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Entrevistas

Delfina Fantini: Cuerpo y mente brillantes

22 diciembre, 2020

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LA HOY ACADÉMICA, INVESTIGADORA EN DESIGN RESEARCH Y DOCTORANDA DEL ROYAL COLLEGE OF ART, EN LONDRES, CUENTA SU VIAJE DESDE EL MODELAJE A LA LICENCIATURA EN BIOLOGÍA Y DE AHÍ SU SALTO HASTA LAS GRANDES LIGAS DEL PENSAMIENTO CRÍTICO.


Texto: Rita Cox F. Fotos: Delfina Fantini

“Si me hubieses preguntado a los 15, te hubiese dicho que iba a ser arquitecta o diseñadora. Pero tuve un muy buen profesor y me empecé a enamorar de las neuronas. Decidí que, si bien el arte y la biología me interesaban, era una buena idea comenzar por lo más complejo”.

Delfina Fantini SML
Fotografía: Joaquin Vergara.

A los 16 años Delfina Fantini Van Ditmar inició su carrera de modelo. Con su cara de mujer de Modigliani y su 1.76 de estatura. Fue de las favoritas de producciones editoriales de revistas como Blank y Paula, y participó en el Elite Model Look, como parte de la generación de Pin Montané. Fue en ese contexto que supe de ella por primera vez y su tipo de belleza rara se me quedó grabada para siempre. En ese mundo encontró pares que recuerda con cariño, como Clarissa Casciano y Francisca Benedetti.
De uniforme de colegio y mochila llegaba Delfina a las sesiones de fotos y entre tiempos muertos leía y estudiaba. Ya había tomado la determinación de dejar atrás ser una alumna del montón y convertirse en la mejor alumna que pudiese ser. Nadie se lo pidió ni exigió. Pero ya entonces entre sus planes estaba estudiar Biología en una universidad tradicional. Terminó el colegio con un 6,7 y entró a la Católica, donde sacó la licenciatura.
Han pasado casi veinte años de eso y hoy Delfina Fantini Van Ditmar vive en Londres. Además de Biología, es PhD en Diseño del Royal College of Art, donde trabaja como profesora e investigadora en el departamento de Design Products e Information Experience Design. Lo suyo ha sido investigar y tensionar las relaciones entre lo “smart” y el diseño en la creciente industria de las casas inteligentes y lo que se denomina “el Internet de las cosas”. Para su doctorado, investigó sobre los alcances en la toma de determinaciones personales de los “refrigeradores inteligentes”. En noviembre pasado participó en la sesión número 14 del seminario abierto Sociedad, Diseño y Tecnología (SDT), organizado online en Chile. En su cuenta de Twitter habla de “smartness”.

¿Cómo recuerdas tu etapa de modelo?
Es interesante ver cómo muchas de esas niñas que eran modelos tomaron otro rumbo, como la Carola de Moras que se convirtió en una figura pública. Yo nunca fui tan popular como ella o como Bianca Hassler o Eva Siebert. No hice grandes campañas, lo mío eran más bien editoriales, hice harta pasarela cuando venían diseñadores extranjeros, pero como era muy alta, muy flaca y media rara, nunca fui comercial, nunca me fue tan bien económicamente. Una vez que entré a la universidad, y aunque era muchísimo estudio, seguí modelando y siempre fui de tener amigos, salir, rodearme de gente que estaba metida en el mundo del arte y de la arquitectura.

Tiene cuatro pasaportes y en Inglaterra está con su nacionalidad holandesa. Después de nacer y crecer en Chile, partió a Nueva York, luego estudió dos años un magíster en Fine Arts en Estocolmo hasta que llegó a Londres para hacer su doctorado. Soltera, sin hijos, con pololo francés, dice que es como un “quiltro errante”.

“Mi papá es chileno, con raíces en Italia y en Latvia, que son estos países que quedan debajo de Escandinavia, son estos tres chiquititos: Latvia, Letonia y Estonia. Mi mamá es argentina, con una mezcla austriaca-holandesa-italiana-alemana”.

 
Delfina Fantini SML
Fotografía: Simon Pais
Delfina Fantini SML
Fotografía: Gabriel Schkolnick

¿Siempre te gustó estudiar?
O sea, nunca tuve dificultades para estudiar, pero hasta octavo básico tenía promedio como 5,5, porque me dedicaba todo el día a pasarlo bien con mis amigas y mi familia nunca me impuso ninguna aspiración de notas ni laboral, era todo como “pásalo bien”, y eso hice. Me sentaba en la última fila, me reía todo el día con mis amigas.

Y ¿qué pasó? ¿qué te cambió el switch?
En algún momento se me impuso mi lado zajón y fue como “mira, quiero entrar sí o sí a una universidad tradicional, no me interesa por ningún motivo una universidad privada. Entonces me puse a estudiar, sin limitar en nada mi vida social. Fue una autodisciplina mía de saber que yo quería un futuro y que yo tenía una necesidad intelectual mayor a la que estaba teniendo. No era solamente estudiar los ramos. Fue un tiempo en que leí mucha literatura latinoamericana, empecé a leer grandes clásicos, empecé a ver más cine. Comenzó en esa época una etapa de crecimiento intelectual y eso me hizo relacionarme con determinadas parejas y amistades con una intelectualidad más compleja y desafiante.

Qué lindo ese florecimiento que tú misma te propusiste, ¿no?
Sí, pero también yo tenía siempre, ¬como el quiltro que soy, un rechazo a la tontera chilena. Nunca me sentí completamente cómoda. Obviamente Chile tiene una parte de la sociedad que es hiper culta, pero no fue donde yo me desarrollé. Yo no quería ser igual a lo que veía mucho, no quería trabajar, ganar plata y no pensar.

Tus papás, ¿son intelectuales, son profesionales? ¿Cómo fue tu nido?
Vengo de una familia que pasó por una decadencia intelectual. Mi abuelo por el lado materno, que es la parte holandesa, tenía un diario, pero llegó la guerra, bombardearon el diario y se escaparon a Argentina. Allí, llegaron con lo único que les quedaba: joyas. Las vendieron e hicieron una especie de escuela de verano para alemanes, entonces ellos entregaban esa cultura europea. Yo soy el resultado de una cultura en que la prioridad es surgir económicamente y de ciertos valores que se impusieron en Chile, tan claros de ver en los ochenta. Entonces eso como que llevó a esta auto imposición de ser dura conmigo y decir como: “no, yo no quiero fluir hacia allá. Sé que puedo tener una vida tranquila y cómoda, pero yo no quiero estar en eso. Me incomoda”.

“No hice grandes campañas, lo mío eran más bien editoriales, hice harta pasarela cuando venían diseñadores extranjeros, pero como era muy alta, muy flaca y media rara, nunca fui comercial, nunca me fue tan bien económicamente”.

Delfina Fantini SML
Serie pintura: Gabriel Schkolnick

Es interesante esa exigencia que te pusiste en la adolescencia, cuando la aprobación externa es tan relevante. Se busca el “like” y no sé si es muy común que la autoafirmación se busque en cultivarse intelectualmente. Es más: tenías la chance se ser reconocida por tu belleza.
Qué bueno que mencionas lo de los likes. Yo estoy completamente en contra del likeaje. Cuando yo partí en el modelaje todo era como más cualitativo. Uno se encontraba con gente que hacía moda, sabía mucho de moda, pero también sabía mucho de otras cosas, y se establecía una conversación. Pienso en la Nina Mackenna, en Juan Luis Salinas, en la Pin Campaña, por ejemplo. Era gente que de verdad tenía un ground, un suelo, para poder trabajar. Yo vi la transición, antes de Instagram, cuando parten los blogs, luego los influencers y ahí yo no entendía más nada. La calidad ya no importaba tanto como el like. Hoy a las modelos se les pide que tengan un Instagram. Hoy si subo una foto en bikini voy a tener –no sé– 150 likes. Pero si subo una pintura que me gusta, voy a tener unos cuantos de mis amigos a los que les interesa eso. Pero para mí esos pocos likes tienen mayor valor.

“Tengo amigas que trabajan con marcas y que se meten a ver quiénes son estos personajes populares, no importa de lo que sean, y son los nuevos embajadores o los nuevos rostros. Pero todo es guiado por el principio numérico. Y lo que pasa es que el principio numérico da poco de calidad y de perspectiva. Todo este sistema cayó en unos números basados en tonteras, en general, y se dejó de creer en las personas que no tienen los likes, pero que tienen ciertas cua- lidades que tiempo atrás eran consideradas y evaluadas”.

¿Qué aprendiste de ser modelo?
No sería la persona que soy ni tendría la actitud que tengo si no hubiese pasado por esos diez años de modelaje. Aprendí mucho del Chile de los 90 y de cosas que para mí eran muy interesantes, que no se aprenden en los libros. Conocí gente muy interesante que me hablaba de cine o de un libro, y yo anotaba esos nombres y luego los buscaba. Conocí locaciones impresionantes. Aprendí mucho de cultura y de la ciudad. También aprendí de superficialidad, aprendí rápido a no confiar en el halago por el halago. En definitiva, conocí a personas muy inteligentes con las cuales tenía discusiones geniales y también conocí en la misma fauna a las personas tontas con que me he cruzado en mi vida entera.

Tu belleza es full editorial. ¿Te frustró no hacer campañas de multitiendas, por ejemplo?
Fue interesante y frustrante. Interesante, porque trabajé con revistas independientes, como Blank y con muchos diseñadores independientes como Hall Central, Pablo Gálvez y la Fran Von Hummel. Puros trabajos que eran de buena calidad, pero al final del día no retribuían mucho en lo económico. Sí tengo todas las colecciones de estos diseñadores, y es genial tenerlas. Pero no fue como un súper buen negocio. La cara rara no me afectó en el sentido de insegurizarme. Me di cuenta de que nunca me iban a llamar de una marca masiva. Tuve que aprender a saber que mi posición siempre iba a ser esa.

“Después, cuando vine a Europa, cuando estuve en Suecia, no trabajé de modelo, pero en Londres hice el Fashion Week, también el Fashion Week de Barcelona y cuando terminé mi doctorado, y mi beca doctoral se estaba acabando, tuve que buscar trabajo, y del Fashion del Royal College of Arts me pidieron que empezara a ser la modelo oficial. Le dije a Tristán, que es como la cabeza de Fashion, “mira, pero soy un dinosaurio, yo tengo 30 años, me estoy por doctorar, soy cero fresh”. Pero a ellos les parecía súper bien. Después de doctorarme trabajé un montón como modelo, cosa que jamás imaginé. Algunos diseñadores me empezaron a llamar para hacer los showrooms en el Paris Fashion Week, y eso hice por cuatro años consecutivos. Trabajé con Marta Yavudoski y llevo bastantes años con Regina Pio”.

Fome eso de trabajar en proyectos buenos, pero sin una paga que corresponda a la cantidad de horas de trabajo. A alguna edad, se puede. O por algunas cosas puntuales.
Absolutamente. Cuando estudiaba Biología, y el tiempo para hacer otras cosas tenía que manejarlo muy bien, llegué como a unas ecuaciones de que, si estaba usando ocho horas de trabajo, prefería ganar un millón y salir en el comercial que salir en la foto de proyecto independiente, que tampoco era un proyecto de arte.

No sé cómo será en los países donde has vivido, pero en Chile no importa la edad y kilos de pegas que tengas a cuestas, siempre alguien te ofrecerá un trabajo “por amor al arte”, donde no hay presupuesto.
Absolutamente. Y sabes que me ha pasado mucho en Chile ahora. Solo una vez he publicado mi trabajo de investigación en español, pero me han llamado a un par de conferencias y eventos en Chile y ha sido como “oye Delfina, ¿podí, porfa, la próxima semana hacer una
conferencia, pero no tenemos plata?”. Acá en Inglaterra todo se planea con meses de anticipación y en el mundo de la academia se considera un presupuesto para una conferencia, porque se entiende que es un trabajo, pero además un trabajo que es producto de años, de haber estudiado muchísimo, de haber publicado un paper. Son cosas que yo de verdad no entiendo.

Delfina Fantini SML
Fotografía: Simon Pais
Delfina Fantini SML
Fotografía: Nacho Rojas

CURIOSIDAD SIN LÍMITES

Tu trayectoria académica es nada convencional. ¿Por qué el primer paso fue Biología?
Si me hubieses preguntado a los 15, te hubiese dicho que iba a ser arquitecta o diseñadora. Pero tuve un muy buen profesor y me empecé a enamorar de las neuronas. Decidí que, si bien el arte y la biología me interesaban, era una buena idea comenzar por lo más complejo; la ciencia dura. Hice mi tesis en neurobiología de las emociones.

¿Y cómo es que de ahí llegas a Estocolmo a hacer Fine Arts?
Terminé mi tesis en Nueva York. Soy muy racional, pero de repente me salen estas cosas de querer combinar y pensé en que tenía que terminar mi tesis en un lugar entretenido y estimulante. En Nueva York tuve una especie de pololo, hijo de un artista, que me sugirió abrirme hacia mis intereses humanistas y críticos, cuando yo estaba completamente metida en la objetividad de la ciencia. Y me habló de un curso en Estocolmo, un curso transdisciplinario, donde llegué y éramos solo diez estudiantes, cada uno con su especialidad. Yo era la única que venía de ciencias, entonces fue perfecto como una transición, para después meterme a mi doctorado.

Me llama la atención tu libertad, incluso transgresión, de moverte desde la biología al arte y luego al diseño y la tecnología.
Creo que la palabra clave es “complejidad”. La búsqueda de la complejidad para ver las cosas desde distintos ángulos. En Estocolmo yo estudiaba con una arquitecta, una artista, una diseñadora, una paisajista, una diseñadora gráfica. Empecé a sintonizar de una manera más sistémica con otras áreas. Pero, además, me fui a Estocolmo y te juro que no tenía ni un contacto, nadie a quien decirle “tengo fiebre”. Para mí fue un reseat. Ahí comencé mi vida en Europa y me di la oportunidad, en verdad, de hacer todo lo que quisiera hacer.

“Me integré a la cultura escandinava y se me abrieron los ojos al ver otra manera de vivir, en dimensiones que uno no se imagina. El día se acaba a las dos de la tarde, hay una vida interna e interior súper grande y tuve la suerte de ser una latina en este contexto, porque muchos suecos se deprimen durante el invierno. Son meses duros, pero para mí todo era nuevo y yo estaba tan hambrienta de eso. Tenía una comida y salía con -25º. Son esfuerzos que hice y que me permitieron no caer en la depresión profunda. Tenía estímulos”, recuerda Delfina.

¿Fue bueno en lo académico el paso por Estocolmo?
Fue muy raro, porque aprendí mucho de mis colegas. Pero el programa me pareció súper deficiente. Me daban un libro para leer y yo me lo leía en serio y llegaba a clases como con diez preguntas al grano y tenía a estos profesores que me decían “buena pregunta”. Pero yo no quería escuchar un “buena pregunta”. Quería respuestas.
Y esta universidad sueca empezó a llevar proyectos de marcas, como Ikea, y yo no había ido a Estocolmo para trabajar para Ikea. Me empecé a quejar de estos aspectos neoliberales, de estos partnerships que nada tenían que ver con lo académico y que no tenían nada valorable en lo intelectual. Mandé una carta a la universidad y se decidió que podía investigar y trabajar sola, y terminé en la biblioteca haciendo unos ensayos sobre los intereses que yo tenía, pero desligada del curso que igual terminé. Fueron dos años.

Te topaste de frente con el neoliberalismo sueco arropado de estilo cozy y sustentable.
Totalmente, y lo que yo menos quería en mi vida era darle a Ikea una pincelada de sustentabilidad, cuando el proceso integral de Ikea no lo es. Yo no estaba estudiando para que en la sala de clase de una universidad tomaran mis palabras y las pusieran en la campaña de marketing de una marca, cuyo proceso seguiría siendo igual de malo. En Escandinavia los suecos son los que comercializan todo, son los grandes comercializadores. Por eso tienen Volvo, H&M, Spotify. Son secos para eso y, como dices, con toda esta estética como hygge, como le llaman ellos.

Parece que la sospecha es una vereda en la que te interesa estar.
Qué bueno lo que dices, porque es así y estoy tan segura de que es importante mirar desde la sospecha y desde la crítica y que eso no significa para nada amargura.

Para cerrar tu paso por Estocolmo hiciste un paper.
Sí, sobre cuando las entidades biológicas se juntan con los sistemas informacionales. Luego en Bruselas, un amigo arquitecto me habló de un profesor, un académico muy relevante en mi campo que estaba en Londres. Fue así que llegué a Inglaterra. Ha sido bueno, porque Londres es una gran metrópolis, y con mi doctorado pude como sacarme un poco mi método científico y meterme a lo que se llama el design research.

Además de este profesor, ¿por qué en el Royal College of Arts?
El Royal College of Arts tiene una gran trayectoria en dos cosas. Una es el design research, que es como la investigación de diseño, no solamente el producto final del diseño, y eso fue para mí una gran nueva aventura. La otra área es la del diseño crítico. Esas dos cosas eran perfectas para mí.

¿Qué es el diseño crítico?
El diseño crítico no piensa en aplicaciones directamente. No es un diseño industrial, sino que permite tener debates o pensar en futuros y potenciales problemas. Desde ahí se revisa y critica el avance tecnológico.

¿Por qué te interesó la academia y hacer clases?
A mí me encanta pensar y si puedo estar en una posición donde puedo vivir del pensar y no solamente pensar para mí, sino que traspasarlo, me parece súper importante. Especialmente porque los alumnos que yo tengo, y hago clases en bastantes partes de Europa, además de en Inglaterra, vienen con muy baja capacidad crítica. Yo no soy la profesora cool que dice “sean libres, piensen creativamente”. O sea, sí, piensen creativamente, pero estamos en un cambio climático y si quieren crear nuevas tecnologías, tengan demasiado cuidado con todas las repercusiones sociopolíticas que vienen con esto. Muchos alumnos llegan súper entusiastas y quieren meter tecnología en todo y no tienen idea de las cosas que pasan o quieren hacer son pro- ductos súper bonitOs, pero yo creo que hoy hay que preguntarse de dónde viene tu materia prima y cuáles son los problemas asociados a lanzar un nuevo producto al mercado.

Claro, la pregunta hoy debiese ser ¿para qué inyectar nuevos productos, no será necesario ralentizar el proceso de producción y revisar lo que tenemos y cuánto menos hay que producir? Hacer un buen cable de Iphone de una buena vez y que dure para siempre.
Exactamente. Enseño en el magíster y ahora estoy a cargo de una unidad que se llama Design for Future Subtraction. Es decir, diseñar, pero con menos. Todo mi curso se trata de entender la constelación de problemas sociopolíticos asociados a los materiales que se necesitan y usan para un producto, y después mis alumnos van a tener que hacer una intervención para reducir una parte problemática de eso. Y tienen que elegir un objeto que en el futuro tenga un valor, porque hay que dejar de producir el objeto por el objeto.

Mucho fetiche dando vuelta. La novedad por la novedad.
Absolutamente. En el caso de Iphone, cambia el modelo, ya no te sirve el cable anterior de los audífonos, tienes que comprar los AirPods. Terminamos llenos de estos productos nuevos, muy innovadores, muy emprendedores serán, pero si bajamos esta conversación a la calidad y a las cosas que deberíamos estar pensando en un planeta en crisis medioambiental, lo urgente queda fuera. No se considera la basura electrónica que producen, ni de dónde sacan esos materiales. Muchos los sacan del Congo y con niños involucrados.

¿Salir de Chile te ha permitido expandirte intelectualmente?
Expandirme de varias maneras. En Chile, en general, me relacionaba con gente del mis- mo bagaje, de la misma clase social. Aquí en Londres todos somos nadie. Mis compañeros son japonesas, croatas, alemanas, es una selva y uno aprende mucho de otras maneras de vivir. Y Chile es un país muy binario; es un país de “apruebo o rechazo”; de “eres rubia o morena”; o de “derecha o izquierda”. Salir de Chile me ha permitido ampliar el espectro, entender mayormente las complejidades, entender que las cosas sí se interrelacionan. En Chile todo está muy definido.

Delfina Fantini SML
Fotografía: Joaquin Vergara.

Qué importante eso del exceso de definiciones o certezas, cuando la ciencia se nutre de más preguntas que de respuestas. La ciencia avanza solo si hay algo por resolver: dudas. Y el arte lo mismo.
Es muy importante el rol de la pregunta. El rol del por qué y hacia dónde vamos y con qué sistema de valores.

Elegiste, como tema de tu doctorado, problematizar la promesa de la inteligencia artificial como sustituto de un montón de funciones y con eso, supuestamente, aliviar el día a día: la casa inteligente, la ciudad inteligente. Y elegiste el “refrigerador inteligente” como objeto de estudio.
Esa promesa viene específicamente de Silicon Valley. La idea de una vida más fácil, más eficiente, más optimizada son puros parámetros de la industria, porque toda esta tecnología, por ejemplo, de lo que se llama el “Internet de las cosas”, partió aplicada a P&G, esta cadena de management de dónde van los productos. Si uno tiene una fábrica de leche, quiere saber dónde va la leche, cómo es el tráfico, a qué hora va a llegar a su destino. Pero el problema es que se traslada una mentalidad industrial al ser humano y la vida y la intimidad del hogar. La complejidad de la ciudad se reduce a estos parámetros. Y detrás de todo eso hay una ideología con un sistema de valores con una idea muy específica sobre lo que es el progreso, el uso de datos y la surveillance. La promesa de la casa inteligente y de la ciudad inteligente están relacionadas con el capitalismo de vigilancia. Esa vigilancia se logra sacando información de todos nuestros comportamientos, a través del cuerpo y de los weareables; de la casa; de las ciudades. Eso, sin políticas públicas que cuiden quiénes y cómo serán manejados éticamente. Toda esa data del comportamiento va guiando cómo uno mismo se va comportando en el futuro.

“Con esta investigación que hice para mi doctorado me posicioné en el algoritmo del refrigerador. Podía, entonces preguntar ‘¿qué quiero hacer con la Rita? ¿Quiero que ella sea sustentable o le quiero vender el aceite de oliva más caro o quiero que vuelva a comprar más mayonesa?’. Ahí entendí que la promesa de que el refrigerador inteligente te avise que te quedan pocos productos en su interior, o que se acabó la leche, tiene un costo muy alto: que alguien decida por ti qué productos ofrecerte tiene un propósito. También hay una dimensión feminista, ya que ninguno de esos ‘servicios’ reduce la labor de meter las cosas a la lavadora, sacar las cosas, colgarlas. Pensado desde Silicon Valley, allí hay una mujer que hace eso. La mentalidad es muy masculina-industrial de problemas muy primer mundo, y que se instalan como una necesidad”.

De tu investigación sobre el refrigerador se concluye, además, que la promesa de eficiencia reduce la espontaneidad del “tengo antojo de”, relacionado a otras complejidades, seguramente del comportamiento.
Es así. Acá hay una reducción de lo que es la complejidad de lo humano. El modelo del refrigerador inteligente descarta las ganas, la cultura, la psicología, tu economía; todos aspectos muy complejos para ser programados y estandarizados. Es bien orweliano.

Orwelliano y nos quedamos cortas.
Imagínate eso aplicado a la ciudad. En China se está aplicando el “sistema de crédito social”, un programa en que le ponen puntos a los ciudadanos. Si tú no pagaste tu cuenta de teléfono, tienes -1; si cruzaste la calle con un semáforo rojo, -1. Todo este puntaje después queda en una hoja de vida. Si tú quieres pedir un crédito, no te lo van a dar.

¡Es que no te lo puedo creer! Si no me alcanzó para pagar el celular o se me olvidó, lista negra.
El hiper control. Me invitaron a escribir un capítulo para un libro que se llama La ciudad e igualdad, estoy escribiendo sobre una ciudad que se llama Sinkiang, en China, que básicamente es una ciudad inteligente que tiene todo monitoreado, con uno de los computadores de más alta velocidad de faces recognition. Esa ciudad targuetea a una minoría, que son unos musulmanes que se llaman uirghures, y los mandan a un centro de adoctrinamiento. Eso bajo la idea de la ciudad inteligente, que te permite targuetear, te permite identificar y tiene unas repercusiones éticas enormes.

O sea, las famosas “ciudades inteligentes”, según lo que estoy entendiendo, son ciudades donde el control puede ser total, dependiendo de quién gobierne, lidere o pague.
Eso es súper importante, porque “inteligente” depende también del sistema de valores, pero eso no es algo que se discute. En Toronto el modelo no fue aplicado por un gobierno, como pasó en China. Querían hacer vía Alphabet, que le pertenece a Google, un modelo de ciudad inteligente. En Toronto hubo un movimiento gigante que frenó el proyecto. Los ciudadanos empezaron a hacer todas estas preguntas: ¿quién tiene la data?, ¿cómo esta data repercute en mí?, ¿qué pasa con la gente marginal y esta data?, ¿cómo se relaciona lo que va a saber Google y va a saber el gobierno? La “inteligencia” no es mala per sé, pero “inteligencia” sin cuestionarse qué hay detrás, para quién y cómo, y las posibles consecuencias, genera que se puedan desencadenar grandes problemas sociopolíticos.

¿Hacia dónde te gustaría apuntar con todo lo que sabes y desde tu rol de académica?
Creo que tengo que ir un paso más adelante y en un futuro apuntarle también a cómo yo puedo empezar a meterme más en temas de políticas públicas. Especialmente si pienso en Chile y con mi formación, donde las preguntas sobre qué tipo de desarrollo queremos son tan importantes. SML

Delfina Fantini
Fotografía: Gabriel Schkolnick

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