereses, siendo parte de la misma familia, con la misma cultura, con los mismos libros.

Otro hito marcó la sensibilidad de Germán del Sol durante la niñez. A los 7 o 8 años, su abuela, que quedó viuda muy joven con nueve niños, que era accionista de la maestranza de ferrocarriles de San Bernardo y tuvo una fábrica de juguetes, le regaló un librito: Une petite maison. “Estaba en francés, no entendía nada, pero se trataba de que una casa, por más pequeña que fuera, tenía que ser un pa- lacio. Eso ha sido lo que he perseguido. Que sea un lugar que, aunque no tenga grandes recursos para hacerse, veas reflejado tu propio esplendor”.

La naturaleza, ¿también te interesó tempranamente o se fue dando dentro de tu trayectoria como arquitecto que empezaste a tener esta relación entre arquitectura, geografía y naturaleza? ¿Lo buscaste o se dio?
No, eso lo busqué. Cuando era niño era muy tímido. Tímido de que mis tíos me saludaban y me hacían bromas y a mí no me salía una palabra de la boca. Mi mamá, viendo todo esto, me metió en los Scouts. Me hicieron el favor del siglo, porque yo aprendí a hacer fuego, a dormir en el suelo. Piensa tú que yo tenía la vida de un niñito pituco.

Hotel Remota

“Cuando estudiamos las obras de
arquitectura de importancia en Chile,
que las propias universidades se han
encargado de poner en ese altar,
ponen a la Escuela Militar, al edificio
del Colegio de Arquitectos, a la iglesia de
Los Sacramentinos. Y que me perdonen,
pero esas no son las mejores obras
arquitectónicas ni mucho menos. Aquí
las mejores obras son todas las casas que
ha hecho la gente sin arquitectos”.

Hotel en la Patagonia

Un príncipe.
Muy sencillos, pero de no mover un dedo, yo no habría podido trabajar aquí en el campo. Yo trabajo con mis manos y recojo piedras, arreglo las cosas, sé gasfitería, ¿te imaginas si no? Muchas cosas las aprendí en los Scouts. Fue una etapa fundamental para darme cuenta de que podía subir todos los cerros de Santiago, con unas botas Hércules que te dolían los pies. Ahí nos decían “caminen” y “lloren y caminen”.

O sea, tu curiosidad por la naturaleza y por la arquitectura crecen juntas.
Juntas, sin saber qué era la arquitectura. Juntas, porque a mí me interesó la naturaleza, pero me interesó mucho más si había alguna cultura, si había un pueblo, si había algún vestigio humano.

En Puritama y en las Termas Geométricas no solo hay una estrecha relación entre arquitectura y naturaleza, sino que se invita al cuerpo y a la cabeza a disfrutar, reposar, observar. La naturaleza y la arquitectura te dejan callado.
Fíjate que has usado una palabra que a mí no se me había ocurrido, “disfrute”, porque yo siempre me quedé –para pensar no más, porque sería siútico decirlo– con la palabra en inglés leisure. Leisure son los proyectos en los cuales yo he trabajado. Lo traducen como “ocio”, pero leisure es mucho más que ocio. Es el ocio como arte. Hay un libro de Hermann Hesse que se llama El arte del ocio. Ahí cuenta varias cosas relacionadas con el ocio y que un domingo, cuando vivía alrededor de un lago de Ginebra, cruzó a un pueblo y se levantó viento y se quedó ahí porque no pudo salir. No tenía nada que hacer y vio que había un cura que iba a enterrar a una persona y no tenía a nadie que lo acompañara. Y pensó: “Claro, para eso me dieron este día; ese es el sentido que tiene”. Ese es el ocio. Porque el ocio en Chile se asocia al “like” de levantar el dedo, a tomar unos vinos, a hacer un asado. Pero no se relaciona con ir al entierro de una persona que tú no conoces. El encontrarle sentido a un día es el disfrute. Encontrarle sentido a lo que te toca hacer ese día.

SUSPENDER LA DESCONFIANZA

Espacios como las termas que menciono permiten el disfrute de estar y de conectarse con niveles de conciencia nuevos, con sensaciones a las que uno vuelve a través de los recuerdos, como un refugio.
Agradezco lo que has dicho. Pero tú, al decir eso, pareciera que esperaras que alguien se fijara en la arquitectura y esa no es la arquitectura. La arquitectura es lo que permiten las Termas Geométricas o las Termas de Puritama: que te puedas distraer o despreocupar. Yo lo llamo “suspender la desconfianza”. Te metes al agua en un lugar seguro, donde no habrá en un pozón un tronco parado para arriba. Esa es la arquitectura. No es solo la apariencia de los lugares. Es la creación de espacios en los que den ganas de estar, de disfrutar. Es un parrón donde yo quiero estar.

Espacios que cobijan. Tan especialmente importante hoy.
Claro, porque te ayudan a domesticar el mundo. La naturaleza es brutal, es cruel, entonces hay que domesticarla, tienes que saberla tratar, porque de lo contrario viene un tsunami y te lleva. La arquitectura media entre la naturaleza y tú, para que tú la puedas aprovechar.

¿Cómo has llegado a tus certezas respecto de lo que es y no es arquitectura? O, te lo pregunto de otra forma: ¿cómo has hecho para levantar tu propia voz?
Es muy fácil de decir y muy difícil de hacer. Imagino que, dando vueltas, errando, porque ese es el modo: errar. Es ir probando y buscando y darte cuenta de que uno está equivocado e inmediatamente cambiar la sintonía. La gente joven suele hablar de la naturaleza como algo sagrado, que no se puede tocar. Pero después uno se da cuenta de que los hombres y las mujeres no podemos vivir en el mundo si no es construyendo. Lo dice Heidegger en una conferencia, o en un escrito, donde lo puso ordenadamente y muy bien: “construir para poder habitar”, es decir, para poder habitar la tierra y habitar para poder pensar. Es decir, construir-habitar-pensar, en ese orden. No es que primero los hombres pensemos y después habitemos y después a consecuencia de eso construimos, sino que construimos para poder detenernos a pensar.

“En la arquitectura habría que distinguir dos partes. Una es la parte eficiente, la construcción, que tiene que estar bien hecha y que el arquitecto tiene que saber construir. El que no sabe construir no es arquitecto. Y la otra, que es la que yo la llamo “sublime”, que no les gusta a los arquitectos, que es la parte en la que dices “bueno, en esos espacios, en esos lugares –no le llamemos “espacios” porque los arquitectos le llaman espacios– es donde quieres estar. Lugares que recuerdas y quieres volver. Esa es una cualidad invisible, que consiste en sugerir y que no viene de la forma. De repente podría encontrarse un lugar con muy buen ambiente, un lugar feo –por decirlo brutalmente– o ligeramente inhóspito, pero que estuviera bien que así lo fuera, pero que te da gusto estar ahí. Esa es la cualidad, esa es la virtud. La fachada, y todo lo que se ve, si no contribuyen a ese ambiente que tú estás buscando, no sirven para nada, son inútiles”, dice Germán del Sol.

Me gusta la palabra “errar”, equivocarse, pero también suena a errante: ir de un lugar a otro.
Machado dice “caminante no hay camino” y yo diría que no hay camino, pero que el camino es errar, corregir. Si no haces ese trabajo, nunca llegarías a una conclusión distinta de la primera que se te ocurrió, entonces, quedaríamos prisioneros de la primera idea que se nos pasó por la cabeza o la primera cosa que nos dijeron.

Tus obras, ¿las ves como una extensión de ti mismo?
No, no, no, porque, ¿sabes qué pasa? En el momento en que integras esa relación, que sería como con un hijo o una hija, habría el mismo peligro que hay con mi hijo y mi hija: intentar ayudar y controlar. El arquitecto empezaría a controlar la obra y la obra tiene que liberarse del arquitecto. Salvo el Remota, que son muy amigos míos, en ningún otro hotel que he hecho he dormido y a las termas voy lo menos posible, porque es mi trabajo. No puedo quedarme dando vuelta pensando en la terma.

¿Para no exponerte a revisar y volver a revisar y ver el error si es que lo hay?
No, no, no. En cualquier caso, ponte tú que le encontraras errores, casi sería más fácil. Pero si lo empiezas a encontrar demasiado bueno, es peor. Te empiezas a volver un viejo chocho. ¿Cuánto he mirado mis proyectos? Nunca he mirado mis proyectos una vez hechos, Si tú vieras las conferencias que he dado, que son hartas, evito hablar de mis obras y yo les digo lo que dijo el arquitecto –que admiro muchísimo– Luis Barragán: “no miren mi obra, miren lo que yo vi y lo que yo miro”.

El sol ya no entibia como al inicio de esta conversación y Germán pide un minuto para acomodarse. “Me moví un poquito, porque me estaba dando frío”, explica mientras la cámara de su celular queda en un encuadre que le corta la mitad de la cara, y lo que se ve son sus ojos, su pelo blanco y un cielo azul de principio de octubre con tenues nubes blancas a punto de desintegrarse. El zorzal ya no canta. Está algo más oscuro. Ese sol de octubre medio traicionero.

De distintas formas, en entrevistas y charlas has mencionado varias veces esa recomendación de Barragán. Y, bastante a contracorriente, le restas peso a una palabra muy de moda: la “innovación”.
Mi hermano Patricio –que ha escrito varios libros, y es un tipo muy estudioso y muy habiloso– escribió uno que trata, entre otras cosas, de la innovación. Entonces yo, para comentarle no más, le dije que no estaba en absoluto de acuerdo con la innovación por la innovación. Ponte tú que yo me pusiera a innovar ahora y te hablara de un lenguaje recién inventado que tú no tienes idea. Sería un desastre. Demasiado innovador. Y, por otro lado, le decía que ser moderno significa, más que pasarse innovando, volver al principio y hacer las cosas de nuevo un poquito mejor.

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Termas Geométricas

¿Es también la belleza lo que buscas como arquitecto?
Por supuesto, todos buscamos la belleza en la creación humana. Pero la belleza, para manifestarse, tiene que, de alguna manera, destruir lo obvio. La belleza es consecuencia de haber hecho algo correcto.

¿Hay una ética en la belleza?
Totalmente. Hay un trabajo ético de que las cosas sean las correctas, tengan el costo correcto, que tengan el show correcto, que no sean pornográficas, que no sean exageradas.

Sé que es difícil de verbalizar, pero ¿cómo nacen las ideas que luego transformas en una obra?
Bueno, me pides que haga un resumen, difícil, pero lo voy a tratar de hacer. El asunto empieza con una idea que, ojalá, sea abstracta, que no tenga forma. Por ejemplo, uno dice “voy a inventar una nueva forma de correo que no sea igual que antes, que sea mucho más rápida”. Si tengo en mente el correo tradicional, con los carteros y qué se yo, no voy a salir de ahí. Lo más que puedo hacer es tener carteros más rápidos, con una camioneta más eficiente, con una motito. No voy a llegar nunca a inventar el fax. Para inventar el fax te tienes que olvidar de la existencia del correo. Tienes, como le llamo, “el objetivo”. Voy a hacer un hotel que cumpla con ciertos requisitos y me instalo con una página en blanco y hago cualquier cosa; hago un cuadrado. Ahí pongo todos los elementos con los que tengo que trabajar: 25 piezas, un living, un comedor, una cocina, una bodega, unos baños. Como está todo mal puesto, inmediatamente empieza a funcionar el proyecto, porque tienes que corregir. Todo es la idea y después de perseguir la idea –como decía Alberto Cruz, muy bonito–, uno va a buscar la vaca al potrero y de ahí hay que llevarla hasta el corral.

¿Sigues sintiendo el miedo, la inseguridad, de que no lo vas a lograr como, imagino, sentías en los inicios?
A lo mejor yo soy muy optimista, pero nunca he pensado que no soy bueno para esto. Obvio que sí siento siempre –y todavía lo siento todos los días–, que eso que estoy tratando de hacer no se puede hacer. Me acaba de ocurrir con la casa de un hijo que la quería ampliar, hecha por otro arquitecto. Una casa –no sé cómo decirlo para que sea suave– que estaba bien, pero que era muy torpe, muy tosca, muy bruta, sin chiste. Entonces lo primero que trato es de no ponerme con los planos delante, porque me va a venir como eso que dices tú, como un síncope. Me demoro un día, dos días y no los abro. Hasta que saco una hoja cualquiera y me pongo en cualquier mesa, no busco un lugar apto para la arquitectura, no tengo una mesa de dibujo. Me instalo en cualquier parte y puedo estar cinco horas, ojalá sin hacer café, ni ir al baño, ni nada.

“Lo dice Heidegger en una
conferencia, o en un escrito,
donde lo puso ordenadamente y
muy bien: ‘construir para poder
habitar’, es decir, para poder
habitar la tierra y habitar para
poder pensar”.

Mirador de la Viña Seña en Aconcagua

Germán del Sol continúa con su relato, el del viaje hacia tomar la hebra que lo llevará a hacer una obra de arquitectura, sea cual sea su escala. “Durante la primera hora todo es imposible, todo está lleno de límites. Piensas que todo es demasiado malo, que no tiene arreglo, que no hay por dónde. Llevas cuatro horas y aparece algo y pasas el portal y se abre una cuestión completamente nueva”.

Qué bonito: la creatividad es resolver un problema, finalmente.
Me atrevería a decirte más: cuando las cosas están bien, hay una relación entre la justicia, la ética y la medida. No es la medida de las proporciones de la que hablan los arquitectos. Es la dosis de cosas, igual que una novela. Las dosis de buenos momentos están mezcladas con malos momentos, están mezcladas con momentos fomes, porque toda la película no va a ser de dos tipos haciendo el amor. Porque siendo pornográfico es muy aburrido. Las Sombras de Grey es muy aburrida. Pasa lo mismo con un proyecto. No puede ser un montón de aciertos. Solo en un rincón encuentras unos ciertos momentos de plenitud.

Hay que tener harta personalidad para ser arquitecto y atreverse a instalar en un espacio un edificio que queda expuesto a la vista de todos. Es, también, bien invasivo. ¿Hay que tener arrojo?
Hay que tener, primero, arrojo y para tener arrojo hay que tener carácter. Pero también para ser periodista o escritora, para tú preguntar algo y después escribirlo, tienes que tener el mismo arrojo. Hay que tener una cierta patudez. Cuando salí de la escuela de Arquitectura de Barcelona, después de haber estudiado en la Católica, me hice amigo de un catalán. Él tenía contactos con inmobiliarias y de repente nos encontramos con una oficina gigante, que nunca más hemos vuelto a tener ni a necesitar, haciendo un promedio de un edificio de diez mil metros al mes. Teníamos 23 o 24 años. Después de como un año, decidimos que aún teníamos tiempo antes de comenzar a prostituirnos y cerramos la oficina. Nos daba vergüenza lo que estábamos haciendo.

¿Es buena la arquitectura chilena?
Si hiciera un levantamiento de las construcciones, de la media, donde realmente vive la gente, diría que es una arquitectura de bastante buen nivel. Es una mediocridad que yo encuentro fantástica para vivir, una mediocridad que es mucho mejor que vivir en edificios notables. El Partenón es uno y es el que inspira a todos los demás templos y los templos inspiran a las casas. La arquitectura especial, la que hace Aravena, la que hace Smiljan Radic, no es una arquitectura para construir en todas las ciudades. Con lo que digo, no la quiero rebajar, todo lo contrario, quiero decir que el nivel en el que trabaja la mayoría es muy bueno y que la casa chilena, que la puede construir el mismo dueño, es bastante buena y bastante digna si la comparas con cualquier lugar.

Germán del Sol insiste en su punto: “Cuando estudiamos las obras de arquitectura de importancia en Chile, que las propias universidades se han encargado de poner en ese altar, ponen a la Escuela Militar, al edificio del Colegio de Arquitectos, a la iglesia de Los Sacramentinos. Y que me perdonen, pero esas no son las mejores obras arquitectónicas, ni mucho menos. Aquí las mejores obras son todas las casas que ha hecho la gente sin arquitectos. Tengo un amigo –conocido arquitecto que dirige una escuela de arquitectura en Viña–, que hizo un libro sobre gallineros. Entonces, tú me vas a decir que el gallinero no es arquitectura. Es que sí lo es. Todo lo que te ayuda a que la vida sea mejor en cuanto construcciones, es arquitectura. Todo lo que permite que la vida sea fecunda y evite andar persiguiendo a la gallina y que se la coma un zorro, es arquitectura”.

¿Desacralizas la figura del arquitecto?
Así nació la arquitectura, no tuvo firma. Antes del Renacimiento los arquitectos hacían las catedrales y se las iban pasando, se morían y seguía otro. En los pueblos del norte de Cataluña, en el Ampurdán –que son unos pueblos fantásticos, preciosos, antiguos y no turísticos– en las casas que yo reformé, los dinteles de las puertas tenían los años y el nombre del maestro que las había hecho. “José”, por ejemplo. Pero esto del nombre y apellido es mucho más moderno. Otro punto, es que la arquitectura se hace como todo lo demás. En España tuve un profesor, Rafael Moneo, muy estricto. Un día no llegué con el trabajo hecho, porque debía cuidar a mis hijos. Y le digo: “no pude hacer el trabajo porque tuve que lavar la ropa, comer, qué se yo”. ¿Sabes lo que me contestó?: “Va a tener que acostumbrarse a hacer los trabajos a tiempo, porque toda su vida va a tener que lavar platos, lavar la ropa de tus hijas y darles de comer siempre. La arquitectura se hace lavando platos y se hace cuidando niños. Usted nunca en su vida va a tener un momento que le digan “ahora haga arquitectura, nosotros nos ocupamos de todo”.

El estrellato tan contemporáneo del arquitecto, ¿te parece una exageración?
No, no me parece exageración, lo encuentro divertido porque es como los cantantes de rock, o sea, ayuda a la arquitectura que haya unos tipos que hagan eso, hagan un solo sobre el escenario. Está bueno, porque anima, porque lo otro, tal como hacen en una sociedad tan masiva, en la que nada destaque, sería una cuestión muy como comunista.

¿A qué arquitectos admiras?
Muchísimos, muchísimos que admirar. En cuanto a la ética, a la decencia, a Héctor Valdés, que era socio de Fernando Castillo. A Fernando Castillo, porque era un artista, desgraciadamente después se perdió en la política, pero era buen político, aunque era mucho mejor arquitecto. Diría que el mejor era Jorge Elton. El más adelantado que hubo, pero como era cuico, tenía buena pinta, an- daba con chaqueta cruzada azul, Mercedes Benz, nunca le publicaron nada, nunca lo invitaron a una conferencia. Cuando lo invité a una bienal donde participé, arquitectos muy famosos me dijeron que cómo había invitado a un cowboy, que tampoco sé lo que quisieron decir con el “cowboy”. Bueno, él no tiene ningún libro, nada de nada.

LA DICTADURA DE LA SALUD

Una pregunta frecuente por estos días, es si la ciudad y la arquitectura cambiarán con la pandemia. ¿Qué dices tú?
Me han preguntado de varias revistas y es- cuelas de arquitectura cómo va a cambiar la arquitectura con el covid. No va a cambiar en absoluto. Si nos remontamos a obras de hace cinco mil o seis mil años y nos preguntamos qué ha cambiado desde entonces en la arquitectura, la respuesta es la misma: nada. La primera Pompeya son como las casas chilenas de La Dehesa. Iguales. Tienen baño, tienen todo. La arquitectura no hace la vida. La arquitectura da lugar a la vida que existe. Si las costumbres cambian lentamente, la gente va a cambiar, pero las costumbres no van a alterar la casa. Por mucho que tú te sientes en el jardín, no vamos a hacer ahora un seminario de terrazas. Eso es ridículo. ¿En qué va a cambiar la vida? Vamos a vivir a distancia y vamos a circular menos y eso va a ser muy bueno para la ciudad. Nos vamos a dar menos vueltas como tontos en auto. La vida puede ser más despacio, slow, pero eso no va a cambiar las calles ni nada, salvo que ojalá haya menos autos. Pienso que todo lo que ha generado el covid ha estado exagerado a rabiar, por otros motivos, probablemente. El remedio va a ser casi peor que la enfermedad y de esto vamos a salir bastante más pobres y un poquito más tontos.

¿Cuáles son tus teorías? ¿La del control
Claro, yo pienso que esto es una dictadura de la salud.

Como dijo Mañalich.
Ah, ¿Mañalich dijo? Sí, esto es una dictadura de la salud. A mí me parece ridículo, me da risa, que un ministro –por muy respetable que sea una persona– nos dé instrucciones. Yo soy bien liberal y no me gusta que me manden. SML

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