Diseños y tecnologías europeos, se proyectan en espacios de arquitectura interior para todos los gustos: contemporáneo, vanguardista, sofisticado y juvenil.

MK la empresa con más de 20 años ofreciendo experiencias en el mercado del diseño y la decoración  con una vasta trayectoria en proyectos de diseño y arquitectura, presenta su nueva colección de cocina 2020, inspirada en los diseños y las tendencias europeas.

Aran Cucine, muebles íntegramente fabricados en Italia, especialmente diseñados para quienes buscan soluciones modernas de decoración interior que incorporen el diseño internacional. En cada una de sus líneas, reúne el equilibrio perfecto entre calidad, innovación y funcionalidad. Está compuesta por 125 líneas de muebles con diferentes materiales, incluyendo desde terminaciones en melamina hidro repelente hasta maderas sólidas de alta tecnología.

Johnson, en la vanguardia del diseño internacional, cubriendo las expectativas de los mercados más exigentes con propuestas minimalistas, sobrias y elegantes. También con modelos Vintage, en este caso a través de Liverpool y Boston, retoma los criterios de diseño de estilo, sin olvidar la tecnología.

Por su parte, la incorporación de TOPS MK permite conseguir superficies y mates brillantes inalterables con el paso del tiempo. Mármol, piedra, cemento y metales son la inspiración, enriquecidos con las características de sus materiales: la belleza y elegancia del mármol, la personalidad del cemento y el encanto de los metales. La solidez de su espesor cobra un poder de seducción en la materialización de proyectos ambiciosos de grandes dimensiones y la diversidad de uso son los atributos más interesantes de estos productos.

Según Javier Khamis, Gerente de Desarrollo de MK “este proyecto responde a las exigencias del mercado y ofrece soluciones integrales, es por esto por lo que incorpora un mix de soluciones de cocina de alta gama y también una línea de Clóset Johnson que toman cada vez más protagonismo en la implementación de espacios de arquitectura interior”.

También destacan las cubiertas de las marcas Silestone y Dekton, los lavaplatos Johnson y los artefactos Miele, los cuales se destacan por su diseño, calidad y alta funcionalidad.


La línea de zapatillas incluye piezas de arte icónicas del legendario personaje de DC a lo largo del tiempo.

Este 2019 Batman está celebrando sus 80 años y para homenajear este hito del héroe con capa, Warner Bros. Consumer Products, DC y Converse crearon una colección cápsula que captura la nostalgia del reconocido personaje.

Con una fuerte inspiración en los años 50, 60 y 70, y reflejando el estilo pop-art que se desarrolló y popularizó durante esas épocas, Converse x Batman cobra vida gráficamente en los modelos de las clásicas Chuck Taylor All Star y Chuck 70, estas últimas son una oda moderna a las icónicas Chuck Taylor All Star, que celebran un momento en que la zapatilla evolucionó para convertirse en el pináculo de función en el deporte.

Mientras la colección honra a los notables y nostálgicos diseños creativos del archivo de DC, cada modelo reinterpreta las icónicas gráficas de una manera distintiva para Converse. Además, los detalles de cada zapatilla están diseñados para que se descubran, como la personalizada placa de licencia Bat-Signal y el juego de encajes, así como los calcetines conmemorativos del aniversario número 80 de Batman.

Converse x modelos para niños, jóvenes y adultos Batman están disponibles en Chile en las tiendas Converse de Mall Plaza Oeste, Florida Center, Parque Arauco y Costanera Center, además por medio de la página www.converse.cl desde los $27.990.


Ootoya, el bistró asiático, ubicado en el corazón del Barrio Constitución, que se ha consolidado como destino obligado para todos los amantes de la gastronomía oriental en Santiago, sigue buscando sorprender y deleitar paladares, para esto, se encuentra en pleno lanzamiento de su nueva carta, con la que una vez más apuesta a los más altos estándares de calidad, trabajando con ingredientes frescos y materias primas elaboradas en el mismo restaurant.

Nuevamente de la mano de su emblemático y reconocido chef, PeiyiCai, Ootoya incorpora nuevas preparaciones, siempre respetando los sabores asiáticos de origen, entre las cuales destacan: Tártaro de Atún – atún, camarón, palta, edamame, pepino, cebolla y cebollin -, Tiradito – pescado fresco laminado y marinado con salsa Ponzu – y Trilogía Buddha (¡especial para vegetarianos!) – wakame, shitake marinado con salsa de soya, edamame -. A lo anterior se suman nuevos rolls, como: Ikki Roll – Tamago, kanikama, queso crema, palta con topping de mozarella, masago y salsa de la casa – y Crabs Roll – Tempura de cangrejo fresco, kanikama, queso crema, cebollin y pepino con topping de masago y semillas de sésamo. Por último, fieles a sus famosos ramen y sopas, estrenan tres nuevas variedades: Pho – tallarines de arroz en caldo de res con albóndigas de res y lámina de res -, NiurouMian – caldo de res, carne de vacuno guisada, huevo, vegetal, acompañado de tallarines de trigo o arroz -, WantónMian – caldo de wantón, cha-shu, tallarines de trigo, vegetales y huevo.

De esta manera, el bistró asiático Ootoya, busca seguir cautivando los paladares de sus comensales, siempre con el foco puesto en la calidad y en brindar la mejor experiencia a quienes visiten el restaurant.


Un nombre corto y fácilmente pronunciable en todos los idiomas fue lo que Hans Wilsdorf tenía en mente para dar vida a la prestigiosa compañía relojera.

El 2 de julio de 1908, Hans Wilsdorf presenta y registra oficialmente la marca “Rolex” en Suiza. Un golpe maestro que iba a condicionar todo el éxito futuro de su compañía.

El fundador de Rolex era una persona muy avanzada a su tiempo en materia de propiedad intelectual. Con sus tres consonantes y sus dos vocales, la palabra «Rolex» realmente responde de forma destacable a todos los criterios que, todavía hoy, conforman el éxito de una marca. Wilsdorf quería un nombre:  corto, de cinco letras como máximo; fácilmente pronunciable en todos los idiomas; que suene bien al oído; fácil de memorizar; que se inscriba con armonía sobre la esfera y el movimiento del reloj.

En 1913, se produjo la presentación y registro oficial de la marca «Rolex» en el plano internacional. Hoy día, la marca «Rolex» está registrada en todo el mundo. Una vez protegida su marca, a Hans Wilsdorf le quedaba otro gran reto por delante: convencer a los comerciantes de que incluyesen el nombre «Rolex» en sus relojes.

Efectivamente, en aquella época, cada distribuidor —joyero o relojero— deseaba que su propio nombre figurase en las esferas y no quería que el público conociese al proveedor o al fabricante. Por tanto, Hans Wilsdorf procedió paso a paso: «Para empezar, hice incluir el nombre “Rolex” en un reloj de cada caja de seis, esperando que ese único reloj pasase desapercibido y se vendiese igualmente a pesar de llevar el nombre. Poco a poco, me fui atreviendo a incluir el nombre en dos piezas y, después de varios años, en tres piezas», relata el precursor en sus escritos.

En 1926, año del lanzamiento del Oyster, el reloj hermético de Rolex, Hans Wilsdorf toma la decisión de no volver a producir nunca más un reloj que no lleve la marca «Rolex» en la esfera, la caja y el movimiento. «Rolex» se convierte, desde entonces, en una marca imprescindible.


Esta primavera ha tenido días de intenso calor, las temperaturas han estado sobre los 33°C en varias oportunidades, cifras que no se registraban hace 10 años en esta época, y que se traduce en noches muy calurosas, donde los dormitorios pueden estar, incluso, cerca de los 28 grados.

Sin duda, dormir en este contexto es un gran desafío porque pueden ocurrir trastornos del sueño como insomnio, provocando fatiga, poco descanso y cansancio. En esas olas de calor con altas temperaturas nocturnas ¿qué tan recomendable es dormir con el aire acondicionado prendido?

Los aires acondicionados de Samsung, cuentan con una tecnología llamada Good Sleep, modo que ajusta automáticamente la temperatura de la habitación, para maximizar el confort durante la noche para un descanso reparador y tener una temperatura ideal al levantarte.

“Nuestros equipos cuentan con este modo que funciona según tres etapas: conciliar el sueño, dormir profundamente y cuando hay que despertarse. El objetivo de esta tecnología es poder descansar adecuadamente en un ambiente óptimo en cada estación del año”, explica Jorge Montenegro Product Manager de Aire Acondicionado y Purificadores de Aire en Samsung Electronics Chile.

Adicionalmente, los aires acondicionados han evolucionado considerablemente. “Hoy podemos encontrar en el mercado productos que pueden enfriar sin molestas ráfagas de aire, como lo son los Wind-Free Cooling de Samsung, que utiliza 21.000 orificios pequeños para dispersar de manera uniforme el aire por toda la habitación, lo que genera un ambiente grato, sin corrientes” agrega el experto de Samsung Electronics Chile. Además, ofrece un ahorro de hasta 72% en consumo de energía comparado con la función de Enfriamiento Rápido.

Más razones para tener un aire acondicionado

Respira un aire más puro: la mayoría de los aparatos reducen las partículas en suspensión de mayor tamaño como pelusas y pelos de mascota, transformando el aire contaminado en aire más limpio y sano.

Ventanas abiertas, ruidos molestos: el sonido de los autos cuando pasan pueden interrumpir el descanso. Hoy en día los aires acondicionados son muy silenciosos, entonces generará un ambiente fresco sin que notes que está prendido. ¿Para qué hablar de los molestos zancudos cuando comienza el calor?

Consumo energético: Existen muchos mitos respecto a esto, pero lo cierto es que cada día los equipos son más eficientes. Hay tecnologías como Digital Inverter, que permiten un ahorro promedio de más de un 60% de energía.

¿Quién dijo que las noches de calor son difíciles de sobrellevar?


Si alguien podía tener el derecho inapelable a incendiar la pradera, era ella. Pero no.

Por Pablo Mackenna / Fotografías: Sebastián Utreras.

A los 11 años conoció el dolor de la manera más terrible posible. Su padre, José Manuel Parada, sociólogo de la Vicaría de la Solidaridad, fue secuestrado junto a dos compañeros. 24 horas más tarde aparecerían sus cuerpos. Degollados. Uno de los últimos y más violentos de los miles de asesinatos de las fuerzas de represión del régimen militar. Así y todo el horror no le era ajeno. No alcanzó a conocer a su abuelo materno a quien hasta hoy la familia no le puede dar sepultura. Detenido desaparecido. Si alguien podía tener el derecho inapelable a incendiar la pradera, era ella. Pero no. Mucho se habla hoy de la necesidad de demostrar credenciales democráticas. Javiera Parada tiene un prontuario. 

Sin dejar de ser fiel a su ideario de izquierda ha condenado sin miramientos la dictadura de Maduro, el devenir de Cuba o la violencia en Chile, venga de donde venga. Y es capaz de sentarse y dialogar con quienes, para muchos, debiesen ser el enemigo. En un mundo polarizado por los dogmas, tiende puentes y oye al otro sin prejuzgar. ¿Cómo lo hace, cómo logro sublimar el odio y el fuego amigo? “Es la madera de mi familia. Siempre se respetó el diálogo. Y no se trata de mi, ni de mi biografía. Se trata de millones de chilenos que sueñan con un mundo más justo que es posible. Pero solo es posible si lo hacemos entre todos”, explica. Y con ello se gana los epítetos de su propio sector: traición, cocinería. Y vuelve a bailar con la fea. La política es sin llorar, me dice. Para mí que las lágrimas las enterró siendo una niña o que llora a escondidas. Definitivamente, otra madera. Probablemente la que se necesita para construir un nuevo país, que con la otra, solo se avivan las llamas.

¿Soñaste alguna vez con algo parecido a lo que estamos viviendo?

Me imaginé el 2012, cuando armamos la campaña Marca tu Voto que podíamos cambiar la constitución a través de una asamblea constituyente. Pero un movimiento social con la fuerza de este, acercando de golpe sueños postergados por tantos años de justicia social por un lado, y volver a ver los niveles de violencia que hemos vivido, con la brutalidad policial que pensamos habíamos dejado atrás, y con una destrucción tan sinsentido, la verdad que no.  

Si uno va a Wikipedia, aparece “Javiera Parada: actriz”. ¿Te representa?

Eso es lo que estudié. Aunque creo que hoy día soy más gestora cultural que actriz

¿Más que animal político?

Sí. Lo que pasa es que me ha tocado una vida, y desde muy temprano, que me ha llevado a participar de muchos movimientos y partidos políticos, como fue: “Marca tu Voto” en algún momento.

¿Sientes que es la vida la que te vuelve una y otra vez a tomar del cuello y llevarte a la política?

Totalmente. Una y otra vez. Y es que no dejo de tener un compromiso profundo con lo público y cuando creo que puedo aportar en algo me es muy difícil restarme. Esta vez fuimos un grupo que creíamos que era necesario llamar al diálogo y a la paz y terminamos entregando la carta al Presidente. Asunto que me costó críticas y del que no me arrepiento. Y ahora me interesa aportar en lo que pueda para el debate de la asamblea constituyente y la nueva constitución, que por lo demás lo vengo promoviendo desde el 2012.

En tu vida política te han llegado muchas puñaladas, de tu propio sector, con las decisiones que has tomado. ¿Duele?

La política es así y no siento que sea conmigo. Son opiniones. Y esto es sin llorar.

Está bien, pero los epítetos se pueden volver dolorosos cuando vienen de cercanos. Como la carta de Zurita en que apelando al dolor temprano de tu biografía, ocupa la imagen de una niñita con el vestido blanco, que se va llenado de sangre, todo esto por haberte sentado a dialogar con Piñera mientras los militares desfilaban por la calle…

Y es que sé que no es conmigo, sino con los que en ese minuto creímos que la solución pasaba por dialogar aunque los militares estuvieran en la calle. Habría preferido que me lo dijera directamente pero entiendo la sensibilidad de Raúl.  Y lo quiero igual.

Es paradojal como a la luz de un mismo hecho, -el horror de lo que viviste en tu infancia- tu actitud pro dialogo y la condena a los excesos de tu propio sector sin renunciar a tu ideario de izquierda, son vistos, por unos como resilencia y por  otros como traición. Es como que la vida te volviera a golpear con tus muertes. ¿Cómo lo superas?

No solo yo sino muchos niños vivieron el horror de la dictadura. No me siento niña símbolo de nada. Si creo en el dialogo es porque fui criada así. Mis muertos estoy segura están conmigo. A nosotros nos criaron en el respeto al otro, como entender muy bien que lo que uno siempre tiene al frente son seres humanos, piensen igual o distinto que tú. Y lo que ocurrió en Chile durante la dictadura, es un horror que no podemos permitirnos que vuelva a pasar. Lamentablemente en este período, la indolencia que hemos visto por parte del Gobierno en materia de violación de derechos humanos, es muy preocupante porque es lo que uno dice: “bueno, se supone que nos habíamos puesto de acuerdo para que estas cuestiones no ocurran más”. Pero también soy muy consciente de que el golpe de Estado se dio por el deterioro del clima político y en eso yo creo que hay responsabilidades de todo el mundo, de unos más que otros, pero de todo el mundo. Y yo no quiero estar en esta pasada del lado de quienes colaboren con el deterioro del clima actual. Yo veo oportunidades maravillosas para que se produzca el cambio con que soñamos mucho tiempo. No voy a poner la carreta delante de los bueyes.

¿Cómo te ha tratado la calle?

Bien. Hay mucha gente que se me ha acercado para agradecerme los intentos de avanzar en paz y con diálogo. Gente que sufre hoy y que sufrió horrores en el pasado. De manera sincera y emocionada lo que es muy reconfortante. Así como hay muchos de mis compañeros que creen al igual que yo que este es el camino.

Me cuesta ponerme en tus zapatos. ¿No hubo algún momento de tu vida en que lo que primó fue la rabia?

Sí, sentir rabia es súper humano, lo que pasa es que yo creo que la política no se puede hacer desde la rabia ni desde la guata, la política hay que hacerlo desde la cabeza.

Pero, por ejemplo, cuando eras candidata a diputada, y luego de un incidente de manejo con alcohol, te dejaron fuera. ¿Sentiste que te trataban como a cualquiera?

No. Yo creo que me equivoqué, creo que la cagué, pero creo que en eso también jugó en algún lugar la incomodidad que yo le causaba a algunos dirigentes en Revolución Democrática, creo que no hubiera sido lo mismo si hubiera sido otra persona.

ME ACUERDO DE TODO

¿Cuál es tu recuerdo del día de la detención de tu papá?

Me acuerdo de todo. O sea, me acuerdo cuando me fue a dejar al colegio, entró a dejarme, me acuerdo que nos despedimos en la sala de clases…y luego el sonido de los helicópteros. Pero yo nunca pensé que lo habían secuestrado a él. Siempre pensé que como estaba Manuel Guerrero trabajando en el colegio y lo andaban buscando siendo dirigente sindical de los profesores…

¿Tú, a los 11 años ya manejabas todos esos datos, estabas tan politizada, que sabías que había un dirigente…?

Sí, por supuesto, porque era amigo de mi papá. Pero no fue hasta que llego mi mamá a buscarme que supe que se lo habían llevado. Y recuerdo que lo primero que le dije fue algo así como que me prometiera que a mi papá no le iba a pasar lo mismo que a mi abuelo. O sea, en ese momento, mi angustia más de que lo mataran, era que desapareciera, porque yo había visto a mi mamá sufrir toda la vida.

¿Tú ya sabías separar la desaparición, de la muerte con sepultura?

Sí, o sea, yo sabía que había gente desaparecida y que no sabíamos qué había pasado con ellos. Y eso me parecía una cuestión más terrible que la misma muerte.

¿Y cuándo supiste la verdad? 

Cuando mi mamá nos cuenta el sábado en la noche. A mi papá lo secuestraron el viernes en la mañana y el sábado aparecieron los cuerpos. Nos juntó a todos mis hermanos y nos contó. Y me acuerdo que al otro día, algo que me impactó mucho, era ir por la calle y leer la palabra “degollados” en los diarios, porque no sabía lo que era “degollado” y tuve que preguntar, eso fue un impacto muy grande. Y después me acuerdo del funeral, que había mucha, mucha gente. Y después tengo una nebulosa en mi cabeza, tengo como ese año borrado. 

¿Y dónde retomas la memoria?

Retomo la memoria como un año o dos años más tarde, cuando empiezo a interesarme por la política y entro a las juventudes comunistas.

Y en ese minuto ¿cuál es la sensación que primaba? ¿La recuperación de la democracia y el respeto por el otro, había rabia, había un enemigo con cara…?

Yo creo que la dictadura era un enemigo súper concreto y real. Y en esa época todos los que éramos jóvenes adolescentes, sentíamos la obligación de luchar en contra de eso. Como me imagino que hoy día los jóvenes que salen a marchar, sienten la obligación de salir a marchar.

Pero es distinto cuando el Estado, un ente represor y asesino, te ha tocado de manera tan cercano como matando a tu padre. Y ahí la pregunta es, en ese minuto: ¿quieres tomar las armas?

No, nunca quise yo tomar las armas, pero encontraba totalmente válido que hubiera gente que tomara las armas para combatir a la dictadura. Por supuesto que sí.

Desde antes de lo de tu padre te habías convertido en actriz y trabajabas en canal 7. ¿Como se conjugaba la vida política de tu familia con el trabajo en un canal dirigido por un militar?

 Yo empecé a hacer teatro a los siete años con mi abuelo, luego con Sonia Viveros en una compañía de teatro infantil y fue ahí cuando Vicente Sabatini fue a buscar a una niña para la próxima teleserie, y al parecer le gusté para un rol y mis papás dijeron que no. Pero más que una cuestión política, mis papás pensaban que era muy chica y que tenía que estudiar más que trabajar en la tele. No me acuerdo cómo me enteré yo de eso y hablé con ellos: “oye, supe que me seleccionaron para una teleserie y que ustedes dijeron que no. Y les quiero decir que deben confiar más en la educación que me dieron, porque yo creo que podría perfectamente hacerlo y sería bueno que la próxima vez me preguntaran” Y entré.

Bien precoz y determinada. ¿Qué pasó después de lo de tu padre?

No me volvieron a contratar. Volví a trabajar en televisión cuando ya había vuelto la democracia. De ahí me fui a Barcelona, estudié teatro y me dediqué.

Tu partida a Barcelona ¿qué tanto tiene de huída?

Más que una huida era una búsqueda de quién era yo más allá de mi historia. Más allá de la hija de José Manuel Parada. Y la verdad es que para mí esos años en Barcelona fueron muy sanadores, nadie me conocía y pude descubrir qué cuestiones había heredado como imposición de la figura pública y cuales eran características mías. Y sí, me sanó mucho vivir esos 13 años en Barcelona, actué con gente muy distinta, tuve un centro cultural durante cinco años con otros amigos, hacíamos fiestas, festivales de performance, serigrafía, etc. –una especie de Matucana 19 o el Trolley en Barcelona, festivales de música, festivales de performance. Viajé por Europa. Y fui muy libre. Fueron años importantes para darme cuenta de que  tengo una opinión sobre las cosas. Que siempre  estuvo allí.

¿Quién te ha sorprendido desde el oficialismo?

Desbordes; me imagino que como dirigente político, cuando hace las cosas, qué crédito van a tener para él, pero también creo que se dio cuenta que el país tenía que cambiar y decidió ponerse del lado correcto de la historia.  Cuando tienes un millón y medio de personas marchando en Santiago pese a la represión, o te haces el leso o te das cuenta de que Chile es un país que merece ser más redistributivo, que los trabajadores merecen mejores condiciones de vida

Tú eres contraria a la acusación constitucional…

Yo creo que la acusación constitucional al ex ministro del Interior, Andrés Chadwick, es razonable y tendrá que asumir las responsabilidades políticas que le toquen. Pero en estos momentos no ayuda poner en cuestión la figura del Presidente, quien debe asumir su responsabilidad gobernando.

¿Qué crees tú que hizo que tu sector se allanara a negociar las condiciones de un plebiscito y proceso para la constituyente?

El desborde de la violencia y la represión son elementos. La posibilidad de que los militares salieran a la calle estaba sobre la mesa aun cuando creo que personas un poco más sensatas como Blumel lo pararon. Pero hay más, el dólar se empinaba por sobre los 800 pesos y se podían desplomar los mercados. Ya estaban cerrando pequeñas empresas y pymes. Y cuando la economía se va al carajo son los más pobres y los trabajadores los que pagan. Había que dar una solución política. Y creo que con voluntad, ambos sectores estuvieron a la altura.

Una parte de la izquierda se sintió traicionada. Qué más gráfico que la pelea orgiástica en que terminó el Frente Amplio…

Lo del Frente Amplio es el resultante de la convivencia de dos almas. Hay quienes son más testimoniales, que creen que no hay que ceder en nada frente al enemigo, que el cielo no tiene matices. Y hay quienes creemos que la política es diálogo, que hay que transar mientras no se pierda el norte, y que con los pies bien puestos en la tierra te das cuenta de que hay oportunidades históricas para avanzar que pueden no repetirse y que no se pueden perder por puristas. Porque la gente no puede seguir esperando y quedarse finalmente con lo mismo y además en caos.

¿Qué le pasó al Frente Amplio, más allá de la pelea, cómo pasaron de ser los jóvenes idealistas que harían la política desde otro lugar, a no poder celebrar este movimiento como propio y ser vistos como más de lo mismo? ¿Es la política tradicional un monstruo grande que pisa fuerte y se roba tus sueños?

Yo creo que la política está en crisis en todo el mundo y no sólo en Chile. Y yo creo que en esa generación hay muy buenos políticos, que han hecho grandes cosas y que están comenzando su vida política. Y creo que en este momento estamos todos intentando aprender de lo ocurrido y poniéndonos de acuerdo en ciertas cuestiones mínimas para que nazca un Chile que está queriendo nacer. 

¿De todas las demandas sociales cuál es tu “desde”?

Salario mínimo, pensiones dignas, salud y educación. Hay cuestiones que no pueden ni deben ser reguladas por el mercado y que el Estado debe asegurar que sean un derecho para las personas, nazcan donde nazcan y tengan la condición económica que tengan. Luego hay que establecer una agenda anti-abuso de verdad, contra la colusión, contra la corrupción. Y por último dar señales desde la política, los altos sueldos, las prebendas. Cuando uno dice: “esto es un movimiento por la dignidad”, la dignidad no es solo económica, sino que de trato. Aquí en este país hemos vivido con chilenos de primera, segunda y de tercera categoría; y eso no es simplemente porque hay chilenos pobres, clase media, ricos y súper ricos; sino porque hay chilenos que se han sentido excluidos del desarrollo de este país con números que no dan cuenta de la desigualdad.

¿Ya, pero tú crees que se está viendo un cuestionamiento a la democracia, como la mejor solución, como la conocíamos?

Yo creo que estamos frente a una crisis de la democracia liberal que solo puede solucionarse con una nueva constitución, pluralista y representativa. Para que tengamos una política que no sea bloqueada cada vez que las mayorías quieren avanzar.

¿De qué particularidades de Chile tiene que hacerse cargo nuestra constitución? 

Bueno, creo que tiene que ser una constitución que, por ejemplo, descentralice el poder que impide el desarrollo de las regiones y de Chile.

Y tiene que solucionar el hiperpresidencialismo de Chile, que hace que todos los proyectos de ley que involucren presupuesto solo pueden ser iniciativa del Presidente. Creo que hay que avanzar hacia otros sistemas políticos, hay distintas propuestas, hay gente que dice que debería ser semipresidencial, otros que dicen que debe ser semiparlamentario; pero creo que hay que darle más poder al Congreso.

¿Tú crees que sea popular en este minuto decir que le vamos a entregar más poder al Congreso? Con el Congreso que tenemos…

Si es por lo que tenemos, entonces saquemos la figura del Presidente. No, ambos poderes deben estar más equiparados y al mismo tiempo regulados.

¿Quiénes deben estar presentes en la asamblea para que sea realmente representativa?

Primero tiene que haber cuota de mujeres electas, no candidatas. Segundo, tienen que haber escaños reservados para los pueblos indígenas. Tercero, hay que terminar con la prohibición, que está en esta constitución, de que los dirigentes sindicales no pueden ser candidatos. Cuarto, hay que bajar las exigencias para que los independientes puedan ser candidatos, porque hoy se necesita una cantidad de firmas muy alta.

¿Cuál para ti ha sido una mala experiencia de asamblea? 

La asamblea venezolana, por ejemplo, derivó en una mala experiencia. 

¿Y cómo evitas llegar a una experiencia como esa?

Es importante que la ley orgánica que va a regularla diga claramente –y lo dice el acuerdo que firmaron los políticos- que solo tiene como función hacer una constitución y una vez que se entrega la constitución para votar en plebiscito, se autodisuelve.  Segundo, creo que es súper importante poner un plazo de tiempo que sea súper definido. En el acuerdo que firmaron los políticos creo que el plazo es de ocho meses; no sirve de nada tener una asamblea que esté tres años discutiendo la constitución. Creo que esta decisión que tomaron en el acuerdo de que el quórum sea de 2/3 para decidir qué va dentro de la constitución y lo que no se logre en el acuerdo de 2/3 queda fuera de la constitución, también es una buena decisión, porque genera un incentivo para ponerse de acuerdo.

¿Por qué causas incomodidad?

Porque soy independiente, porque digo lo que pienso, porque soy poco dogmática y porque estoy, quizás, disponible a veces, a encontrarle razón a los otros.

¿No te han dado ganas como de armar el partido de los que no son dueños de la verdad absoluta?

No. Esto me lo han preguntado harto en la última semana. Irse de un partido es como separarse, divorciarse, uno tiene que hacer un luto e igual creo que es importante militar. Pasas una cantidad de tiempo grande con tus compañeros, vas a muchas reuniones y es una parte de tu vida que ocupa tiempo, energía. No es como que ando vitrineando nuevos partidos para irme o que tenga ganas de armar ahora un nuevo partido. Yo creo que las fuerzas políticas se van a reconfigurar después de este estallido. No creo que va a quedar todo igual ni que vamos a seguir haciendo política como hacíamos hace un mes y medio. 

Y si armaras un nuevo referente, ¿tomarías algo de la mirada del neoliberalismo?

Nada. O sea, no es que no lo respete, pero yo no comparto las soluciones de la derecha. Yo me considero una persona progresista, bastante liberal y creo que hay un montón de cuestiones que no pueden estar al arbitrio del mercado y que el Estado tiene un rol que jugar importante. Creo en un buen Estado más que un Estado más grande, creo que hay cuestiones que el Estado tiene que asegurarse que sucedan. Eso no significa que las tengas que proveer todas. Podría ser que para tener un mejor sistema de salud, haya que encontrar un sistema mixto donde hallan servicios públicos, servicios privados y servicios que quizás sean provistos por cooperativas de médicos; pero el Estado tiene que asegurar la calidad de todo eso. Y al mismo tiempo el Estado tiene que fomentar el desarrollo de nuevos sectores económicos. Y eso se hace de la mano del sistema privado, pero del acompañamiento de las políticas públicas. Eso creo que es una gran diferencia entre la derecha y yo. Yo creo en lo que alguna vez fueron las políticas industriales. Y eso no lo hace el mercado por sí solo, menos en Chile que tenemos una clase empresarial bastante conservadora, no sólo en lo moral, sino que también en lo económico.

¿Crees que todo este proceso nos va a empujar realmente al futuro, un futuro más justo?

Hay que ponerle mucho trabajo para que esto se transforme en lo que está pidiendo la gente, que son condiciones dignas de vida. Y hay que hacerlo con cautela. Que si no se hacen bien las cosas, haya una regresión democrática y terminemos con un Bolsonaro de presidente. Y eso podría ocurrir, y por eso creo que es tan importante cuidar el ambiente político que paren las violaciones a los derechos humanos. Por eso es tan importante que todos los sectores políticos estén disponibles para trabajar juntos, para impulsar la agenda social, para impulsar la agenda anti-abusos, para impulsar el proceso constituyente. Creo que tenemos una gran oportunidad que requiere de mucha generosidad de los actores, que requiere tajantemente de justicia para que no haya impunidad –que fue lo que ocurrió en la dictadura- y de mucha voluntad de todos los actores involucrados. Y por momentos he tenido el temor de que no estemos a la altura de tanta  responsabilidad.

Así como le temes al efecto Bolsonaro, ¿no le temes al populismo que puede terminar diezmando al país? 

A ver, yo creo que este país puede distribuir muy bien su riqueza. Desde que gastamos una cantidad de plata en Fuerzas Armadas que no es necesario, etc. Y definitivamente podemos hacer un esfuerzo de redistribución mucho mejor. Pero insisto que para dar respuesta a todas las demandas que están presentes hoy en el movimiento, se necesita un nuevo tipo de economía, o sea, este país como está, ya no da más. O sea, no es por nada que hemos estado dejando de crecer como crecíamos antes y eso necesita de incentivos de parte del Estado y de una clase empresarial que esté dispuesta a innovar, a probar, investigar y arriesgar. Los países del Asia que saltaron al desarrollo en los últimos 30 años, lo hicieron gracias a pactos de desarrollo que ocurrieron…

Ya, pero aquí hay un problema, que las cosas vienen aparejadas. Lo que estamos haciendo es pegar un salto gigante y absolutamente necesario en la base social. Que tenía que hacerse, pero la economía que va a sostener eso, tú no la puedes modificar de un día para otro para pegarse el salto.

No, por supuesto, obvio que no. Por eso digo que este es un proceso que va a ser largo.

¿Crees que la gente entiende que de aquí a seis meses no van a tener todo lo que están pidiendo?

Creo que la gente es súper inteligente y que entiende mucho más de economía que lo que uno cree. Si de alguna manera han logrado sobrevivir ganando $350.000 todo este tiempo tienen más que claro que las cosas cuestan.

Pero ¿tienes miedo de que la calle movilizada obligue al Gobierno a dar más de lo que realmente puede, y eso en algún minuto produzca un verdadero quiebre en la economía, que produzca una regresión?

No, yo no creo que lo que está ocurriendo en la calle pueda paralizar la economía. Creo sí que es urgente que la actividad económica vuelva a funcionar. O sea, que los negocios puedan abrir hasta la hora en que cerraban, que la gente pueda volver normalmente a sus trabajos y que no se tengan que ir temprano porque se demoran tres horas en volver…

Cabe la pregunta de cajón: ¿cómo se desactiva la violencia extrema de grupúsculos que no son sensibles ni a anuncios, ni a constituyentes?

Yo creo que mientras antes estén las demandas sociales y las demandas que tienen que ver con la agenda anti-abuso que es lo que tienen a la gente movilizadas todavía- y por lo tanto la gente entiende que ya no es necesario movilizarse porque se cumplieron por lo menos los objetivos básicos, quedan los violentistas aislados.

¿Qué señales claras faltan ya para ordenar el país? 

Yo creo que es urgente, pero urgente -obvio que no se puede hacer mañana- reformar Carabineros de Chile y las Fuerzas Armadas…

Yo les cambiaría hasta el color. Les pondría pantalón corto, celeste…

Eso hicieron en España después del franquismo, le cambiaron el color al uniforme; era gris y le decían “los grises”, se los cambiaron, pero además hicieron una reforma. En Nueva York, en los ’80, que era una policía totalmente corrupta, reformaron el cuerpo de policía; se demoraron 10 años y no es algo que se hace de un momento a otro. Pero Chile tiene que hacer eso, necesitamos instituciones policiales que sean respetadas por su pueblo y hoy día, de verdad, es que la gente no siente ningún respeto por Carabineros, y esta represión excesiva y la violación a los derechos humanos en el último mes, no han ayudado en nada a eso. Yo creo que es imperativo formar o refundar una nueva fuerza policial nacida en democracia, con estándares de derechos humanos elevados, etc. Creo que eso había que hacerlo hace muchos años y hoy estamos pagando las consecuencias de que el mundo político no se haya puesto de acuerdo en eso y lo haya hecho. Y bueno, la evidencia es terrible. 

¿Qué se hace con todos los detenidos por desmanes? Son muchos.

Tienen que ser procesados. Hay cuestiones que no se pueden hacer, no se pueden saquear las tiendas, no se pueden quemar buses; esa gente tendrá que cumplir con lo que dice la ley.

¿Qué pasa con el principio de que somos seres con deberes y derechos?

Yo creo que las chilenas y los chilenos eso lo sabemos muy bien. Yo creo que la gente, y parte del enojo también tiene que ver con eso, ha trabajado todo lo que le han dicho que trabaje, ha estudiado porque si le dijeron que si estudiaban en la universidad, iba a tener un futuro mejor, pagan sus impuestos; o sea, han hecho todo lo que han debido hacer y aun así no llegan a fin de mes. Entonces sienten que se los pichulean y aún así sienten que si la gente rica o los políticos cometen un delito, no es tan terrible y terminan yendo a clases de ética…

En un mundo de acciones y señales. Las acciones toman tiempo, pero las señales no. Si tú fueras gobierno en este minuto ¿cual sería la primera medida que tomarías para dar señales de un cambio?

La agenda anti-abuso y corrupción, porque la sensación de la gente de ser abusado no es simplemente porque le pagan mal, sino porque se los culean todo el rato y a costo cero. Y segundo bajarse los sueldos. Que fue planteado por Jackson y boric hace cinco años. Y desde esa época, al igual que el Partido Comunista, entregan la mitad del sueldo.

¡Pero al partido! La gente no lo ve como una gran diferencia. Platita para los amigos del partido.

Lo importante es que cobren menos. Y lo último, creo que es imprescindible que hayan señales claras en derechos humanos, yo creo que hay que destituir al General Director de Carabineros, alguien tiene que asumir la responsabilidad de lo que ha ocurrido; no puede ser que haya más de 200 personas con daños en los ojos, que haya un número importante de muertos por la acción policial. Basta con las comparaciones con la represión en otros países. Lamentablemente aquí la derecha apoyó durante 17 años una dictadura y por lo tanto tienen que dar credenciales democráticas y de derechos humanos mucho más que el resto, y es algo con lo que van a tener que vivir, hasta que prueben lo contrario. 

Te ha tocado estar afuera, ¿cómo se está viendo Chile desde afuera?

Está la gente muy preocupada por el tema de los derechos humanos, por un lado y por otro lado hay mucha gente inspirada por las movilizaciones Se ve una cuestión muy esperanzadora, como este gran movimiento que ha logrado remecer a la política y cambiar asuntos que no resistían más 

Trabajaste con Bachelet, quien estuvo lejos de lograr lo que la calle está logrando hoy. ¿Cómo ves su gestión?

Creo que el gobierno de la Presidenta Bachelet fue el gobierno más transformador que ha habido desde la UP. Intentó hacer reformas estructurales que avanzaran en los límites de lo posible con el pacto económico al que se llegó en la transición. Y yo creo que ahora ella está cumpliendo un rol importante en su labor de alta comisionada. La nueva constitución es vital. Cuando nosotros en 2013 estábamos trabajando para la asamblea constituyente, veíamos que muchas de las cuestiones que estaban en la discusión pública, requerían de un cambio constitucional para poder avanzar.

La nueva constitución, no va a solucionar todos los problemas, pero nos va a dar un espacio distinto para generar la política y ponerla más cerca y al servicio de las grandes transformaciones que necesitamos. Se ha criticado mucho a la clase política por tener que esperar a este estallido para sumarse a las demandas pero probablemente los cambios sí hubiesen encontrado su camino de no haber existido tantas ataduras y candados impuestos por una constitución escrita al servicio de aquellos que justamente le temían al cambio, más que al demonio. 

¿Te das cuenta que para mucha gente, con tu acitud dialogante y tu irrestricto apego a la democracia, representas una esperanza?

Yo tengo la esperanza de que este país explote de justicia y dedicarme al arte y al teatro. Que me viene bien la ficción. 

Ahí tienes la ficción. Creer que puedes arrancarte. Y que no se te ven las lágrimas. Naciste para esto. Y aquí vas a seguir. Con todos tus muertos. SML


Hace diez años aparecía Correr el tupido velo, el extraordinario libro con el que debutaría Pilar Donoso en la literatura; una obra en la que abordaba las fisuras en la historia de su padre, el escritor José Donoso, y la tragedia de su propia existencia. la crítica fue entusiasta, pero se leyó de manera morbosa y sin resaltar su valor literario, indiscutible. A eso se suman dudas persistentes: ¿y si Pilar no se hubiese quitado la vida a los 44 años? ¿cuánta genialidad fina le seguiríamos leyendo? Podríamos aventurar  que probablemente habría opacado a su padre, y que él sería hoy más bien conocido como el padre de Pilar Donoso.

Por Diego Zúñiga / Fotografía. Centro de Documentación e Informaciones CDI – Grupo Copesa S.A.

Pilar Donoso nació en Madrid en 1967 y fue adoptada por José Donoso y María del Pilar Serrano cuando tenía tres meses. Ellos la fueron a buscar a las Inclusa de Madrid, hogar de acogida donde vivía, y se la llevaron a Pollensa, en la isla de Mallorca, donde pasarían esos primeros meses juntos. Pilar, entonces, acompañaría la vida nómade de sus padres y viviría en ciudades de España y Estados Unidos, hasta que en los ‘80 se radican en Chile. Aquí, estudia Psicología y Relaciones Públicas (ella misma contaría que no terminó ninguna de las dos), y trabaja organizando seminarios para empresas, colabora con algunos medios escritos, y es relacionadora pública de Hermès. Se hace cargo de sus padres -ya mayores-, pero también intenta hacer su vida: se casa con Cristóbal Donoso, su primo, y tienen tres hijos (dos mujeres y un hombre). 

Cuando muere José Donoso, en diciembre de 1996, ella sabe que tendrá que encargarse de su legado, que no eran sólo los casi veinte libros que publicó -entre novelas, cuentos y artículos periodísticos-, sino también los 64 tomos en los que escribió, con un lápiz Bic negro y pésima letra, sus diarios de vida, inéditos hasta el momento en que ella, Pilar, decide leerlos y hacer algo con ellos. Ese algo será Correr el tupido velo. Ahí comienza su corta carrera en las letras y el martirio que sería su vida en adelante. 

Un libro en el que Pilar Donoso revisa los diarios de vida de su padre y, a partir de ellos, construye una suerte de biografía, en la que inevitablemente termina repasando su propia existencia en un ejercicio conmovedor y descarnado.

Cuando apareció Correr el tupido velo, en diciembre de 2009, el libro fue leído -cómo no- desde el morbo, desde la curiosidad biográfica, desde la figura totémica e inevitable de José Donoso. 

Las reseñas, que fueron muchas y elogiosas y firmadas por varios de los amigos de Donoso, como Mario Vargas Llosa y Jorge Edwards, apuntaron a una lectura bastante referencial del libro: se obsesionaron con los fragmentos del diario que seleccionó Pilar Donoso y sucumbieron ante la emotividad de un texto devastador, pero cuyos méritos literarios -importantísimos- no fueron resaltados como lo merecía. 

En otras palabras: lo que importaba -en esas lecturas- era el padre, sus diarios, su vida, los chismes, los pasajes incómodos, los secretos develados. Eso y no la literatura. Eso y no la escritura de Pilar Donoso, que fue quien construyó un artefacto literario ambicioso, híbrido, que va muchísimo más allá del simple testimonio y el cotorreo. 

Hoy, cuando han pasado casi diez años desde su publicación, y acaba de llegar a librerías una nueva edición de Correr el tupido velo (Alfaguara), lo que ha sobrevivido es esto: una obra llena de pliegues y recovecos de sentido, un libro que resiste una y muchas lecturas, un trabajo que se puede leer como una novela, pero también como una biografía y sobre todo como un objeto inédito; construido con materiales documentales -diarios y cartas- que le permiten indagar en el horror que esconde toda familia chilena. 

La escritora Pilar Donoso en su casa de la comuna de Providencia.

Eso:

Una novela sobre la familia chilena.

Una biografía sobre un escritor desbordado.

Una carta desgarradora de una hija adoptiva a un padre.

Una autobiografía involuntaria. 

Fueron años de trabajo, unos siete al menos, los que dedicó Pilar Donoso a escribir. Cuando ya había revisado buena parte de los diarios de su padre, cuando ya había terminado y revisado un primero capítulo, decidió compartirlo con la editora Cecilia García-Huidobro, quien la acompañaría durante buena parte del proceso de escritura y quien firma el prólogo que abre esta nueva edición del libro. 

“La lectura de las primeras páginas del texto me deslumbró por completo”, recuerda García-Huidobro, quien conoció al padre de Pilar y trabajó con él en la recopilación de sus artículos periodísticos. Era, entonces, una interlocutora ideal, quien fue leyendo capítulo a capítulo el manuscrito. 

Fue un proceso largo. García-Huidobro rememora que “Pilar interrumpió la escritura cuatro o cinco años, lo fue demorando. Ella se sentía muy sola con respecto de la escritura, sabía que estaba en un campo minado en lo que estaba haciendo, y yo fui principalmente un apoyo literario”. 

Lo que estaba haciendo era enfrentarse a los fantasmas de una familia que en sus textualidades -diarios, cartas y escritos íntimos- iba a mostrar todas sus grietas. Y sus secretos: la homosexualidad del padre, el alcoholismo de la madre, la avaricia y muchas de las miserias humanas que conforman a cualquier familia. Pero, además, Pilar iba a indagar en su origen, el origen de una hija cuya relación con su padre adoptivo siempre fue compleja, intensa, llena de silencios que se iban a explicar, muchos de ellos, en los diarios que revisaría para construir este libro. 

En un momento importante, escribe: “mi padre me enseñó a mirar, a observar, a escuchar a través del dolor y de las fisuras internas. La falta de identidad, de esa identidad tribal, ancestral, de la que no tengo conocimiento, finalmente la encontré en estas páginas. De modo que hoy sí tengo una historia, mi propia historia. Sólo hace falta correr el tupido velo”. 

“Creo que ella, al principio, tenía una posición bastante ingenua de lo que estaba haciendo literariamente hablando, se sorprendía de los comentarios que le hacíamos algunos lectores sobre su manuscrito. Creo que eso le generó una libertad importante y pudo encontrar, prontamente, el tono del libro, que me parece que es uno de sus mayores aciertos”, dice García-Huidobro. 

A pesar de aquella ingenuidad literaria, luego convertiría eso en una serie de estrategias narrativas muy sorprendentes, donde cruzaría su narración más personal con la vida que su padre desplegó en sus diarios. Siguiendo su biografía, sus viajes y los demonios literarios que nunca dejaron de acecharlo, Pilar Donoso también va reconstruyendo su propia vida a lo largo del libro, en una suerte de fuera de campo que se vuelve cada vez más complejo y poderoso en la medida que uno avanza en las páginas. Y que se vuelve más relevante incluso cuando uno vuelve a leer el libro y sólo se fija en ella, en esa trayectoria vital, ya despojada de la figura imponente del padre.

Pilar Donoso sabía perfectamente que todo lo revelado cubriría, en una primera instancia, la lectura de su libro, y estaba preparada para eso.

“Como hija, soy protagonista de muchas versiones noveladas de la memoria creativa de mi padre: soy mala, adorable, acusadora, ladrona, abnegada, asesina, ajena, protectora, cruel, generosa, lapidaria, madre y muchos roles más que se entremezclan en una relación amor-odio más allá de lo comprensible. Sigo pasando las páginas de los diarios y, por momentos, decido no continuar, pero se vuelve una necesidad: quiero saber más, meterme en esa mente atormentada por la paranoia y el miedo a ser descubierto”.

“Fue una recepción muy morbosa, algo que ella previó. Lo sopesó bastante, se demoró en terminar el libro, en publicarlo. Por eso también, y lo publicó temiendo que esa iba a ser la recepción. Y lo fue, y, claro, tuvo costos porque siempre hay personas que quedan heridas, los protagonistas, su familia”, explica García-Huidobro. 

Piensa en lo que escribe en esa primera página. Esa primera página que dice: “escribir este libro tuvo grandes consecuencias para mí, pérdidas irreparables y, seguramente, habrá más…”. 

Hubo consecuencias grandes, peleas familiares, fracturas irreparables y una muerte, su muerte voluntaria, casi dos años después de que apareciera el libro.

¿Cuáles fueron esas consecuencias? En una entrevista concedida a la periodista María Cristina Jurado para revista Ya, justo después de la publicación de Correr el tupido velo, la escritora no se ahorra detalles: “perdí mi matrimonio y mis hijos se fueron. Con Cristóbal -que es mi primo, y por eso nuestros niños se llaman Donoso Donoso- tuvimos una mala separación y estamos en medio de un juicio de divorcio. Muy duro. Pero, mirado desde hoy, yo los comprendo a ellos. Era imposible que me entendieran, porque no leían lo que yo estaba leyendo. Sólo sufrían. Todos mis descubrimientos, todo el dolor que me provocaron ciertos juicios de mi papá, el caos en mi casa, los silencios y la debilidad de mi mamá. La forma brutal con que me enteré de cosas”. 

“Ese libro me removió con una intensidad que me obligó a replantearme absolutamente todo. Quién era yo, cómo era mi vida, lo que había hecho hasta ahí. Me tuve que reconstruir como ser humano, y en esa reconstrucción no me reconocí ni yo ni mi pareja. Ellos sufrieron mucho, igual que yo. Lo veían desde afuera: sufrieron con la depresión que me provocó esa lectura -muchas veces fue tan fuerte que tuve que guardar los papeles, y después los retomaba-, cómo fui cambiando y cómo me convertí en una isla. Aunque, en verdad, siempre me he sentido una isla. Desde mi infancia”, agregó.

El 15 de noviembre de 2011 fue una de sus hijas quien la encontró muerta. Según reportó la prensa, la causa habría sido una intoxicación por medicamentos. Una muerte solitaria en su pieza de su departamento de Los Leones, en Providencia. Una pieza cerrada con llave a la que se pudo acceder sólo después del trabajo de un cerrajero. 

Tras ese hecho radical y feroz, imposible no volver a retroceder a 2009, cuando a propósito del lanzamiento de su libro, en Radio Cooperativa, Pilar Donoso reveló que “yo creo que (José Donoso) manipuló su visión de mí, esa es la pregunta que yo no puedo descubrir en sus diarios, creo que él estaba teñido de su propia ficción y todos éramos parte de sus personajes, él tenía un disfunción entre la realidad y su mundo interno delirante, y eso lo hacía ser creativo. Incluso hay una parte de un proyecto de una hija que descubre los diarios, que no conoce la historia (de su padre) y se suicida. Cuando leí eso dije: qué está haciendo, está proyectando lo que quiere que pase, está fabulando sobre lo que me puede pasar cuando los lea, pero no lo voy a saber. El se proyectaba más allá de su muerte con estos diarios y el resultado es descubrir un ser complejísimo”.

En marzo de 2010, Alejandro Zambra publicaría una columna en La Tercera titulada “La literatura de los hijos”. Sería un texto dedicado a Correr el tupido velo -una lectura atenta, cuidadosa, cercana-, pero también, sin querer, sería algo más: una idea que luego se convertiría en una suerte de categoría para entender toda una literatura, “la literatura de los hijos”, la literatura escrita por los que fueron niños durante la dictadura y que luego crecieron y escribieron sus propios libros, sus propias historias, más allá del protagonismo de sus padres en esos años oscuros de Chile. Es el libro de Pilar Donoso el que llevó a Zambra a pensar en esto, en esa idea que luego él desarrollaría en su novela Formas de volver a casa.

En la columna, él anota: “¿qué se hace con los libros escritos por el padre? ¿solamente leerlos y aceptarlos? La mera existencia de esas novelas es un llamado a escribir la historia propia”. 

Y luego añade: “¿debió Donoso guardarse esos papeles, quemarlos, editarlos? No lo sé. No sé muy bien qué pienso sobre esta historia. Por el momento, el libro de Pilar Donoso me interesa mucho más que las novelas de su padre. Lo digo sin ironía: quienes nacimos a comienzos de la dictadura crecimos buscando y contando la historia de nuestros padres y tardamos demasiado en comprender que también teníamos una historia propia. Tal vez por eso me parece bella la imagen de una mujer leyendo los cuadernos de su padre y anotando en los márgenes, por fin, los indicios de una historia propia”. 

“Es un libro que al momento de su publicación original se leyó muy de cerca de la historia a la que se refiere: la de la familia Donoso y su complejidad tan oscura a ratos”, explica Paz Balmaceda, editora de Alfaguara y de quien fue la idea de reeditarlo, pues era inencontrable en librerías.

“Me sorprende aún que gran parte de los comentarios del libro provenían de hombres, muchos cercanos al propio José Donoso, y que seguían refiriéndose a Pilar como “Pilarcita”, una niñita que de pronto se había “rebelado” contando secretos familiares. Hoy, diez años después, se lee desde otro lugar que sin duda es más justo hacia Pilar, y se merecía esta distancia con su recepción inicial, pues es un libro excepcional, tremendamente bien escrito. Los materiales que usa y cómo los trenza para contar una historia familiar que en muchos puntos es cualquier historia familiar es magistral”, añade.

Leer hoy Correr el tupido velo es entrar en un libro absolutamente distinto del que se leyó hace diez años. E inevitablemente acecha una pregunta que no tiene respuesta, pero que murmulla a lo largo de todo el libro: ¿qué hubiese escrito Pilar Donoso después de esto? Porque la sensación es esa, que aquí comenzaba una historia literaria, que este era el debut de una escritora que seguramente podía —y debía— entregar muchos y valiosos libros. Cecilia García-Huidobro recuerda que ella tenía otros proyectos, algunos apuntes que pensaba convertir en una historia o en muchas historias. 

Pero todo ese futuro ya no es más que ficción. 

Queda, al menos, este libro hermoso y terrible, que seguramente va a seguir siendo leído por los que vienen. Porque libros así no abundan en la literatura chilena. sml


En 31 rue Cambon, la legendaria escalera espejada conduce a los salones de Alta Costura en el primer piso y al estudio de Creación en el tercer piso. Entre los dos hay un lugar extraordinario, el apartamento de Gabrielle Chanel.


Para despejar la paja del trigo, y para hacer una lectura con gran angular sobre la violencia feroz que ha sufrido el país desde el 18 de octubre pasado, el rol de la izquierda y las heridas abiertas que dejará el estallido social es esta conversación de LAS dos voces más lúcidas en materia de actualidad: Cristóbal Bellolio, doctor el Filosofia Política, y Max Colodro, sociólogo y filósofo. Un diálogo, apostamos, oportuno hoy y vigente cuando, en un tiempo más, haya que repasar la historia chilena del siglo XXI. 

Por Rita Cox / Fotografías: Sebastián Utreras.

Si me preguntaran por los mejores analistas políticos de Chile, uno de ellos sería Max Colodro. Pero fueron otras las razones que me llevaron a aceptar la invitación de SML para entrevistarlo. En medio de la crisis social más profunda que ha vivido el país en las últimas décadas, donde la violencia ha jugado un rol central, me parecía especialmente interesante conversar con un hombre que alguna vez abrigó los sueños utópicos del comunismo y poco a poco fue virando hacia las medias verdades del liberalismo. Pero son justamente esas medias verdades del liberalismo, con su rigor procedimental y el formalismo de sus medios, las que han sido asediadas a punta de convicción histórica y resolución generacional. De algún modo, pareciera, la utopía ha vuelto por sus fueros, a terminar un trabajo que fue interrumpido hace 46 años, cuando la familia de Max partió al exilio. 

Tú participaste en las Juventudes Comunistas, ¿no?

Sí, en la década de los 80. Del 83 al 90.

¿Qué edad tenías?

De los 16 a los 21-22.

Tradición familiar, porque tú viejo también estuvo en el Partido Comunista (PC).

Mi viejo participó en el gobierno de la Unidad Popular, mi mamá también, como militantes comunistas; por eso nos fuimos al exilio tras el golpe. Mi papá tenía una gerencia en el Banco Central y mi mamá trabajaba en la Secretaría de Distribución con el general Bachelet. Eran profesionales muy jóvenes.

Pero ambos se fueron.

Él incluso se fue antes. Pero no sentí que abandonara sus ideales. Yo también venía haciendo una crítica muy fuerte al PC, que empezó cuando insistieron en la lógica de la rebelión popular después del fracaso del atentado de Carrizal Bajo, en no querer mirar que el escenario se estaba moviendo claramente en la dirección del plebiscito. Yo resistí hasta el ’90. Mi papá es de los ex militantes comunistas que pasó al PPD, junto con Pato Hales, por ejemplo, en esa época.

¿Crees que hay alguna conexión entre el impulso insurreccional de esa generación, de romper las reglas que se consideran injustas, con lo que está ocurriendo ahora?

Le veo mucho más legitimidad social y cultural, incluso, a lo que está ocurriendo ahora. Lo del PC lo sentí una cosa un poco forzada, muy influenciada con lo que había ocurrido el año ‘79 en Nicaragua; y con el hecho de que los comandantes que se estaban formando en el extranjero para lo que terminó siendo el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, estuvieron muy influenciados por la revolución nicaragüense. Lo que el PC estaba haciendo era una lectura muy poco objetiva de lo que estaba ocurriendo en Chile y de la viabilidad de su alternativa; de hecho, la historia demostró que la viabilidad era ninguna.

¿A qué te refieres con que la pulsión insurreccional tendría más legitimidad en el actual escenario?

El 70-80% del país se identifica con lo que está pasando, con el fundamento que hay detrás de esto; siento que esto es algo que responde a una cuestión mucho más objetiva, mucho más generalizada, masiva.

¿Es efectivamente la violencia “la partera de la historia”? ¿Es ese mecanismo que los liberales quisiéramos excluir del repertorio permisible, pero que vuelve a recordarnos cada cierto tiempo que eso no es posible?

Yo creo que efectivamente la violencia es parte de nuestra naturaleza. Hemos evolucionado por nuestra capacidad de imponernos por la fuerza a otras especies. Por lo tanto, la violencia es un factor evolutivo; el tema es cómo se ejerce la fuerza. Lo que nosotros hacemos como sociedad, después, es tratar de contener eso, de ponerle reglas, de normar, porque si sigue funcionando como funciona con el resto de las especies, seguimos siendo animales y no seres civilizados, no tenemos capacidad de desarrollar lo que Freud llama la cultura. Pero el fenómeno subyacente es que vamos a vivir condenados a lo que Freud llama “el malestar de la cultura”. El malestar de la cultura es la necesidad de tener que reprimir este tipo de pulsiones, las pulsiones sexuales por un lado, las pulsiones violentas y de dominio por el otro. 

…que de cuando en cuando salen a la superficie. 

…y que tarde o temprano hay circunstancias que gatillan que eso termine subiendo de nuevo a la superficie igual. 

Ok, pero esa es una constatación empírica. La pregunta es cómo se vincula con el plano normativo, con lo que debemos hacer, con lo que está justificado hacer. Mucha gente cree que la constatación empírica pasa de contrabando una justificación normativa. 

Yo no la estoy justificando, la estoy constatando; creo que es parte de la naturaleza –de la naturaleza humana- y que los seres humanos hacen un gran esfuerzo para reprimirla. En términos absolutamente ideales, uno debiera encontrar una manera de funcionar en torno a reglas, que son las reglas de la deliberación, de la racional, de lo que Habermas llama “el diálogo racionalidad”, ser capaz de poner sobre la mesa argumentos y discutir y llegar a acuerdos en función a argumentos. Pero en la vida real eso no ocurre nunca, a mi juicio. En la vida real lo que hay, en definitiva, es lógica de violencia y lógicas de poder que se imponen unas a otras, y que de alguna manera después se legitiman en función de relatos o discursos que cumplen la función de legitimar esa violencia. 

¿No es esa una derrota para el liberalismo?  

Sí. Yo creo que el liberalismo parte desde ciertos ideales que a mí me cuesta mucho asumir, estar de acuerdo con ellos, y ese es uno de ellos: la idea de que uno puede eventualmente aspirar a algún orden, donde no haya el imperio de la fuerza de uno sobre el otro, de la violencia como expresión.

Eres más agonista en ese sentido…

Claro. Y cuando uno mira la historia y cuando uno mira la propia lectura que uno hace de hechos históricos, uno siempre está justificando la violencia. Por ejemplo, ¿qué es lo que hacemos el 18 de septiembre? ¿qué es lo que hicieron nuestros padres de la patria? 

¿cómo resolvieron el tema de la tensión con España, del conflicto con España? Cuando le rendimos homenaje a la resistencia en el gueto de Varsovia, ¿qué es lo que estamos haciendo?

De acuerdo, pero si todos los orígenes o hitos fundacionales son violentos, entramos en un espiral donde yo justifico mi violencia de hoy porque tú me la infligiste antes…

Hay que asumir que hay condiciones extremas que te llevan a justificar la violencia. Puede ser la lucha por la independencia de Chile, puede ser la Segunda Guerra Mundial, puede ser el terrorismo…

Y luego los ganadores construyen un relato que justifica por qué en ese caso particular sí y en otros no. Pero esa violencia hace nacer una nueva norma, y la idea es que ahora juguemos con esa norma. 

Uno debe aspirar a que sea esa nueva norma sea lo que prevalezca. 

¿Crees que esa pulsión violenta está más presente en los jóvenes que en los viejos?

Yo creo que sí, porque los jóvenes de hoy en día tienen menos convicciones respecto de la necesidad de la regla, de la normatividad. 

¿No es lo que algunos llaman anomia?

No necesariamente. Yo creo que a los jóvenes de hoy se les ha reforzado la idea de que los derechos y las aspiraciones por las que luchan permiten correr los límites de lo posible. Y dentro de esos límites están precisamente los límites de cómo se ejerce la autoridad, en primer lugar, dentro de la familia. Son jóvenes que miran a sus padres en función de relaciones más bien horizontales que verticales, donde los principios de autoridad están relativizados; y es algo que vemos en todos los ámbitos de la sociedad. Viene más bien de afuera hacia adentro, hacia la familia; y eso hace muy difícil que tú puedas convencer a los jóvenes de que las normas tengan un valor intrínseco y que el cumplimiento de las normas y de los límites, por lo tanto, es lo que permite que podamos vivir en comunidad. 

Pero los más viejos, que dicen rechazar la violencia según las encuestas, al mismo tiempo están a favor de la causa y parecen dispuestos a asumir ciertos costos, los costos que genera la violencia y que se asumen con la esperanza de un futuro mejor.

Así es, y ahí hay una gran inconsistencia. En este movimiento que se ha desencadenado en Chile, la relación entre la protesta pacífica y la protesta violenta es una relación íntima. Responden al mismo origen, al mismo fenómeno. No se puede decir: “yo apoyo un lado del fenómeno y rechazo el otro”. Es como decir “yo me voy a quedar con la moneda, pero rechazo una de las caras”. Si me quiero llevar la moneda al bolsillo, tengo que quedarme con las dos caras, no puedo llevarme sólo una cara.

Jodido. Los manifestantes pacíficos no aceptan hacerse cargo de la dimensión violenta. 

Si quieren ser consistente, tienen que hacerse cargo de esa dimensión. Por supuesto que ha habido manifestaciones pacíficas que no han tenido como desenlace la violencia, pero la probabilidad de que una manifestación pacífica termine en hechos de violencia, hoy día, es prácticamente uno. Todas las manifestaciones están terminando, o tienen en su entorno, acciones de violencia, que son parte de la misma expresión, a mi juicio.

Cuando tú estabas en la Jota, y estaba vivo el sueño insurreccional, la cara del adversario estaba súper clara: había que echar abajo el gobierno dictatorial, Pinochet era el enemigo. Pero parece que enemigo de hoy tiene muchas caras. No está enteramente claro contra qué, contra quién… ¿Crees que eso hace más complejo el procesamiento de lo que está ocurriendo? 

Yo creo que sí. Efectivamente hoy se está luchando contra algo que es mucho más abstracto, por decirlo de alguna manera. Los conceptos que uno escucha son conceptos que tienen un mayor nivel de abstracción. Hoy se pelea por cuestiones que tienen que ver con la naturaleza de un orden social, finalmente. En el caso de la dictadura, claro, había un orden social implícito, pero el tema de la dictadura por sí mismo y de lo que representaba y simbolizaba Pinochet por sí mismo, lo hacía mucho más tangible, lo encarnaba en un ser, en un personaje. Ahora, algo de eso he visto en este esfuerzo por convertir a Piñera en un dictador. Mucho de lo que observo es una especie de idealización que hace una nueva generación respecto de lo que fue la lucha contra la dictadura. En cierto modo, los ha llevado a ellos a sentir que necesitan su propio tirano, que necesitan su propio dictador que viole los derechos humanos y al cual poder derrocar.

Probablemente necesitamos de las certezas de cierto maniqueísmo moral, algo que nos permita asegurarnos que estamos del lado correcto.  

Sí. Algo de ese dispositivo ha operado en este escenario, que se plasma en la necesidad de convertir a Piñera en un dictador que viola los derechos humanos. Lo veo mucho en la generación que no vivió los traumas del quiebre de la democracia. Cuando converso con gente adulta, e incluso con gente adulta muy de izquierda, me dicen: “yo no quiero que renuncie Piñera, me parece que el costo de eso para la democracia es muy grande”. Pero los cabros más jóvenes piensan “este es un dictador que viola los derechos humanos”, y en consecuencia hay toda una épica en echarlo abajo. De alguna manera, lo siento muy asociado a una cierta idealización de lo que fue la lucha contra la dictadura, de parte de las nuevas generaciones, esa épica. 

Al comienzo me dijiste que creías que la profundidad del cambio que se exige hoy es mayor que el cambio que se exigía en dictadura, que era básicamente el fin del régimen. Yo habría pensado que no hubo fractura mayor que esa. Pero efectivamente parece que esta fractura tiene otras dimensiones y complejidades que superan el cambio de gobernante. 

Sí, yo creo que tiene una complejidad mayor. Por eso es más difícil encasillar bandos en categorías o lógicas dicotómicas, en la lógica maniquea. En la época de la dictadura el maniqueísmo era algo que pertenecía a la base de las cosas. Estaba siempre ahí. 

Había más consciencia de “mi bando es bueno y tu bando es malo” …

…y estabas en un contexto de Guerra Fría que ayudaba a eso. 

Chile en la dimensión universal

La dicotomía era global…

Claro. Pinochet y el imperialismo eran parte de lo mismo. La lucha contra la dictadura y la lucha por la revolución y el socialismo, eran parte de lo mismo. 

Algunos analistas creen que no hay nada raro en lo que está ocurriendo en Chile porque todo el mundo está igual y esa es la normalidad del siglo XXI. Que los chilenos seguíamos confiando en el fin de la historia como la combinación de democracia liberal y economía de mercado, cuando el resto ya se está moviendo de ahí. El progreso nos parecía lineal, pero allá afuera -especialmente desde el 2016, el año del Brexit y Trump- estaba quedando claro que no tiene nada de lineal. Pienso que tu generación y la mía, que no es de las más jóvenes ni de las viejas, compró la tesis del progreso lineal. Y bueno, después de 30 buenos años, parecía razonable comprarla. ¿Tienes también esa percepción de que, en el fondo, aquí nos estamos poniendo a tono con los tiempos?

Yo estoy de acuerdo, hay mucho de eso. Creo que lo que pasa en Chile, los problemas que están afectando a la población, son problemas que tienen una cierta dimensión universal, al menos en la sociedad occidental, desde el punto de vista de las aspiraciones, de las expectativas, del efecto que ha tenido en la cultura de las últimas décadas la sociedad de consumo. Uno puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la tesis de Carlos Peña, o puede matizarla, pero, efectivamente, el cambio cultural más grande que ha vivido la sociedad chilena en los últimos años, es la democratización del consumo, no ha habido otro cambio cultural más grande. Y eso ha tenido una cantidad de derivadas en términos de expectativas, de fantasías, de miedos, de inseguridades… Yo creo en esa tesis. No es una tesis excluyente de otras. La tecnología y las redes sociales han sido un factor muy influyente; por otro lado, la globalización, la pérdida del sentido de identidad, el debilitamiento de las instituciones nacionales, del Estado, del principio de representación política que eso supone; todas esas cosas existen, todas son parte de esto. Pero también siento que aquí hay una decodificación de estos conflictos y estas tensiones, que inevitablemente nos remiten a la historia inconclusa asociada no sólo al régimen militar, sino incluso a lo que pasó antes. En Chile se agotó un orden, tremendamente estable y tradicional, que se basaba en una cuestión muy básica y central: la propiedad de la tierra; ese orden terminó en la década del 60 con la reforma agraria, después de eso no hemos sido capaces de encontrar una base material para generar un nuevo orden normativo. Hemos tenido desde revolución en libertad, vía chilena al socialismo, dictadura neoliberal, pensamos que habíamos logrado establecer mínimos comunes en la transición.

“Claro, y por eso también trata de instalar el fantasma de que estamos frente a un dictador que viola los derechos humanos. Porque las violaciones a los DDHH, en rigor, no dependen del exceso de un grupo de carabineros. La violación de los DDHH responde a una política sistemática destinada a violar los DDHH. No puedo afirmar que eso no esté pasando”.

¿Y no fue así? 

Al parecer, no. Parte importante del mundo de la izquierda sencillamente no pudo aceptar la alternancia en el poder. Vio surgir un monstruo de la tierra: a los partidarios de Pinochet ganando elecciones democráticamente y con mayoría absoluta. 

Los nunca bien ponderados “fachos pobres”. Pero ¿no demuestra eso, contra la izquierda, que el nuevo consenso estaba en la expansión del consumo? 

Esta crisis sugiere que desde los ‘60 hasta la fecha no hemos sido capaces de construir un nuevo contrato social que reemplace el orden tradicional. En eso estamos. La constatación de esto es que los dos ejes centrales de esta discusión sean Constitución y modelo.

¿Fue entonces una ilusión liberal considerar que este nuevo modelo se estaba legitimando a partir de la expansión del consumo, la búsqueda del estatus y el incremento de la autonomía individual? 

Sí. Lo que no fuimos capaces de anticipar durante la transición fue el efecto monstruoso que iba a tener para la izquierda ver a la derecha ganar elecciones en democracia. 

Pero la derecha ganó por el mundo social que construyó la Concertación…

Estoy de acuerdo. Pero cuando aparece ese monstruo es cuando la Concertación siente la necesidad histórica de desprenderse de los 20 años de la transición. Para deshacerse del monstruo, tira todo a la basura. Siento también que se impone una lógica que, al final del día, es profundamente dañina para la sociedad y para la democracia.

¿Cuál lógica?

La lógica de mirar esto como una venganza, el triunfo sobre la dictadura que no pudimos tener. Porque hay una cuestión muy básica en esta historia: el trauma de la centroizquierda con la transición se explica por el origen de la transición. Nosotros, en la década del 80, hicimos un esfuerzo descomunal con un costo humano gigantesco para derrocar a Pinochet, y no pudimos, esa es la realidad. Y tuvimos que aceptar jugar con las reglas del régimen, meternos en la lógica del plebiscito, con todo lo que eso implicaba: senadores designados, binominal, comandantes en jefe inamovibles, Pinochet al mando del Ejército por ocho años más…  o sea, el sapo que había que tragarse era muy grande. Y nos tuvimos que tragar ese sapo en función de una derrota y no de una victoria. Lo que hizo el triunfo del “No” fue encubrir y maquillar esa derrota, como si hubiera sido una victoria. Y lo que viene a aparecer finalmente el 2010, con el triunfo de la derecha, es que finalmente la centroizquierda mira su trayectoria del desde el ‘88 y dice: “eso nunca fue una victoria”. Por eso hay una parte importante de la izquierda que ahora sí quiere esa victoria, para partir de nuevo. Por lo mismo, lo primero que hace la centroizquierda a partir de 2010, apenas pierde el poder, es exigir cambio constitucional. Después de que Lagos nos dijera en 2005 que por fin teníamos una Constitución democrática.

Quizás, por eso en este episodio la izquierda ha sido tan ambigua y timorata a la hora de condenar la violencia y defender las instituciones. Se ha deshecho en contextualizaciones.

Claro, y por eso también trata de instalar el fantasma de que estamos frente a un dictador que viola los derechos humanos. Porque las violaciones a los DDHH, en rigor, no dependen del exceso de un grupo de carabineros. La violación de los DDHH responde a una política sistemática destinada a violar los DDHH. No puedo afirmar que eso no esté pasando. Estamos a la espera de los informes que confirmen eso. Pero cierta parte de la izquierda tenía un discurso prefabricado desde el primer día.

Si este análisis es correcto, entonces parece que estamos condenados a volver atrás. Todo lo que hacemos hoy lo justificamos a la luz de lo que quedó pendiente. 

En eso la centroizquierda es de una eficacia extraordinaria. Si miras la encuesta Cadem de hace cuatro semanas y ves las prioridades de la ciudadanía, ‘cambio constitucional’ no existe. En la encuesta de esta semana, ‘cambio constitucional’ está en la tercera prioridad. La izquierda tiene la capacidad de decodificar cosas que probablemente son pulsiones de diversa naturaleza y decir: “no, el tema es que todavía no resolvemos la legitimidad de la Constitución de Pinochet”. Como si eso explicara todos los problemas. Aunque no sepas con precisión por qué estás molesto, insatisfecho o encabronado, la izquierda te dice que en el fondo estás molesto, insatisfecho y encabronado porque todavía no podemos resolver el tema de la constitución de Pinochet.

¿Cómo lo has vivido tú, personalmente, desde el 18 de octubre en adelante? 

Me he sentido angustiado. He sentido cierta pena o ni siquiera ‘cierta’, una gran pena.

¿Pena por qué? En teoría, si es que efectivamente la izquierda está ajustando cuentas…

Es que yo no me siento parte de esas cuentas por ajustar, ese es el problema. Esas cuentas, en el fondo, son cuentas tramposas; son cuentas que se usan en función de deslegitimar que tu adversario tenga la legitimidad para estar en el poder.

¿Debiesen, en algún minuto, prescribir las cuentas políticas pendientes? 

La Concertación y la centroizquierda tienen que hacerse cargo de lo que fue la década de los 80, de las cosas que hizo bien y las cosas que hizo mal, y de los resultados de eso y de lo que logró hacer bien y mal después en la transición. No puedes vivir culpando solo a tus adversarios. Cuando la Universidad de Chile pierde con Colo Colo, no puede culpar sólo a Colo Colo. Tiene que culparse a sí misma también por no haber hecho lo que tenía que hacer en la cancha para no perder el partido. Cuando yo veo la historia de la lucha contra la dictadura y de las insuficiencias que hubo en la oposición, de las cuales mi ex partido fue responsable por insistir en una tesis completamente equivocada, que era impulsar la lucha armada en un país donde no estaban las condiciones para eso; aquello generó una profunda división en la oposición, la debilitó estructuralmente, y esa debilidad y esa diferencia dentro de la oposición, fue uno de los factores que explica por qué no se pudo derrotar a Pinochet en la década de los 80. Bueno, el PC tiene que hacerse una autocrítica respecto de eso. La izquierda tiene que hacerse una autocrítica respecto de eso, y no se la ha hecho nunca. 

Varios intelectuales de registro liberal, como Carlos Peña y Arturo Fontaine, fueron a decirle al Presidente que lo principal era recuperar el orden público.

Sí, Peña insistió mucho en esa tesis.

Por otro lado, está el emplazamiento a los liberales por no preocuparse de los abusos de la represión. Y bueno, la constatación de la ingenuidad liberal que pretende regular las formas de la protesta social. ¿De qué manera interpretas el desafío que esto supone para el pensamiento liberal? ¿Hay que reconocer que estábamos equivocados? 

A ver, yo creo que esta es una crisis que tiene causas súper objetivas. En términos de abuso, de injusticia, de inequidades; yo creo que aquí hay razones muy de fondo y muy justificadas para la expresión de un malestar con las características que hemos observado, incluso violentos. Pero a mí lo que me preocupa no son las causas del malestar, porque yo creo que esas causas serán abordadas por la sociedad de alguna manera u otra; en ese sentido, el golpe en los genitales que ha significado esta crisis, tiene mucho de positivo. Los malestares, en la medida que se expresan, inevitablemente generan en una sociedad que todavía funciona institucionalmente como la nuestra, la capacidad de reaccionar institucionalmente. Hay que hacerse cargo de lo que hay en el fondo del malestar.

“La izquierda tiene una capacidad muy notable para poder administrar las desigualdades, las broncas, y para agitarlas después”. ¿Y el aspecto negativo? 

Que la decodificación hegemónica respecto de esta crisis nos lleva de nuevo a las deudas pendientes, al cobro de cuentas, que a su vez nos lleva a lo que hemos observado en estas últimas semanas con mucha evidencia: un nivel de odiosidad y un nivel de incapacidad de ponerse en el lugar del otro, de escuchar los argumentos del otro, de tratar de entender… Creo que algunos discursos que se han articulado para explicar esas pulsiones que responden a la injusticia, a la inequidad, al abuso, no les están haciendo bien a esas propias causas, al origen de los malestares. 

El mundo social que tú habitas, ¿tiene un diagnóstico similar o también ha experimentado algún tipo de fractura a partir de una lectura divergente? Me da la sensación de que a muchos les ha pasado esto último. 

Todos están viviendo fracturas emocionales, niveles de angustia enorme. No tengo ninguna duda de que lo que vamos a observar en los próximos meses –y que ya estamos observando- son crisis de pánico, insomnio, depresiones, aumento importantísimo en consumo de alcohol; la gente llega angustiada a su casa a las cinco o seis de la tarde a tomarse un trago, porque efectivamente están usando el alcohol como ansiolítico; es una cuestión muy generalizada. En eso hay efectivamente una fractura muy íntima en la gente, respecto a lo que está ocurriendo. A mí lo que me preocupa no es esa fractura, sino la decodificación que se está haciendo de la fractura, que parece ser: “Pinochet sigue siendo responsable de todo lo que somos. Jaime Guzmán y los Chicago Boys son los verdaderos responsables de esta situación”. 

Da la impresión de que a la izquierda le cuesta aceptar que gana cuando gana. Hoy tenemos prácticamente a todos los actores políticos hablando de una convención constituyente; hace unas pocas semanas esto habría sido impensable. Pero hay grupos que no aceptan su propia victoria. 

Sí, en eso la izquierda tiene una dificultad. Porque la izquierda es mesiánica y escatológica, por definición, religiosamente. Tiene esta idea de que los fines son puros, no resiste la idea de que esos fines pueden ser relativizados por la necesidad de los acuerdos, de los consensos, de tener que ceder, transar, negociar; de ir avanzando de a poco. 

Es complejo ser auténticamente demócrata en ese registro… 

Ese es uno de los problemas que tiene la izquierda desde su origen. La izquierda parece decir “estamos enojados con esta democracia porque fue inventada en dictadura, con una constitución impuesta a sangre y fuego; por eso relativizamos esta democracia e incluso avalamos la violencia”. Es, de otra forma, el mismo discurso que escuchábamos antes del golpe. Esta democracia es dictatorial, la que antes era burguesa. Y esa democracia se podía relativizar porque a fin de cuentas se trataba del orden burgués. Como era burguesa, había que echarla abajo e inventar una nueva.

A veces me parece que la principal diferencia entre el pensamiento de izquierda y el pensamiento liberal no radica en el tamaño del Estado sino en otra cosa: mientras la izquierda sacraliza el fin, los liberales sacralizan el procedimiento.  

Sin duda, y por eso a la izquierda le cuesta tanto aceptar sus propias victorias, porque en la política democrática los resultados siempre son parciales, y conllevan, por lo tanto, una cuota de frustración para una izquierda con lógica mesiánica y escatológica. Hay una izquierda que vive del puro romanticismo, del éxtasis permanente de estar siempre luchando por el fin, un fin que no va a llegar nunca, pero no importa. En ese empeño, la izquierda no puede ganar, pero tampoco puede perder. O sea, si pierde, su derrota se interpreta como una anomalía, un desvío de la historia. Entonces, cuando gana Piñera y la derecha saca mayoría absoluta, es una anomalía y, por lo tanto, lo que hay que hacer es eliminar la anomalía. No asumir que la alternancia en el poder es parte de la normalidad democrática. La tesis que se impone es que un triunfo de la derecha es una anomalía que hay que corregir. 

Entonces no es casualidad que los movimientos sociales se desplieguen cuando gobierna la derecha… 

No es casualidad. ¿Por qué durante 20 años el lucro en la educación no fue tema y se transforma en un tema automáticamente cuando gana la derecha? La izquierda no sólo lo aceptó, sino que lo promovió. La educación particular subvencionada con posibilidad de lucrar fue un invento de la Concertación. 

Bueno, y el copago, que consolidó la idea de que el tamaño de la billetera determina accesos a bienes y servicios diferenciados, entre ellos educación. 

Exactamente. Y eso ocurre en el año 93 con Arrate en el Ministerio de Educación. Ni siquiera el PC salió a reclamar, que estaba fuera de la coalición de gobierno. No era un tema hablar del lucro. Pero el lucro se vuelve inaceptable cuando finalmente el modelo vuelve a manos de sus propios dueños. Con el tema constitucional está pasando lo mismo. Se plantea la idea de que los problemas que enfrenta en la actualidad la sociedad chilena no tienen que ver con las complejidades de un mundo globalizado, diverso, con una crisis de los sistemas políticos, sino que la clave está en borrar toda la página y volver al origen. Porque el origen es Pinochet, su constitución y los Chicago Boys. Bastaría con reescribir eso y estamos. 

Eso explica la renuencia de ciertos sectores de la izquierda a hacer concesiones, en el entendido que esas concesiones volverán más adelante a perseguirlos como un espectro. 

Exactamente. Y si me permites unalcance: una de las cosas claves de mi crisis como comunista tuvo que ver, obviamente, con lo que significó la caída del muro de Berlín. Es una crisis que me pena en el corazón, que me duele todavía: el haberme descubierto en un determinado momento de mi vida –a los 20-22 años- luchando por cosas que eran casi idénticas a la dictadura de Pinochet.

¿Cómo así?

Yo luchaba por el socialismo, defendía a la Unión Soviética, a Cuba, a la RDA, a Bulgaria y a Checoslovaquia; es decir, tenía argumentos para justificar regímenes que en el fondo eran también dictaduras espantosas, donde se violaban los derechos humanos. 

Pero la izquierda podría decir que los fines de esas dictaduras eran nobles…

Pero si me quedo en esa lógica ¿qué me diferencia de la UDI que justifica una dictadura porque sus fines también son nobles?

Los extremos se tocan en ese sentido. Parece que en ambos casos el fin justifica los medios. Insisto que me parece ver ahí una distinción: la pureza de los fines del pensamiento utópico versus las garantías del procedimiento del pensamiento liberal. A los liberales les resulta relativamente indiferente para qué usas tu libertad de expresión o asociación. No juzga los fines. En cambio, a los autoritarismos de izquierda y de derecha no les es indiferente. 

Por eso justifican silenciar un medio de comunicación cuyo mensaje no se alinea con los fines nobles del régimen. 

Es que ahí ya siento que se ha pervertido el sentido básico de lo que es la regla democrática. Cuando Camila Vallejo defiende un sistema como el cubano, donde en la Universidad de La Habana no existe la posibilidad de generar una federación universitaria como la que ella encabezó en la Universidad de Chile, y no existe la posibilidad de que los estudiantes encabecen una marcha en contra del régimen cubano para demandar cosas que consideran legítimas, que fue lo que ella hizo cuando era dirigente estudiantil, y luego me dice que ese régimen es más democrático que el nuestro, donde ella sí pudo hacer todas esas cosas y no terminó ni presa ni muerta; entonces pienso que hay un concepto de base de lo que es una sociedad democrática que no compartimos. 

Ahora te quiero compartir mi frustración. Yo pensaba que nuestra generación era distinta a la de nuestros padres, que habíamos excluido la violencia política del repertorio, que éramos más bonobos que chimpancés, por usar una analogía de la primatología. Pero la polarización y la crispación del debate que hemos visto en las últimas semanas, de alguna manera me indica que creer eso era ingenuo. Hoy incluso soy escéptico de cualquier teoría lineal del progreso: no es obvio que esto vaya a terminar bien. 

Coincido. Puede terminar peor, precisamente en ese espacio, en el ámbito de la convivencia democrática. Aquí se han destruido supermercados y se han destruido estaciones de metro, pero lo más grave de lo que se ha destruido, son las bases de una cierta convivencia, de una cierta aceptación del otro; yo creo que eso es lo más difícil de reconstituir o de constituir, porque a lo mejor venimos a descubrir ahora de que realmente nunca estuvo constituido. De que nunca logramos constituir ese marco de convivencia democrática y que eso siempre se lograba atenuar en la medida que la izquierda gobernaba. La izquierda tiene una capacidad muy notable para poder administrar las desigualdades, las broncas, y para agitarlas después. Primero, para contenerlas, y después para usarlas, azuzarlas, reforzarlas; la izquierda tiene una capacidad extraordinaria de hacer eso. Y de decodificar y de imponer un discurso, un relato a los malestares, a los miedos, a las broncas de todo tipo. La derecha no tiene ninguna capacidad de hacer eso, es parte de su drama histórico. Entonces, ahora que recaímos, yo no sé si finalmente lograr un consenso constitucional nos va a zafar de eso, que siento como una herencia mucho más compleja. En lo sucesivo, cada vez que la izquierda pierda, va a encontrar otra cosa. Así como descubrió que el lucro era algo que nunca había sido durante los 20 años de la Concertación, va a descubrir un caballito de batalla y va a depositar ahí todas las rabias, frustraciones, angustias, etc.; va a encontrar otro, siempre va a poder encontrar otro. Y la derecha va a estar siempre contra el muro, siempre va a quedar contra el muro. Que esto le haya pasado a la derecha no es mala suerte. Mala suerte es un terremoto. Pero esta no es una catástrofe natural. SML





Fotos: Max Jorquera / Moda: Mauricio Fredes / Asistente: Nazareth Bastías / Maquillaje y pelo: Paulina Estay

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